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Isabel Guerra, la monja pintora

José María Herrera
sábado 19 de marzo de 2011, 17:27h
Hace un par de semanas se conoció el robo de una importante cantidad de dinero en un convento de clausura de Zaragoza. Las primeras informaciones aseguraban que la suma se aproximaba al millón y medio de euros. El abogado de la congregación rebajó luego la cifra a cuatrocientos mil. Una cifra muy alta, que desató toda clase de rumores. La condición religiosa de las propietarias, el hecho de que el dinero se encontrara en bolsas de basura y fajos de a quinientos (al más puro estilo marbellí) y la militancia anticlerical de los apóstoles mediáticos, entre quienes ocupan una elevada posición los “humoristas”, favoreció las especulaciones, en particular las de tono peyorativo, típicas de un pueblo que da crédito a un refrán que aconseja pensar mal para acertar.

Se han escuchado muchas cosas a propósito de las monjas cistercienses del convento de Santa Lucía de Zaragoza. En los medios de comunicación y en la calle. Es natural que así sea porque llevamos años promoviendo el hábito de decir lo primero que se nos ocurre sin más comprobación. No me consta que nadie haya acusado a las monjas de cosas tremendas, trata de blancas o tráfico de drogas –operaciones difíciles de realizar dentro de un convento-, pero si de haber vendido los oros de la orden o de cobrar comisiones a cambio de ocultar el dinero negro de algún ciudadano corrupto. Tampoco han faltado los que se han apresurado a salir en su defensa sugiriendo posibilidades irrisorias, como que lo robado fueran los ahorros de varias décadas de zurcidos y encuadernaciones.
Por suerte, las dos Españas, esa cosa casposa con la que al resto de los españoles no nos queda otro remedio que bregar, apenas tuvieron tiempo de organizar la correspondiente pelotera. Entre las monjas de Santa Lucía se halla una muy cotizada en el mercado artístico: Isabel Guerra. Bastaba con pronunciar su nombre para que el misterio de las cistercienses se desvaneciera por completo. Los cuadros de Isabel Guerra valen un capital. La procedencia del dinero quedaba, pues, aclarada. Los charlatanes se equivocaron, como de costumbre, aunque ninguno, que se sepa, ha tomado luego el noble camino de la rectificación.

Isabel Guerra podría ser hoy una mujer muy rica. Por alguna razón, prefirió apartarse del mundo y enclaustarse en un convento. Estas son decisiones que ahora no se comprenden. ¿Qué sentido tiene consagrarse a un Dios que tal vez ni siquiera exista? La sociedad actual se siente incómoda con este tipo de decisiones. No me refiero a los energúmenos que profanan capillas en las universidades, sino a la sociedad en general, incluidos los propios creyentes. La antigua distinción entre lo profano y lo sagrado, lo que pertenece al hombre y lo que éste cede a Dios, se ha desdibujado sobremanera.
Como quiera que sea, el voluntario retiro de la monja pintora no le ha impedido seguir practicando su arte. El precepto monástico, ora et labora, no excluye el trabajo artístico, ni impide obtener beneficios por él. La diferencia entre vender mermeladas o dulces de navidad y cuadros hiperrealistas muy cotizados es simplemente cuantitativa. Muchos se han indignado al saber que las cistercienses no se habían apresurado a repartir las ganancias de sor pinceles con los menesterosos, pero su irritación tiene exactamente el mismo valor que la de aquellos que censuran a Bardem por no haber parido en un centro de salud. Las dos Españas coinciden en esto: son ejemplares en la exigencia a los demás.

Lo mejor del caso es que mucha gente que no había oído hablar de Isabel Guerra ahora conoce sus cuadros. Primorosamente ejecutados –la monja pintora domina todos los secretos de su arte- responden a un ideal de belleza que hará sonreir probablemente a los expertos. El arte contemporáneo nos ha acostumbrado a menospreciar el mundo de las apariencias. La posibilidad de una experiencia gozosa y sencilla de las cosas parece incompatible con un alma suspicaz como la nuestra. Tal vez sea necesario vivir en un convento, de espaldas al mundo, y creer en la redención de los pecados, para que semejante propósito sea factible. La mirada de Isabel Guerra desconcierta justamente por eso. No es, desde luego, esa mirada impúdica que revuelve las apariencias en busca de contradiciones y heridas. Su pincel se posa sobre lo que ve y lo refleja tal y como lo ve, con mirífica precisión, pero sin juzgarlo ni removerlo en busca de un sentido que, en su caso, da por descontado. Yo imagino que esta es una de las razones de su éxito, particularmente de sus retratos, retratos de personas contempladas por alguien que se ha consagrado a la intempestiva tarea de desechar cualquier mal pensamiento.
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