Dotar de armas a los rebeldes libios, ¿un regalo envenenado?
domingo 10 de abril de 2011, 04:42h
A pesar de que Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, señalaba el pasado jueves que la Alianza Atlántica rechaza de pleno la opción de armar a los rebeldes libios, esta vía sí es bien vista por Washington mientras que París y Londres tampoco la descartan. La historia no acaba de avalar la viabilidad de esta opción, ya que no sería la primera vez que una milicia recibe la ayuda militar de Estados Unidos y, como si de un boomerang se tratara, la violencia se vuelve contra la primera potencia mundial.
El pasado jueves, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, hacía público que grupos especiales de la CIA se encuentran en Libia desde hace días prestando apoyo de inteligencia a los rebeldes que luchan contra las tropas del coronel Gadafi. La medida, que ha levantado cierto revuelo por el compromiso adquirido por Washington de no desplegar personal militar en el país magrebí, podría ser la antesala del envío de armas para apoyar la causa opositora.
Por lo pronto, tanto la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, como el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, coincidían la semana pasada en sus declaraciones: "No se ha tomado ninguna decisión acerca de proporcionar armas a la oposición o a cualquier otro grupo en Libia".
A pesar de que Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, negaba el mismo jueves la posibilidad de proporcionar armas a los rebeldes, los analistas creen que la verdadera misión de los agentes estadounidenses desplegados en Libia es la de evaluar qué tipo de material necesitan los opositores, en qué cantidad y si entre sus filas se encuentran milicianos de Al Qaeda o Hizbulá que pudieran verse favorecidos por la dotación de armas. No sería la primera vez que Estados Unidos arma a milicias o grupos rebeldes que luego, al cabo de unos años, se han vuelto en contra de Washington.
Inoperancia frente a confianza Félix Arteaga, investigador principal de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano de Madrid, cree que el conflicto libio aúna una serie de condicionantes que hacen complicada la dotación de armas a los opositores. En primer lugar, "los equipos que piden los rebeldes necesitan de un adiestramiento muy específico, ya que uno puede aprender a conducir o disparar un tanque, pero no es lo mismo hacerlo de manera coordinada en el campo de batalla", señala Arteaga.
Además, el investigador señala que "las armas que se pueden volver contra los intereses de la coalición son las de uso terrorista, como los medios antiaéreos o antibuque que, en manos de una organización criminal, pueden ser muy peligrosos".
Pero, si bien Arteaga cree que la mejor manera de prevenir que el armamento donado no se vuelva contra los aliados en un futuro es no enviar armas, el investigador del Real Instituto Elcano también señala que "en el caso de Libia, los rebeldes están desorganizados y por muchas armas que se les de, ya sean baterías de lanzacohetes, morteros, ametralladoras de gran calibre, vehículos acorazados o carros de combate, no tendrán ninguna utilidad sobre el terreno, ya que haría falta que fueran lo que no son: militares".
Por su parte, Mourad Zarrouk, profesor del Instituto de Estudios Árabes de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), defiende la viabilidad del envío de armas a Libia. "El discurso de que las armas aliadas puedan caer en malas manos no se sostiene, ya que durante muchos años Occidente ha enviado armamento a Gadafi a sabiendas de que patrocinaba acciones terroristas como la de Lockerbie en 1988 o la de la discoteca de Berlín en 1986".
Zarrouk cree que "la única salida que le queda a Libia es que la comunidad internacional confíe en los revolucionarios, que les dé una oportunidad y, después de la contienda, se ponga en marcha una campaña de recogida de armas, aunque es normal que exista una lógica preocupación".
De los muyaidines afganos a Jomeini El ejemplo que más escuece de un grupo armado que se vio favorecido por las armas norteamericanas que luego acabaron apuntando a tropas estadounidenses es el de los talibanes.
El 24 de diciembre de 1979, tropas soviéticas cruzaban la frontera afgana dando comienzo a una invasión militar que duraría una década. Estados Unidos, entonces envuelto en una lucha diaria con la URSS por controlar el mundo durante los años de la Guerra Fría, vio "la oportunidad de dar a Moscú su Vietnam particular", según señaló entonces Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional de Jimmy Carter entre 1977 y 1981. De este modo, Washington decidió armar a las milicias tribales de muyaidines para que luchasen contra las tropas soviéticas. "Una buena idea en el inicio pero también algo malévola ya que iba encaminada a dar la estocada final a la Unión Soviética", afirma Zarrouk.
La ayuda empezó a llover en forma de millones de dólares y en grandes cantidades de armamento y munición que llegaban a Afganistán a través de la frontera paquistaní. Así, a comienzos de los años 80 se calcula que Washington destinó 5.500 millones de dólares en equipamiento militar para armar a los muyaidines.
Rifles de asalto, minas, armas antitanque, manuales para fabricar bombas y, sobretodo, misiles Stinger FIM-92 estadounidenses empezaron a ganarle terreno a las tropas y a los helicópteros soviéticos hasta que en 1989 Moscú decidió retirarse del país. Tras lograr que la URSS olvidara sus intentos expansionistas en la región, "Estados Unidos dejó de invertir en la zona y los millones de armas con los que contaban los milicianos pasaron a pertrechar a un pujante grupo de fanáticos religiosos", apunta Zarrouk, que empezaban a hacerse con el control de Afganistán: los talibanes.
Años más tarde, el régimen talibán, que se aupó al poder tras vencer en una cruenta guerra civil que terminó en 1996, acogió a Osama bin Laden y a su grupo de terroristas. Hoy en día, las tropas de la coalición internacional destinadas en el país asiático aún intervienen e incautan multitud de desfasadas armas que dos décadas atrás Washington puso en manos de los rebeldes afganos.
Un caso parecido fue el de Irán. A finales de los años 70, el sha de Persia intuía que el gobierno dirigido por Jimmy Carter conspiraba en la sombra para derrocarle. Las sospechas del monarca iraní eran ciertas, puesto que en 1978 el ayatolá Jomeini, entonces exiliado en París, llevaba meses negociando con Washington para imponer un régimen islámico amigo en Teherán.
Las condiciones que ponía el líder musulmán a su participación en el golpe de Estado era que EEUU dotase de armas a sus adeptos por valor de 95 millones dólares y el exilio inmediato del sha. La Casa Blanca quería evitar que la influencia de la URSS creciera en Irán, un país geopolíticamente clave y con importantes reservas de petróleo y gas.
Así, el Movimiento Hermandad Musulmana logró, en febrero de 1979, que Jomeini regresara a Irán y fuese aclamado "como un santo", según señaló Andrew Young, entonces embajador de Estados Unidos en la ONU. Pero la decisión de Washington de acoger al sha en su huída desató la famosa crisis de los rehenes y las relaciones entre ambos gobiernos dejaron de ser amistosas.
De este modo, el actual régimen islamista que preside Mahmoud Ahmadineyad, y que George W. Bush incluyó en el famoso 'Eje del Mal', fue respaldado en su día por la inteligencia y las armas norteamericanas.
Sadam fue amigo Antes de que Sadam Hussein se convirtiera en "el enemigo número de uno de Estados Unidos", según declaró el presidente George H. W. Bush, el difunto ex dictador iraquí mantuvo muy buenas relaciones con la diplomacia norteamericana hasta el punto de que Washington fue uno de sus mayores proveedores de armas durante la guerra entre Irán e Iraq (1980-1988).
Tras la crisis de los rehenes estadounidenses retenidos en Teherán durante 444 días, el régimen islamista del ayatolá Jomeini pasó a ser enemigo de la Casa Blanca. Hussein, aprovechando la rivalidad centenaria existente entre su país y el vecino persa, decidió declararle la guerra con el apoyo de Estados Unidos. Amparado en la 'doctrina Reagan', una política que intentaba minimizar la influencia soviética en el mundo allá donde surgiera, Sadam se benefició de las armas que le proporcionó el departamento de Defensa y que, al contrario que en los casos de Afganistán e Irán, no llegaron a Iraq directamente, sino que se trasladaron vía Arabia Saudí, Kuwait y Jordania.
Sadam Hussein y el ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld.
Los cargamentos que llegaban a los cuarteles iraquíes se componían de helicópteros de asalto 'Hughes' y de transporte, misiles, rifles de asalto, munición, camiones de transporte de tropas, minas anticarro y antipersonas. Según las estimaciones de los analistas e historiadores, la ayuda militar o dual (suministros que pueden tener una finalidad tanto bélica como civil) ascendió a un total de 15.000 millones de dólares durante los ocho años que duraron los combates.
Además, los contratos en equipo electrónico, informático y de comunicaciones sumaron un total de 48 millones de dólares y la secretaría de Comercio norteamericana firmó hasta 771 licencias armamentísticas con las autoridades iraquíes durante la guerra.
Dos años más tarde, en 1990, toda esta dotación le sirvió a Sadam Hussein para invadir Kuwait y desencadenar la primera Guerra del Golfo. "Cuando uno realiza tratos con un personaje del estilo de Sadam pueden pasar estas cosas", señala Mourab Zarrouk.
La sombra de que Estados Unidos proveyó de gran cantidad de armas químicas a Iraq durante su guerra contra Irán, y que después fueron utilizadas contra las tropas norteamericanas creando el llamado 'síndrome del Golfo' (enfermedades incurables, traumas psicológicos y malformaciones), nunca ha logrado disiparse del todo.
Los problemas paquistaní y yemení Una de las grandes preocupaciones de la coalición a la hora de dotar de armas a los rebeldes libios son los controles y la seguridad en torno al armamento. La posibilidad de que el equipamiento militar acabe en manos de milicias islamistas radicales o, incluso, en las de grupos terroristas como Al Qaeda es una posibilidad que temen muchos analistas. No obstante, el porcentaje de miembros libios en la red de Bin Laden es de los más altos.
En este sentido, Félix Arteaga cree que "es imposible controlar y poder hacer un seguimiento fiable y realista de dónde acaban todas estas armas, en especial las más pequeñas, y si su uso sirve al propósito que se había declarado desde un principio."
Los expertos reticentes a suministrar armas a la oposición libia suelen citar el ejemplo de Paquistán. Considerado por el Senado de EEUU como "el país más peligroso del mundo", la potencia nuclear asiática suele ser foco de acusaciones de connivencia con grupos terroristas. En los cables filtrados por Wikileaks, la diplomacia estadounidense acusaba al gobierno de Islamabad "de utilizar a los terroristas como herramientas de su política exterior".
A pesar de ello, el pasado mes de octubre, Hillary Clinton anunció que Washington aumentaría las ayudas militares a Paquistán, que comenzaron en 1952 con una partida de 10 millones de dólares en armas ligeras, hasta los 2.000 millones de dólares, una cantidad que se ha sumado a los 5.500 millones ya destinados.
El problema reside en que la seguridad de sus arsenales es una de las asignaturas pendientes del ejército paquistaní. Decenas de miles de armas son robadas o desaparecen de sus cuarteles cada año para pasar a pertrechar a los grupos islamistas, incluido Al Qaeda, con la connivencia de las autoridades locales según denuncian varias ONGs. De este modo, el equipamiento militar que EEUU suministra a Paquistán para que combata a las redes terroristas que se asientan en el norte y noroeste del país acaba en manos de los propios terroristas.
Un caso muy similar es el de Yemen. Considerado por los expertos como uno de los estados clave en la estrategia de expansión de Al Qaeda, Estados Unidos ha suministrado al gobierno de Ali Abdullah Saleh a lo largo de la última década más de 5.000 misiles de corto alcance y varios cargamentos de armas ligeras y de asalto. A día de hoy, se calcula que la mitad de los cohetes está en manos de las milicias islamistas debido a la falta de control en su almacenamiento.
El fenómeno de la piratería Somalia, según la ONG Amnistía Internacional, es, desde hace años, el estado fallido por excelencia del planeta. El gobierno apenas controla una pequeña región del sur del país y ciertos barrios de la capital, Mogadiscio. La ley la imponen las decenas de pequeños señores de la guerra que se reparten el país amedrentando a la población civil.
En 1993, Bill Clinton decidió invadir Somalia en busca de uno de sus líderes más carismáticos, Mohamed Farad Aideed. El primer paso de la operación fue suministrar armas a varios clanes rivales para que debilitaran a las fuerzas de Aideed. La misión acabó con 20 marines muertos y con las tropas estadounidenses saliendo a la carrera de Somalia. Desde entonces, EEUU ha enviado más de 40 millones de dólares en material militar al país africano con la esperanza de que el débil gobierno logre imponer el orden.
Pero, lejos de conseguirlo, la organización Transparency International denuncia que los rifles de asalto, las armas ligeras, los misiles anticarro y la munición han terminado en manos de los señores de la guerra que han hecho buen uso de todo el armamento reconvirtiéndose en piratas y utilizando todo el material para asaltar barcos occidentales en las costas del Índico.
De este modo, la donación de armas a grupos rebeldes ha sido una práctica muy utilizada por Estados Unidos en el último medio siglo. Según afirma Arteaga, "cuando se han dado armas a rebeldes con una capacidad de combate y una entidad organizada, el efecto ha sido muy importante y eso ha justificado la utilidad militar de las transferencias durante años".
En cambio, Zarrouk expone otro punto de vista. "¿Hay grupos violentos de carácter terrorista en Libia con afán de hacerse con armas aliadas? Sí, por supuesto, pero las armas las obtendrán de todos modos y, mientras tanto, Libia está sumida en un caos absoluto y el verdadero peligro reside en que esta situación se alargue mucho más en el tiempo", denuncia el profesor de la UAM. Además, Zarrouk cree que el reloj corre "en contra de la comunidad internacional y los revolucionarios y sólo un envío de armas desatascará el escenario actual".
Así, en ocasiones, como en el caso de Afganistán, Paquistán, Yemen o Somalia, la ayuda ha sido oficial o reconocida con posterioridad, como pretende serlo en Libia. En otros escenarios, como Angola, República Democrática del Congo, Bolivia, Laos, Camboya o Etiopía, no se ha logrado probar con la suficiente certeza el origen del armamento rebelde.
No siempre las armas han logrado el objetivo que perseguía la diplomacia norteamericana y muchos expertos sostienen que Libia puede ser el último país que se sume a esta extensa lista de estados armados.