La diplomacia de los pueblos
martes 15 de marzo de 2011, 11:16h
Las invasiones de Afganistán y de Irak y el desconcierto con que la diplomacia occidental –aunque no solo– ha vivido las revoluciones que mueven el mundo árabe son una muestra del fracaso del modelo de relaciones internacionales que se estableció tras la Segunda Guerra Mundial. A pesar de la progresiva adaptación a las nuevas circunstancias después de la caída del muro de Berlín y de que cada vez se tiene más presentes a nuevos actores como los países de economías pujantes (China, India, Brasil...), la diplomacia occidental sigue anclada en un modelo que se puede definir como la diplomacia de los gobiernos y de los negocios, el cual ha impedido un verdadero conocimiento de la realidad de los pueblos.
Es evidente que toda relación diplomática supone una defensa de intereses políticos y geopolíticos, culturales y económicos, que no pueden obviarse y que hay que promover como puntos claves de toda relación entre países, pero también debería ser evidente que una de las funciones más esenciales de la diplomacia es informarse hondamente de la realidad de los países sobre los que actúa.
Toda generalización falsifica la realidad y la que acabo de hacer también lo hace, porque está claro que hay miles de diplomáticos a lo largo y ancho del mundo que trabajan pegados al terreno y que conocen muy bien los países sobre los que implementan sus políticas, pero no es menos cierto que muchas de las decisiones claves de la política internacional, tanto estatales como supraestatales, se toman en los altos órganos de gobierno sin tener en cuenta este conocimiento basándose en cálculos de rentabilidad política o económica que dejan de lado a los ciudadanos.
La ingenuidad de la diplomacia estadounidense y de sus aliados respecto a cómo sería el día después de las invasiones de Afganistán e Irak es un síntoma nítido de lo que aquí se afirma. Se desconocía totalmente la composición de esos pueblos, sus estructuras políticas y sociales, sus economías, sus culturas, sus historias y, sobre todo, eso tan difícil de captar y de analizar que son las corrientes mayoritarias y minoritarias de opinión que mueven a los pueblos.
La revolución que está abriendo puertas hacia mayores cotas de libertad en algunos países árabes también ha pillado a contrapié a las potencias occidentales, incluidos no sólo cada uno de los Estados sino también organizaciones internacionales como la Unión Europea, la ONU o la OTAN. Da la impresión de que ni siquiera se tenían abiertas líneas de diálogo importantes con los movimientos de oposición a los regímenes autoritarios que los pueblos están intentando derribar o transformar. Las potencias occidentales, obsesionadas con los intereses económicos y geopolíticos, y obviando los propios valores que defienden internamente en cada uno de sus países, no han querido enterarse del descontento que los gobiernos dictatoriales estaban provocando en los ciudadanos de unos pueblos oprimidos, a los que se les cerraban continuamente las expectativas de mejora. Mas las nuevas tecnologías, que hacen cada vez más visibles todos los aspectos de este mundo global en que vivimos, han permitido la comunicación entre los ciudadanos, que paulatinamente han ido formando una opinión contraria a las dictaduras que les mantienen en la miseria y que coartan las mínimas libertades.
Sin llegar a la ingenuidad de las propuestas que el presidente norteamericano Woodrow Wilson planteó para diseñar un nuevo mundo después de la Primera Guerra Mundial, estimo que se hace necesario un replanteamiento de la política internacional, para lo que es imprescindible pasar de una diplomacia de los gobiernos y de los negocios –que seguirá siendo necesaria– a una diplomacia de los pueblos, basada en un verdadero conocimiento de la realidad de los mismos. Las políticas elitistas han tocado a su fin no sólo dentro de cada Estado sino también en el panorama internacional.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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