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Mujer contra mujer

miércoles 09 de marzo de 2011, 21:38h
Cuando acaba de celebrarse el día internacional de la mujer trabajadora, parece una propuesta de lo más interesante el concierto de cámara que esta tarde se celebra en el Auditorio Nacional para conmemorar los trescientos años del nacimiento de Bárbara de Braganza. Aunque hayan pasado tres siglos, la reina nacida en Lisboa es, sin duda, un ejemplo de mujer emprendedora, culta, amante de la música y de las artes en general; con gran influencia en los asuntos de Estado, como asesora de su esposo y, sobre todo, mediando en las relaciones de Fernando VI y el rey de Portugal.

En su vida personal, además, hizo bueno ese refrán tan certero, aún hoy y a pesar de las penurias que sufrimos las mujeres por culpa de la obsesión por un físico tan perfecto como irreal, que dice que “la suerte de la fea, la guapa la desea”. Porque de guapa, la de Braganza, nada tenía, pero supo conquistar y hasta hacer morir de amor a su real marido. Dicen que la mujer era tan poco agraciada, que los portugueses se las ingeniaron para no mandar su retrato hasta que los trámites del enlace estaban ya muy avanzados. Pero Fernando VI, maltratado por las intrigas de su madrastra, Isabel de Farnesio, supo apreciar en su fea consorte esos otros atributos que tanto aclamamos, pero que en muy pocos casos valoramos de verdad. Por eso, cuando la reina murió, Fernando VI se volvió literalmente loco, se recluyó en su residencia de Villaviciosa y deambuló por sus salones en pleno delirio, rechazando cualquier tipo de cuidado o aseo, hasta que consiguió, un año después, reunirse con su alma gemela en el más allá.

Hoy, trescientos años después, las mujeres seguimos buscando la conjunción necesaria entre vida laboral, aficiones y amor familiar. Claro, que sin ser reinas y por muchos años y revoluciones que hayan pasado, la cosa sigue sin pintar fácil. Es verdad que podemos encarar actividades que sólo medio siglo atrás eran impensables para una fémina, aunque lo que realmente parezca impensable ahora es que antes no tuviéramos autorización para hacerlas. Que nuestras madres no pudieran ni siquiera abrir una cuenta bancaria sin la autorización de su marido, hoy nos parece de ciencia ficción, y, sin embargo, no han pasado tantos años. Por eso, cualquier ley que promueva la verdadera igualdad tiene que ser bienvenida, a pesar de que las normas que se basan sólo en cuotas y porcentajes estén, la mayoría de las veces, abocadas al fracaso. No se puede obligar a una empresa a contratar al mismo número de hombres y mujeres para ocupar altos puestos directivos, sin asegurarse de que la cantera cuente primero con candidatos suficientes de ambos sexos para poder elegir entre ellos libremente. Y esto vale para todo, incluida la política.

Por otra parte, las mujeres, por fin, estamos encontrando el equilibrio entre seguir luchando por la igualdad y no tener que perder por ello nuestra identidad. Sin tener que ser diferentes para poder ser iguales. A utilizar nuestros recursos, que no armas, para dirigirnos a la meta concreta que cada una se haya marcado en su interior, sin avergonzarnos o, peor aún, pensar que si no cambiamos ternura por frialdad, no conseguiremos que quienes trabajan bajo nuestra dirección se sientan liderados como corresponde.

Todavía hay hombres que no soportan tener a una jefa, aunque las encuestas ya dicen que quienes han probado, acaban por preferirlas, puesto que organizan mejor las horas de trabajo para conciliarlo con la vida familiar. Seguramente, pasarán muchos años para que desaparezcan, también para que algunos dejen de tratar a la mujer como si fuera de su propiedad y prefieran coserla a puñaladas, antes que verla, o imaginarla tan sólo, en los brazos de otro.

Sin embargo, tampoco faltan mujeres que, llegadas a su meta, olvidan con pasmosa facilidad a las que aún ni siquiera la han rozado, a quienes siguen trabajando duro para que sus obras, grandes o pequeñas, sean reconocidas y apreciadas. Y en demasiadas ocasiones, somos las mujeres nuestras peores enemigas, cuando, en realidad, no deberíamos exigir igual trato a nadie, si no empezamos a practicarlo con nosotras mismas. Un ejemplo: hay en Madrid una librería que se llama precisamente Librería de Mujeres. Claro, allí, una espera encontrar, aparte de libros inspirados y escritos por mujeres de todas las épocas, un pequeño apoyo, siquiera afectivo o moral, por parte de quienes dirigen el céntrico establecimiento, mujeres, por supuesto. Sin embargo, la realidad es que lo único que una logra es salir humillada, cuando al ir a entregar su obra, sólo consigue una seca y huidiza mirada de desprecio. El nombre de la autora no es todavía conocido y ni siquiera presenta el aval de una importante editorial, ¿para qué molestarse en leerlo, en dar la enhorabuena y desear suerte? Se trata únicamente de un pequeño ejemplo de lo que continúa ocurriendo con triste frecuencia, pero si queremos seguir consiguiendo lo que, sin duda, nos corresponde igual que si hubiéramos nacido hombres y celebrando con orgullo el día 8 de marzo, en homenaje a las que nos abrieron unas puertas que ellas sólo pudieron soñar, más vale que empecemos dándonos nosotras lo que tanto les exigimos a ellos.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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