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150 años de Italia

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 20 de marzo de 2011, 17:43h
El pasado jueves, Italia festejo el 150 aniversario de la proclamación de la unidad del país. Según muchos, se ha tratado de una fiesta “triste”, “melancólica”, “melodramática”, ya que el país aparece más dividido que nunca y atraviesa una profunda crisis político-institucional, una degradación ético-moral que se ha visto reflejada en un evento emotivo, aunque “de bajo perfil”. Los actos oficiales han sido ignorados por la mayoría de los ciudadanos, mostrando el habitual desapego hacia lo institucional.

Por un lado, el evento puso de manifiesto una vez más los límites intelectuales de la Lega Norte, un partido que, como recordaba Familia Cristiana, “no canta el himno nacional y cuando suena se van a tomar café con bollos, pero cuando se trata de repartir poltronas y prebendas, la Liga siempre se pone en primera línea”. Independientemente del mal gusto de muchos de sus miembros (desde el regalo a los consejeros regionales de Emilia Romagna del libro Risorgimento. Le radici della vergogna –Las raíces de la vergüenza- a la famosa frase de Bossi “Garibaldi no unió Italia, dividió África”), considero que la Lega ha podido perder una ocasión para demostrar haber alcanzado la necesaria madurez cultural y política, deseable en un partido de Gobierno. Se trataba de un gesto de responsabilidad frente a un evento de gran importancia para la democracia italiana, de asumir una postura lúcida ya que el federalismo que proponen, puede representar una vía de agregación, un camino para la creación de un Estado más compacto e integrado. Sin embargo, prefieren seguir apostando por la fragmentación política, las tendencias centrifugas y secesionistas: la cohesión nacional puede representar un factor de crecimiento económico, de aglutinamiento social. La decisión de boicotear de forma pasiva y provocadora las celebraciones, me hace pensar que tenga razón un amigo politólogo que me confesaba: “me resulta más fácil comprender a quien votó por Cicciolina y su partido del amor que por la Lega”.

Han sido unas celebraciones caracterizadas, por un lado, por el derrotismo y el pesimismo, tanto que se han rescatado las frases de Sidney Sonnino “Se questa é l’Italia, era meglio non averla fatta” o la de Metternich “Italia es una expresión geográfica”. Se ha subrayado el hecho de que el sentimiento de unidad nacional no se ha reforzado en las últimas décadas, sino que se ha debilitado, mostrando un país “opuesto e incompatible”. Por otro lado, se ha recordado la grandeza del movimiento unitario nacional, la presencia de pocos héroes conocidos y muchos desconocidos, de un sentimiento común que crece cuando se escucha el himno o juega la selección. No cabe duda que Italia es un país aún dividido: por la historia, por la geografía, por sus intereses territoriales y aunque lo que “une” es más de lo que divide, hay una tendencia al localismo, a un profundo sentido de pertenencia territorial, a ver unas Italias inconciliables y contrapuestas. Quizá tenga razón el presidente Napolitano al decir que “Divididos, habríamos sido expulsados de la Historia”. Pese a la publicación de muchos libros incendiarios sobre el tema, no parece el momento de reabrir viejas heridas y rencores atávicos, nunca superados: la unidad no debe representar una excusa, un motivo para dividirse aún más y reavivar la confrontación entre Norte y Sur.

Finalmente, Italia sigue siendo un país contradictorio con gran dificultad a instarse como Nación-Estado y que sigue arrastrando sus problemas y anomalías, olvidando su historia y repitiendo sus errores. De Julio Cesar a Vittorio Emanuele II, de Mussolini a Berlusconi, el cambio ha sido radical, hemos pasado de la gran Historia al misterio buffo, a la actual opereta de mal gusto. Aún así, la Italia nación representa un país joven, que parece haber pasado de la infancia a la vejez sin ser nunca maduro. 150 años caracterizados por un actitud políticamente inmadura y cínica, un pueblo generoso y mentiroso, “siempre listo para correr en socorro de los vencedores”, a buscar la solución más fácil, mirando al propio interés más que al bien común. Por eso, se trataría de madurar, recordando que cuenta con un pasado que enorgullece, un presente poco ilusionante y un futuro prometedor si se apuesta decididamente por el cambio. Sobrevivió a las dominaciones extranjeras, al fascismo y a los gobiernos de la democracia cristiana: ahora sobrevivirá a Berlusconi. Sí, de sus cenizas, las de la Antigua Roma, del Risorgimento y de la Resistencia, esperamos que Italia resucite, recuperando el valor de la ética pública y la dignidad política, construyendo una necesaria unidad nacional, encontrando un líder que, capaz de “elevarse encima de los intereses personales”, persiga el bien del país. El mundo entero espera algo mejor de Italia, lo exige, lo pide, pero puede que tenga razón Montanelli cuando, hace unos años, recordaba que: “Nosotros vemos Italia por lo que realmente es: no un vivero de poetas, de santos y de navegadores, sino una mantenida costosa y maleducada: pero es la única que consigue calentar nuestra cama y hacernos sentir hombres, aunque cornudos”.

Ps. En un momento tan emotivo como la celebración del aniversario en el altar de la patria, Berlusconi ha dado muestra una vez más su visión particularista de la política y su verdadero interés: “sigo adelante para defenderme. No dejaré el país en manos de los comunistas”. Y si fuera verdad que existieran los comunistas, ¿serían más peligrosos que él?

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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