Carlos Pascual, un embajador fallido
sábado 19 de marzo de 2011, 17:17h
Que un embajador de los Estados Unidos sea imprudente y maneje un maniqueo discurso conduciéndose a caballo entre vivir en México y atender a sus jefes en Estados Unidos, es algo que bien sabemos en México tras de dos siglos de espinosas relaciones diplomáticas. Que WikiLeaks desemboce su arrogancia y su entrometida labor, subrayando su ignorancia galopante de la realidad mexicana que está obligado a conocer con precisión, no nos extraña. Invariablemente jamás se les ha tenido en alta estima a los enviados estadounidenses, que han contribuido de manera formidable a ello y a más de uno se lo ha expulsado por su conducta deplorable e injerencista.
Por su impericia, por ser un mediocre alfil de la política de su gobierno, un simple mandado, el real o supuesto prestigio de Pascual como el experto en estados fallidos, prestigio al que obedecía su presencia en México en donde iba a descubrir el hilo negro, ha resultado que lo deja en simple aprendiz o en el rango de procónsul impropio de una democracia que lo envía y otra que lo acoge. Ha mostrado una irresponsable actuación al expresarse de manera poco amable y carente del más mínimo cuidado –y sin el roce propio de quien gozara de experiencia diplomática genuina– acerca de diversas instituciones mexicanas, al tiempo que no ha contribuido a mejorar la imagen de su país en México, sin lograr revertir la pésima imagen de su país como consumidor de drogas, que es ya algo que escalda y pone en duda las capacidades del sujeto de marras.
No obstante que Pascual fue tratado con la hospitalidad mexicana y se le atendió con el lenguaje diplomático de quien sabe que mejor es dejar las cosas así, pronto se ha revelado que el embajador no se percató de que el recibimiento mexicano era de simple cortesía y WikiLeaks ha demostrado su impericia, su ramplonería y su capacidad para estropear como pocos embajadores, la relación bilateral que ambos gobiernos deberían primar y los confronta desde hace siglos.
Y es que al final todo va quedando en que esa clara e intencionada misión de estudiar como México podía en efecto, ser un estado fallido y actuar en consecuencia llevando agua a su molino, solo conlleva su fama nugatoria, a juzgar por su inicuo comportamiento.
Que su actuación parece rebasada por sus propios superiores –que están actuando a trasmano de su cargo–, es evidente, sea que sepa o ignoré él mismo lo que se fragua en Washington. Ya resulta escandalosa y ya resulta incómodo y mal recibido en México, pues ya no es un interlocutor fiable. Carlos Pascual llegó a México con entrada de león y acaso terminará con salida de burro. Y es que el embajador de los Estados Unidos de América tal vez sea el más inepto y gris ministro estadounidense de los tiempos modernos. Hasta donde me alcanza la memoria, al menos.
Su presencia y desempeño son paradójicos, pues en México se ha encontrado con una triada que por lo visto, nadie previó en Washington: hay instituciones sólidas, pues no ha llegado a un país bananero; el gobierno estadounidense ha dado muestras de lujo en corrupción que negó hasta la saciedad y entorpece la lucha contra el narco y las evidencias lo han exhibido; pero al mismo tiempo, la política exterior de Felipe Calderón ha sido asaz tibia o incapaz de capotear exitosamente las pifias de un equipo mediocre e inepto como lo ha demostrado ser el equipo de Barak Obama en rangos tales como política exterior y de combate a las drogas, perdiendo la oportunidad de plantarle cara y al contrario, cediendo a las más inicuas imposiciones de Washington.
Pese a que sus superiores junto al Potomac se empeñan en sostenerlo y así lo comunicaron prontamente el 4 de marzo de 2011, señalando en un comunicado que lo sostendrían a capa y espada, no importa, el daño a la gestión de Pascual está hecha y desde distintos frentes. Ya está evidenciado su doble discurso, que lo hace ver como portador de una vulgar careta, que solo anticipa lo que, una vez más, tarde que temprano suele saberse del embajador estadounidense de turno, como antes y siempre ha pasado con la gran mayoría de sus antecesores, que engrosan una abultada lista cuasibicentenaria de intrigas, exageraciones, intromisiones, jugarretas y tristes desempeños que en nada honran, antes bien deshonran la relación México-Estados Unidos. El gobierno Calderón no se atreve a expulsarlo.
Empero, el supuesto prestigio y la fama de Pascual se han hecho cenizas gracias a no saberse comportar, quedando en nada como el experto en estados fallidos que nos anticiparon que es, que no es sino un simple y rimbombante nombre de artificio tal del gusto de Estados Unidos, del que se ha valido para actuar como un verdadero y tradicional procónsul, típico de la vergonzante etapa de la época del Gran Garrote y la nefasta política de las cañoneras de la época del primer Roosevelt, y va a terminar como un insufrible embajador fallido. En el fondo da un poco de pena ajena saber que es un simple embajador fallido que en nada se distingue de otros predecesores.
Queda la impresión de que ni su gobierno lo toma en cuenta en la toma de decisiones estratégicas e ilegales como la escandalosa injerencia que supone ser el programa frívolamente llamado Rápido y furioso, por el cual ante la vergonzante sesión de soberanía del gobierno de Felipe Calderón, el gobierno de Estados Unidos orquestó la introducción ilegal de armas a México. Todo ello ha venido a demostrar la inicua actuación del gobierno estadounidense en el tráfico de drogas y de armas y el desempeño que campea en la medianía de la mediocridad y pequeñez de Pascual.
Pascual es en todos sentidos un embajador fallido, que ha demostrado serlo al quebrantar la confianza del gobierno que lo acoge, al ser un simple mandado y por la ligereza de sus criterios que resulta apabullante. El embajador ha complicado terriblemente las relaciones y no ha podido redimensionarlas. No se recuerda una gestión entrometida tan soez y tan ordinaria como la de este ministro estadounidense y nunca se la había evidenciado tan pronto (Thanks, Wikileaks). Al final queda la impresión de que al no estar seguro de si sus artes en estados fallidos sirven, solo puede forzar las cosas para que lo parezcan y quedar como quien ha cumplido su misión y como si sus veredictos sabiondos fuera precisos. Es una engañifa muy conocida en México como distintiva de la diplomacia estadounidense tan desprestigiada y que es típica de embajadores fallidos.