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Nobleza de espíritu, única joya rescatada del terremoto de Japón

lunes 14 de marzo de 2011, 16:33h
La Agencia Meteorológica de Japón anunció oficialmente en la rueda de prensa ofrecida el día 13 de marzo que el terremoto que había azotado las zonas costeras del Océano Pacífico de la región septentrional de Tohoku el pasado 11 era de una magnitud de grado 9,0 en la escala de Richter rectificando la cifra del grado de 8,8 que se había venido anunciando hasta ahora. Y añade que se trata, no de un terremoto único e independiente, sino de una serie de tres movimientos sísmicos originados en cadena por el choque producido por las dos placas continentales paralelas a las costas del norte de Japón a lo largo de unos quinientos kilómetros y situadas a unos 130 kilómetros de distancia de las costas y a 24 kilómetros de profundidad del Pacífico. Cada movimiento sísmico duró un minuto y medio y en total era de unos seis minutos de duración.

Todos estos datos explican claramente los grandes estragos causados por las olas gigantescas de tsunami a los largo de unos seiscientos kilómetros desde la provincia de Aomori –región que se sitúa más al norte del isla principal de Honshu del archipiélago nipón- hasta la de Fukushima pasando por las de Iwate y de Miyagi.

De momento los datos ofrecidos por la policía cifran el número de fallecidos en 1.600, pero todos sabemos que esta cifra no deja de ser sencillamente provisional y que con el avance de los recuentos de víctimas, el número va a aumentar todavía más e incluso el Gobernador de la provincia de Miyagi acaba de hacer público su pronóstico de que el número de fallecidos ascenderá a unas decenas de miles por lo menos en su provincia.

A consecuencia de los tres movimientos sísmicos encadenados, unas inmensas paredes de agua arrasaron las poblaciones costeras a lo largo de unos seiscientos kilómetros desde Aomori hasta Fukushima. Algunas poblaciones quedaron materialmente borradas del mapa y los ayuntamientos quedaron despojados totalmente de su función administrativa. De hecho, por ejemplo, en la población de Ohtsuchi de la provincia de Iwate de unos 16 mil habitantes, las olas se llevaron al edificio mismo del ayuntamiento y se desconoce de momento el paradero del alcalde, el Sr. Kato, junto con algunos oficiales funcionarios del mismo.

En la ciudad costera de Rikuzen-Takata (provincia de Iwate) de unos 23 mil habitantes con unos 8 mil casas, casi el 80 % de ellas fueron arrasadas por el tusnami y la ciudad está prácticamente anulada y enterrada entre los escombros de barcos, coches y casas destrozados por las olas. Por otro lado la ciudad de Minami-Sanriku de unos 17 mil habitantes se destruyó completamente por las olas y de momento se desconocen los paraderos de unos 10 mil habitantes (es decir más de la mitad) de la población.

Mientras tanto, en los establecimientos públicos –escuelas, gimnasios, hospitales e incluso en los mismos edificios de algunos ayuntamientos- se han preparado refugios para los damnificados y de momento se calcula que hay unas 340 mil personas acogidas en esos lugares sin otra pertenecia personal que su propia vida.

Nosotros los japoneses, que vivimos en el país expuesto a la mayor posibilidad y peligro de los terremotos en el mundo, estamos enseñados y entrenados desde pequeños con simulacros de terremoto ya desde nuestra época de escolares para aprender cómo portarnos en caso de urgencia y la importancia de actuar conjuntamente con nuestros vecinos con absoluta serenidad y orden.
Cuando tuve que sufrir personalmente el desastre del terremoto de Kobe ocurrido en 1995, me acuerdo mucho de los comentarios y las impresiones de algunos periodistas extranjeros que nos visitaron. Ellos manifestaron unánimemente su sorpresa de que no hubiese prácticamente ningún acto de pillaje en medio de una situación tan desastrosa sin leyes en la ciudad de Kobe y de que los damnificados actuasen con aquellos “ochitsuki” (serenidad), “chitsujo” (orden), “gaman” (paciencia) junto con el espíritu de “shikataga-nai” (‘estoicismo’) frente a la fuerza irresistible de la madre naturaleza que nos ataca con sus caprichos de vez en cuando, a los que no podemos hacer otra cosa que aceptarlos con humildad. Y les impresionó sobre todo el comportamiento cívico de los damnificados que se compartían amigablemente entre ellos, teniendo una hambre canina que tenían, los alimentos que se les repartían sin ofrecer ninguna escena violenta de arrebatiñas por obtenerlos.

Esa nobleza de espíritu y el civismo parece que siguen vivos también esta vez entre los damnificados refugiados de Tohoku, que ascienden de momento a la cifra de 340 mil personas como hemos dicho. Ahora es cuando nos toca a los de la región del oeste del país ofrecer la mano de apoyo y de amistad a aquellos compatriotas que nos habían ayudado en 1995. Estoy seguro de que la región de Tohoku resucitará en unos años como lo hemos podido hacer en la ciudad de Kobe por la inapreciable ayuda tanto material como moral venida de la región del norte en aquella ocasión.

Hidehito Higashitani

Catedrático de la Dokkyo University

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