Los políticos también enferman. Están incluidos en funestas estadísticas como las que hablan de que una de cada cuatro personas padecerá cáncer a lo largo de su vida. La diferencia es la repercusión. En este punto, cada cual elige la forma de anunciarlo o, por el contrario, de omitirlo. El ministro del Interior, en el estricto terreno de lo privado, fue sometido a una biopsia de próstata para conocer la presencia de células cancerosas. No fue así, pero efectos secundarios de la prueba le apartan de su actividad pública, en la que él es protagonista en diversos frentes, y la noticia debía saltar antes de que nacieran las especulaciones. Vicepresidencia Primera colgó en su página web el parte del paciente del Gregorio Marañón
Alfredo Pérez Rubalcaba.
Alrededor de un 12 por ciento de las mujeres españolas han sufrido o sufrirán un cáncer de mama. Entre ellas, hemos conocido recientemente dos casos que se han anunciado con naturalidad y sin eufemismos.
Esperanza Aguirre se incorporó a la actividad política apenas trece días después de una intervención quirúrgica exitosa en el Carlos III de Madrid. Mismo resultado en la operación a Uxue Barkos, diputada de NaBai, en el Complejo Hospitalario de Navarra. Aguirre y Barkos se han expresado en términos favorables a una enfermedad curable con una detección rápida, sin tabúes que rechaza de forma manifiesta la Sociedad Española de Oncología Médica.

Iñaki Azkuna, alcalde de Bilbao, dio el paso con firmeza. Anunció en 2003 que le había sido detectado un cáncer de próstata, el mismo que acabó con la vida, en 2010, de
José Antonio Labordeta. No menos entereza demostró Ana Palacio, hermana de la desaparecida Loyola de Palacio, al luchar contra un cáncer de mama desde 2000. Acudió al Parlamento Europeo con la cabeza rapada, hecho que despertó la admiración de sus colegas diputados al no ocultar los efectos de su enfermedad. En 2002 fue nombrada ministra de Asuntos Exteriores. Fueron causas políticas y no el cáncer de mama que anunció tener en 2007 las que apartaron a otra dirigente, María San Gil, de la primera fila.
José Montilla, en su etapa como alcalde de Cornellá, en 1999, recibió una noticia demoledora: padecía cáncer de colon a sus 44 años. En este caso, fue en 2008 cuando lo anunció, con el fin de transmitir esperanza a personas que comparten esta dolencia. Ese mismo año, Josep Antoni Duran i Lleida revelaba la presencia de un tumor en uno de sus pulmones.
Pese a que es el cáncer la enfermedad más repetida en esta serie de informaciones, los políticos no distan del resto de ciudadanos en lo que respecta a salud, aunque en ocasiones todo quede detrás de las cámaras o el estrado. En este momento, destaca la claridad a la hora de publicitar qué aparta a un dirigente de su habitual labor. En algunos casos, la posición de visibilidad es aprovechada para ayudar a otras personas, absolutamente anónimas. Es el caso de
Pasqual Maragall, que aprovecha lucidez condicionada por el alzhéimer para levantar la voz sobre esta enfermedad y dar a conocer a las personas que la sufren y sus necesidades. Expertos tanto en comunicación como en salud ven con buenos ojos actitudes como la de este último o la de Aguirre. Parte de la solución, sostienen, reside en el optimismo, quitar hierro y mirar adelante.