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La necesidad de un ejército europeo

martes 22 de marzo de 2011, 15:37h
La historia de Europa, como la de todo del Mundo, es un continuo sucederse de guerras. El ideal de suprimir la guerra como un elemento más en la solución de conflictos nacionales e internacionales sigue pareciendo utópico porque determinados intereses económicos, nacionalistas y particularistas siguen predominando sobre los intereses generales de los pueblos y sobre la garantía del principal derecho universal: el derecho a la vida.

El siglo pasado tiñó de sangre una vez más el continente europeo con dos intensísimas guerras mundiales que aportaron como lamentable novedad lo que se ha venido en denominar “guerra total”, pues toda la sociedad de los países beligerantes se vio, de una u otra forma, implicada en el conflicto: no sólo millones de hombres fueron movilizados para ir al frente, sino que la industria civil se transformó en industria militar, los transportes se pusieron al servicio de la logística de guerra, el comercio se orientó para satisfacer las necesidades militares, etc., etc. Un esfuerzo ingente que no sólo segó millones de vidas sino que también cortó, aunque temporalmente, la evolución positiva del desarrollo económico y social y muchas esperanzas individuales.

Hay enormes diferencias entre una y otra guerra: la primera fue fruto de la rivalidad nacionalista y de las tensiones políticas, distintas en cada país, que quisieron apagarse con una retórica ultrapatriótica que facilitase l’union sacrée. En algunos países, se luchaba por transformar las autocracias en sistemas que reconociesen derechos individuales y políticos y, en otros, lo que se pretendía era una evolución desde los regímenes liberales decimonónicos hacia verdaderas democracias y políticas que mejorasen la condición de la clase obrera. Estas tensiones seguían presentes en la Segunda Guerra Mundial, pues muchos de los problemas continuaban sin resolverse, pero la principal causa de ésta fue la política expansionista de Hitler, lo que obligó a los aliados a luchar contra el nazismo y sus adláteres fascistas.

Tras la derrota en 1945 de Alemania, Italia, Japón, el mundo se polarizó en dos grandes bloques: el occidental y el comunista, y la guerra abierta se transformó en una “guerra fría” entre los occidentales, por un lado, liderados por Estados Unidos, y, por otro, la URSS, antiguo aliado durante la Segunda Guerra Mundial, y los países comunistas. Las armas nucleares habían transformado totalmente el panorama y una nueva guerra mundial podía llevar a la destrucción de cualquier potencia, por lo que los conflictos se resolvían en guerras menores, estratégicas desde el punto de vista geopolítico, o en luchas diplomáticas en las que la amenaza nuclear estaba siempre presente.
De todas estas experiencias históricas, los gobernantes de los países europeos occidentales aprendieron que sólo la construcción de una unión económica y política podría resituar a Europa en el panorama mundial, quedando claro que Estados Unidos sería la salvaguarda ante cualquier nuevo enfrentamiento armado. Mas ha faltado valentía política para llevar este aprendizaje hasta sus últimas consecuencias: una verdadera Federación Europea. La caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la URSS y el giro de sus antiguos aliados y ex-repúblicas soviéticas hacia Occidente ha cambiado sustancialmente el clima de las relaciones internacionales en las últimas tres décadas.

Resulta interesantísimo leer libros de la Europa de entreguerras para ver cómo Rusia pasó de ser la frontera de Occidente frente al “otro mundo” a convertirse ella misma en el otro mundo tras la victoria de la Revolución Bolchevique. Polonia era ahora la frontera, como tras la Segunda Guerra Mundial lo sería la República Federal Alemana. Daniel Halévy, por ejemplo, en su Courrier d’Europe, de 1933, se pregunta: “La Pologne a-t-elle cessé d’être aux frontières de l’Europe?” Y responde: “Il n’est pas douteux qu’elle se trouve aujourd’hui, comme au XIIe siècle, sur la frontière de deux mondes”. Pero Rusia nunca fue del todo el “otro mundo” porque para muchos europeos occidentales la Revolución Bolchevique era la esperanza de transformación de su propia circunstancia. Esto nos debería llevar a pensar qué papel debe jugar Rusia en la era de la globalización que hoy vivimos. La OTAN tiene un gran interés en que Rusia sea un aliado estratégico y no es fácil olvidar que los pueblos que ocupan esas tierras llevan mucho más de un milenio siendo frontera. Ante esto, si se me permite exagerar, pudiera afirmarse que dentro de poco el bolchevismo nos parecerá casi una anécdota, y debería prestarse mucha atención a la importantísima remergencia del cristianismo ortodoxo tras la caída de la URSS, con el renacer de unos valores de los que está tan impregnada la gran novelística rusa.

Si los líderes europeos tuvieran capacidad de ir más allá de horizontes inmediatos y limitados, aprendiesen de la historia y fuesen conscientes de que las políticas nacionalistas sólo han desembocado en guerras, apostarían por una verdadera Federación Europea, que entre sus primeros pasos supondría la formación de un ejército unitario, el cual podría convertirse en la proa de una cada vez más necesaria Fuerza Internacional de Intervención Rápida. Las dudas respecto a la actuación en Libia y cómo ésta se está llevando a cabo hacen aún patente esta necesidad, pero para para eso primero es absolutamente necesario una voluntad política capaz de mirar más allá del ombligo de la propia nación. Francia, Gran Bretaña y Alemania deberían ponerse al frente. Y el Gobierno español debería salir del sonambulismo internacional y empezar a marcar una política clara, más allá de la retórica vana y vacía de decir que España estará a lo que digan la ONU y otras organizaciones internacionales, como si la voluntad de éstas se fraguase en una supuesta, pero inexistente, alma propia y no por los intereses de cada Estado.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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