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reseña

P.G. Wodehouse: Ómnibus Jeeves. Tomo I (¡Gracias, Jeeves!, El código de los Wooster, El inimitable Jeeves)

domingo 20 de marzo de 2011, 00:59h
P.G. Wodehouse: Ómnibus Jeeves. Tomo I (¡Gracias, Jeeves!, El código de los Wooster, El inimitable Jeeves). Traducción de Esteban Riambau Saurí, Carme Camps y Emilia Bertel. Anagrama. Barcelona, 2010. 600 páginas. 24,50 €
“Ómnibus”, autocar grande que transporta a muchas personas… Autocar grande, grande… Así titula la editorial Anagrama este volumen recopilatorio de tres de las mejores novelas sobre Bertram Wooster, un lord inglés algo ingenuo y nada inteligente, que apuesta a los caballos y disfruta como nadie con un buen menú, que se viste con corbata, fajín o chaleco, y que pasa sus ratos de ocio en el club Los Zánganos. Siempre acompañado por su fiel mayordomo, el gran Jeeves, un tipo que nunca sonríe, que pasa un par de semanas de vacaciones a orillas del mar para “restaurar sus tejidos celulares”, que lee “libros didácticos” antes de ir a dormir, y en quien Bertie confía para resolver cualquier dificultad.

En palabras del propio autor, P. G. Wodehouse (1881-1975), “cuando empiezo a pensar que debo conseguir dos personas que propongan mi reclusión y me hagan instalar en un manicomio, siempre hay algo que encaja en la novela y después ya todo es alegría y regocijo”. Así son las aventuras de Bertie y su inseparable criado: una disparatada y alegre locura en la que se suceden, como en las tablas de un teatro, escenas absurdas y enredos increíbles a los que el protagonista se ve irremisiblemente abocado, como el robo de una jarrita de leche, pieza única, en forma de vaca (El código de los Wooster), los amoríos imposibles de Bingo Little, amigo de Bertie, con una camarera de mala reputación (El inimitable Jeeves), las aventuras en la casa de campo de Chuffy (¡Gracias, Jeeves!)… El buen caballero inglés intentará resolver cada situación apelando a su sentido de la amistad y al “código de los Wooster”, aunque siempre –como cabría esperar– de la forma más desafortunada y descabellada, por lo que el fiel Jeeves tendrá que acudir puntualmente en su auxilio, aportando algo de cordura y sentido común. Todo ello es relatado según el más genuino humor inglés, plagado de ironías y dobles sentidos, con diálogos rápidos y tergiversados y múltiples epítetos y adjetivos, que hacen que el lector no pueda dejar de sonreírse en cada página.

Escrito en la década de los años treinta, en primera y tercera personas, recurriendo a continuas interpelaciones al lector, al que hace cómplice de todas las peripecias, Wodehouse efectúa un retrato cómico de la clase social burguesa londinense de aquella época: jóvenes herederos ociosos que acuden a clubes y fiestas, damas lánguidas enamoradas, parientes mayores ocupados en hacer respetar rígidas normas de conducta y protocolo… Es imposible no caer en la cuenta de un cierto tinte machista –de época– en las alusiones a las mujeres, que se convierten en fuente inagotable de problemas “…ya que su tendencia a ser incapaces de distinguir entre el bien y el mal es notoria”.

Resulta, en definitiva, todo un acierto por parte de Anagrama haber incluido, dentro de su espléndida colección de rescate “Otra vuelta de tuerca”, a esta ya mítica pareja inglesa, el bonachón Bertie y su ayudante de cámara, cuyas ocurrencias y disparates aún nos resultan tan actuales.

Por Patricia Flores
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