www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La Virgen y el Niño con los pecadores arrepentidos

Concha D’Olhaberriague
miércoles 23 de marzo de 2011, 21:16h
Acaba de descubrirse un cuadro. En el gran edificio barroco de José Benito de Churriguera con reforma de Diego de Villanueva a instancias de Fernando VI, situado en la madrileña calle de Alcalá, tiene su sede la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Allí, en los almacenes, estaba esta obra, considerada como una copia antigua del pintor flamenco Anton van Dyck, hasta que los trabajos de los restauradores y, más que nada, el celo, los conocimientos y el ojo artístico del profesor Matías Díaz Padrón hicieron posible, tras investigar los pormenores documentados durante más de cuarenta años, la asignación a su autor.

En el mundo de los museos y las colecciones artísticas, no es, ni mucho menos, un hecho inusual que se cambie la atribución de una obra de arte. En sus peines, y aun en exposición, poseen todos ellos ejemplares de autoría dudosa o bien, cierta, hasta que se descubre el error o modifican los criterios de identificación. Movimientos de ida y vuelta también ha habido. Así, la Magdalena penitente de Francisco de Goya, del Lázaro Galdiano, devuelta al catálogo del aragonés después de habérsele expropiado durante un tiempo.

Cuanta más atención se preste a un artista, más fácil resultará la oscilación en su inventario. Casos notables han alcanzado a maestros universales del pincel, y no siempre la comunidad competente llega a un acuerdo por disparidad de puntos de vista o, acaso, debido a razones menos santas. Vanidades, intereses, afán de notoriedad, son rasgos propios de nuestros congéneres que también, claro es, actúan y afloran alguna vez en este campo.

Con el van Dyck, no obstante, y pese a ciertas noticias imprecisas acerca del lugar donde se custodiaba, aclaradas luego por los responsables de Bellas Artes, el trasfondo, la autentificación y la presentación a la prensa suscitaron mi interés de inmediato por su aire riguroso.

La belleza y composición de la pieza, una joya de la pintura barroca religiosa, de tema contrarreformista, recordaban la Piedad del Prado, museo que cuenta, además, con otros varios lienzos del pintor de Amberes. Pero fue aún más notable la profesionalidad y falta de grandilocuencia de Matías Díaz Padrón, el verdadero artífice del hallazgo.

Antiguo conservador del Prado, y especialista en pintura flamenca del XVII, vio la tela en los años setenta, en el curso de la elaboración de su tesis doctoral, y le llamó la atención. Por su calidad pensó que era de van Dyck, y, merced a la documentación disponible, pudo seguir la pista de la Virgen y el Niño, adjudicada anteriormente a Mateo Cerezo.

De esta forma, averiguó que Velázquez y el padre Santos la mencionan elogiosamente en sus memorias. Por otro lado, constaba que fue regalada a Felipe IV por el duque de Medina de las Torres, virrey de Nápoles. Y el rey la destinó a la antesacristía de El Escorial.

José I Bonaparte la incluyó en un lote que iba a mandar a su hermano Napoleón con vistas a un museo que tenía la intención de montar.

Mas los vientos de la historia se mutan y las pinturas españolas permanecen en la Real Academia de San Fernando a consecuencia, sobre todo, del declive napoleónico. Alguien la registra en calidad de copia de van Dyck, y como tal sigue durante todo el siglo XIX y en el XX.

Díaz Padrón expresa una alegría mesurada –no es una persona sentimental ni emotiva, confiesa- por el buen fin de su intensísima y abnegada indagación y destaca su dureza. Sobre todo, afirma, lo importante es que sea útil y sirva para algo.

Los detalles de la apasionante aventura los relatará en la joven revista Ars Magazine. La leeré con sumo interés.



¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios