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Si no hay toros, costumbrismo. (En recuerdo de Cañabate)

domingo 13 de marzo de 2011, 20:19h
En caliente, lo que ahora llaman puntual, el hecho apuntaba escándalo, ¡y mayúsculo!
Alguno pensó en explotarlo más que los “trajes de Camps”.
Al no estar definido el pie de la cojera no se sabía bien si fuere cortina de humo o más bellota para el guarro.

El “mauthausen” de la primera naya (grada o andanada en castellano), una especie de campo de concentración habilitado, a punto de hacinamiento, para los refugiados de prensa especializada, no VIPS, que han dispuesto propiedad y empresa en la Plaza de Valencia con la excusa de las obras de remodelación, era un hervidero en el que se vertían, posiblemente, todo grado de frustraciones provocadas por los cambios y recortes en el estatus acostumbrado ( o mal acostumbrado)de gran parte de los plumillas.

El simulacro de corrida de toros inaugural del serial fallero hubiera sido suficiente munición pero nunca hubiese traspasado lo taurino, por lo tanto habitual; y por desgracia nada sorprendente.

La línea roja que separa lo puramente taurino de lo político taurino es para muchos el oscuro objeto de deseo. En Valencia, con gran mestizaje de ambos, hay guarniciones que están en vigilia permanente y en primer tiempo de “prevengan armas”.

Todo explotó en el tiempo de descuento, prórroga o “minutos de la basura”, que en tauromaquia (con minúscula) se llama “toro de regalo” o petición de sobrero fuera de cupo.

No hubiera tenido mayor trascendencia que mutar la seriedad que se le supone a un espectáculo de alto riesgo por una frivolidad descalificadora, en política una enmienda a la totalidad.

Pero el protagonista era Vicente Barrera- en los carteles-; en los ámbitos de los casales falleros “El Niño del PP” (Partido Popular, no PP, José en el DNI).

Barrera, con el ADN del pijerío valenciano encastado en “ricardocosta”, pedigrí de mecenazgo al partido por vía materna, se había quedado vacío en su orgullo torero al no haber podido matar su último toro en Fallas toda vez que hubiere anunciado esta de 2011 como su última temporada.

Al torillo hubo que apuntillarlo una vez le cogió el gusto a retozar por el húmedo albero. En ese momento surgieron dudas sobre las ganas o no de mantener al inválido en pie, si lo empujó para se desplomara como infartado, incluso si él y su cuadrilla, siguiendo órdenes, apuraron hasta el “boca a boca” para reanimarle, lo justo, incorporarle y certificar su defunción pero a estoque. Puede que al torero le asaltaran las mismas dudas y rumió un desagravio. Lo que se conoce a fondo es ¿a quién?

De súbito, entre barreras, consultó con Ponce e intentó diálogo con El Juli que ya mordía esclavina. El siguiente interlocutor fue Roberto Domínguez, apoderado de Juli, que no hizo mayor objeción que su extrañeza y la salida del AVE para Madrid que deberían tomar como trasbordo hacia Olivenza. Lo taurino estaba controlado, al trágala, pero controlado.

Barrera quería el sobrero, regalarlo -altruista-, que además era de Zalduendo, ¡aaagua!; y empezó a llover.

Todos intentaban disuadirle tímidamente invocando el Reglamento, pero Barrera, licenciado en derecho, debía tener claro que en este negociado hay laguna (ahora charco) y la perpetración pasaba por lo político, correcto o incorrecto, por lo civil o por lo criminal, lo tenía claro; bastante más que tuviera oportunidad postrera de despedirse con mayor lustre en la feria de Julio.

Ni corto -y menos, perezoso-, con el sexto animalito en plaza y El Juli enfaenado, se fue a los bajos del tendido (barreras preferentes) y tiró por elevación. Indisimuladamente impositivo exigió de la Alcaldesa y el President de la Diputació le cambiaran la placa conmemorativa entregada al romper el paseíllo por el “regalo” del “toro de regalo” (se ignora si en el lote entraba también satisfacer el importe del mismo, conociendo el paño).

Empezó a correr el escalafón, la cadena de mando.

El marrón paso de “los bajos” al semisótano del callejón dónde el Diputado del ramo y el Delegado se echaron un pulso hasta el consenso y el visto bueno del Palco. El argumento era parco pero rotundo: “son órdenes de arriba” (que curiosamente era abajo).

El de la megafonía no quería, tampoco, problemas y puso el pick up a media potencia como si de un comunicado clandestino se tratara. Pocos se enteraron. Mató el sexto Juli, muchos auxiliares doblaron los capotes. Arreció la lluvia y el éxodo fue de atropello. En los pasillos se pasaba el “parte” de voz en voz, pero a penas regresaron los músicos, para en su momento “atacar” el pasodoble “Valencia”.

Lo demás ya es conocido y pertenece al argumentario taurino.

Consumados autos varias lumbreras con vestiduras rasgadas se lamentaban ir, nuestra Fiesta, camino similar de la de México. No hay caso, de momento. Ni en México tampoco, salvo en el DF; a la espera del exilio de Herrerías.

Desdramatizando, que es gerundio.

Al final la lluvia que no entiende de política, ni de toros, no respetó el estrambote imprevisto. Aguó el capricho del “señoret”, caló las nalgas políticas con las perneras a medio muslo, y la oreja como trofeo de guerra fue despojo. De la misma forma que los garbanzos arrojadizos acopiados en ese “mauthausen” descrito para un cocido tauro-polítco de pesada digestión se fueron ablandando para poco más que un puré de dieta blanda.

Lo que apuntaba escándalo quedó en mera anécdota, como no podía ser de otra forma.

Y el cronista, a falta de toros, se acordó de “El Caña” (Cañabate) e intentó remedarlo, dentro de sus torpes posibilidades.

Un recurso que salva muchas páginas y espacios en tardes como las de ayer que deberían quedar en blanco, en señal de luto -parece una contradicción- por falta, total, del principal argumento bovino y un mucho de objeción y celo de la mano de obra.

Pedro J. Cáceres

Crítico taurino y Periodista

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