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La decadencia, un tema recurrente

viernes 11 de marzo de 2011, 17:35h
Como cuando en los inicios de los años treinta, en la estela de la apocalíptica obra spengleriana y bajo el antuvión del crack del 29, la literatura acerca de la decadencia del Viejo Continente comenzó a cobrar un amplio vuelo, hodierno vuelve a hacerlo aunque sin el retoricismo que tan visible era en muchas de las egregias plumas que se ocuparon del tema. La política y la cultura eran entonces, en el diagnóstico de los ilustres pensadores que echaron su cuarto a espadas en la cuestión, los principales factores del proceso que había llevado al alarmante agrietamiento de las bases de la civilización occidental, al paso que en la actualidad son los económicos en los que se centra primordialmente la atención del cada vez más arrollador y pesimista discurso de la postración irrefrenable de Europa.

En otra ocasión retomaremos –y por extenso, como resulta sin duda obligado en la presente y angustiosa coyuntura- el hilo del asunto planteado en sus términos más solemnes y académicos. En ésta lo haremos, sin embargo, de manera mucho más casera y un punto, si se quiere, algo informal. Desde el comienzo de los tiempos existen probatorios testimonios acerca del choque generacional, de la ruptura de la cadena histórica y del orto y ocaso de pueblos y estados. Mas entre estos corsi y ricorsi de las naciones y gentes, ninguno revistió el empaque doctrinal, la atracción e introspección de las élites como el temor generalizado y la sensación de asistir a un fin de ciclo civilizador como el surgido del final de Gran Guerra.

El triunfo comunista en Rusia y el implacable ascenso de unos totalitarismos certificaban la sentencia de muerte del régimen y cultura liberales que imprimieron su tono a la centuria que asistió al esplendor incomparable de Europa y su civilización. El siguiente texto tiene el valor anecdótico de haberse publicado el mismo día en que se emborrona este artículo –en la ciudad de Córdoba, el 9 de diciembre de 2010-, y el más señalado de aparecer en 1930 en el diario madrileño ABC, debido a la pluma de un articulista que en la época gozaba de cierta nombradía: Ramón López Montenegro. Editado en los momentos en se gestaba la crisis que definitivamente marcó el rumbo de la desaparición de la monarquía alfonsina, semeja en algunos pasajes una premonición de lo que el autor a la hora de redactarlo ignoraba por completo. Intitulado “En Emblema de la niebla”, una alusión a la hegemonía, por aquellas fechas, de este fenómeno meteorológico en Londres y otras capitales europeas como París y Bruselas o Lieja, servía al citado periodista para acometer un análisis de la catástrofe moral que se cernía sobre el Viejo Continente a raíz de la hecatombe de 1914-18. “Producto de la niebla presente es el derrumbamiento a que asistimos de la vida de hogar, del respeto a personas y cosas respetables, de la virtud, de la educación, de la cortesía, de la moral… Todo se deshace en un jirón de niebla (…) Niebla por todas partes. Niebla en las actitudes. Niebla en las intenciones. Niebla en la producción y en el trabajo. Niebla en las zonas financieras. Niebla en la economía. Niebla hacia la política italiana, que, por lo visto, es hoy la clave del sistema continental. Niebla hacia la India inglesa. Niebla en varias repúblicas del iberismo americano. Por todas partes niebla; mucha niebla; una niebla densísima, preñada de amenazas, de insensateces, de locuras… Las gentes se echan a la calle con el recelo que la niebla infunde. No se ve nada, pero se teme todo”…

No es igual, pero sí algo semejante o muy semejante a lo que se dice y escucha hoy en nuestro país -también fuera de él: recuérdese, para no ir muy lejos, lo que acontece en Francia-. Tertulianos, comentaristas, profesores glosan con acento trémolo los sucesos del día nacional e internacional, costándole, cuando lo consiguen, un arduo esfuerzo embridar los corceles del Apocalipsis. Sin descalificar sus juicios, escritos como el mencionado inspiran un saludable relativismo en punto a la descripción por los coetáneos del clima y el estado moral de sus sociedades. Con frecuencia, los despeñaderos tienen largo itinerario…

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