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La ola que se puede llevar el Japón de los clanes empresariales

viernes 18 de marzo de 2011, 17:12h
La central nuclear de Fukushima ha fijado los ojos de la humanidad sobre la energía atómica y sobre Japón. Cuando escribo este artículo, héroes japoneses intentan enfriar el combustible de la planta y evitar así que se produzca una fusión del reactor, con la salida masiva de materias radiactivas fuera de su carcasa. Fukushima no es Chernóbil: la planta, aunque tiene 40 años, es muy superior tecnológicamente a la de Ucrania, y la eficiencia del Estado japonés contrasta con el primitivismo, casi bestial, con el que la administración soviética de entonces, abordó la catástrofe de su planta nuclear. Sin embargo, hay un hecho diferencial: la densidad de la población. Hoy Chernóbil es una ciudad abandonada en el Norte de Ucrania. ¿Se podrá abandonar Fukushima si se cumplen las profecías (desafortunadísimas) del comisario europeo?

Japón tiene 127 millones de habitantes, y su superficie es menor que la de España: 377.875 kilómetros cuadrados, con una densidad de 335 habitantes por la misma unidad de superficie; en Fukushima la densidad llega a 154 habitantes por kilómetro cuadrado.

A cualquier europeo interesado por lo que ha sucedido en Japón le saltan a la vista dos hechos. Primero, que la central aguantó el terremoto (con el nivel terrorífico de 9). Y segundo, que la cascada de fallos se debió a que la planta nuclear está ubicada en un paraje expuesto a las olas de los maremotos.

Por lo que sabemos, cuando se produjo el terremoto (14,46 hora estándar de Japón), como la red eléctrica estaba dañada, la central puso en marcha sus motores diesel para generar electricidad propia. Con ellos se podía mantener la refrigeración sin problemas. A las 15,41 horas, llegó la pavorosa ola del terremoto: se llevó por delante los motores, y a partir de entonces, sin forma de enfriar el combustible de la planta, Fukushima bordea la catástrofe.

¿Cómo se autorizó construir varias centrales nucleares a cuatro pasos de un mar que muchas veces ha lanzado contra la costa unas olas terroríficas? Los japoneses las llaman, desde hace tiempo, “tsunami” (“tsu”=puerto, y “nami”=ola). Hace 40 años, un investigador californiano, llamado Charles Richter, hizo una escala logarítmica de 1 a 9 (no se conoce ningún terremoto de escala 10), y estableció que cada 20 años, la tierra puede generar movimientos sísmicos del máximo nivel.
El “tsunami” que arrasó las costas donde estaban las centrales nucleares de Fukushima era un riesgo previsible. Si no se hizo caso a esas evidencias científicas fue porque las compañías eléctricas, concretamente TOPCO (Tokio Electric Power), sólo pensaron dónde era más barato obtener el agua para la refrigeración.

Ahora nos enteramos que representantes de la débil sociedad civil japonesa, obtuvieron de sus Tribunales sentencias favorables a una revisión de la ubicación de esas plantas. El responsable de la Agencia de la Energía, manifestó entonces: “que en Japón una demanda civil no puede cerrar una central nuclear”.

En Europa no se hubiera autorizado construir una planta atómica en un lugar con tales riesgos. Si eso fue posible en Japón, la causa, probablemente, se encuentre en la peculiar sociedad, y en la peculiar política de ese país asiático. Japón existe como Estado, y también, como nación política, desde 1868, con la llamada “revolución Meiji”. Más o menos, coincide con procesos de unificación nacionalista estatal como los de Alemania e Italia. Mientras en ese último país, la unidad nacional se hizo contra el Papa, en Japón, ”su papa”, es decir, “el emperador”, sometió a los poderes feudales –el “shogunato”-. Pero como pasó en Italia (recordemos la novela de Lampedusa: “El Gatopardo”), el “shogunato” se adaptó a la democracia japonesa, y sobre todo, al capitalismo japonés. Hacia 1945, 15 familias, incluyendo la del emperador (que no fue juzgado por crímenes de guerra porque los americanos respetaron su condición religiosa para su pueblo), dominaban el 80 por ciento de los capitales del país.

El capitalismo creció en moldes feudales, que se adaptaron a la moderna economía gracias a la monarquía imperial japonesa. Los japoneses nos asombran por su sentido de la responsabilidad comunitaria. Pero el individualismo, y la protesta de las minorías, no son admisibles para su mentalidad. El pueblo japonés acepta a los clanes empresariales (“el zaibatsu”) con la misma actitud que reverenciaba a los “daimios”, los soberanos feudales del pasado. Fernand Braudel, un gran historiador francés, completa las semejanzas: los cuadros técnicos de las empresas se rigen por la moral de los “samuráis”, la pequeña nobleza; y los obreros, se parecen más a los antiguos siervos, que a modernos trabajadores.

La ola del 11-M puede que arrastre también a ese Japón tradicional.

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