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Palestina, Israel: el "peso de los muertos"

miércoles 26 de marzo de 2008, 18:56h
Nada tiene de extraño que la Organización Islámica de la Educación de las Ciencias y de la Cultura haya lanzado una especie de "fatwa" contra el Salón del libro de París, en el que han visto un homenaje a la literatura de un estado que, como el de Israel, practica el "genocidio" contra el pueblo palestino. Lo que sí resulta demoledor es la sumisión a este anatema de algunos de los más grandes escritores árabes contemporáneos, que es tanto o más desconcertante cuanto que los cuarenta escritores hebreos convocados al cónclave no sólo son demoledoramente críticos con la "política de defensa" del gobierno israelí, sino que han puesto su voz al servicio del abandono de los "territorios ocupados" y de la creación de un Estado Palestino independiente. Si intelectuales de la talla de Amos Oz, David Grossman, Avraham B. Yehoshua, Meïr Shalev, Margalit Matitiahu o el desaparecido Nathán Yonathán, han sido capaces de convertir el "peso de sus muertos" en un argumento para la reconciliación y en el centro de su denuncia de los mitos antiárabes con los que cierta cultura israelí ha generado su particular "cultura de la guerra" ¿qué está impidiendo a estos grandes escritores árabes hacer lo mismo en sus propias naciones?


En los años noventa, y en el contexto pacificador abierto por los Acuerdos de Oslo, también ellos comenzaron a dar pasos en esa dirección, haciendo de los congresos literarios internacionales escenarios habituales para la confraternización pública con sus colegas hebreos. Es verdad que nunca dejaron de proclamar la "suciedad de origen" del Estado de Israel ni los excesos represores de su gobierno, pero su apuesta por el diálogo con los creadores del "otro lado" llevaba implícito el reconocimiento de que una gran parte de la sociedad civil israelí en modo alguno podía identificarse ya con ese estereotipo que la convertía en un monstruo genocida. Resulta evidente que esta nueva percepción, supuso un duro golpe para la maquinaria ideológica de guerra con que los partidarios de seguir utilizándola -Irán, Irak y Siria- venían apuntalando los posicionamientos más radicales de la "resistencia palestina".


Todo este proceso comenzó a desmantelarse cuando la laboriosa coordinación de estas potencias regionales y las provocaciones de Ariel Sharon desencadenaron, en el año 2000, la II Intifada. En un contexto democrático homologable al de los países de Occidente, los intelectuales y escritores de Israel pudieron resistir con mayor vigor el fortalecimiento y la expansión en su propio territorio de esa "ideología de guerra" para la que todo palestino era un terrorista. La energía con la que, desde el primer momento, Amos Oz, David Grossman, Yoav Hayeck, Orsion Bartana o Margalith Matitiahu levantaron su voz contra su gobierno contrastó vivamente con el retraimiento casi generalizado de los intelectuales y escritores árabes a la hora de mantener públicamente el mismo posicionamiento crítico que con tantas dificultades habían apuntalado en tiempos de paz, y del que sus homólogos israelíes están haciendo gala aún en tiempos de guerra.


Sólo un puñado de escritores galileos como Shamer Khair, Mohamed Ali Taha o Naim Araidy, lograron a duras penas retorcer el cuello al corazón. El drama de sus hermanos palestinos no les hizo fácil arrastrar hacia los principios pacifistas el fiel de la balanza de ese delicado y terrible "conflicto de doble fidelidad" que amedrenta y confunde los espíritus en tiempos de guerra, ni mantener vivo el movimiento que abogaba por la reconciliación ante la incomprensión de parte sus colegas árabes y de los peligros que representaba para su prestigio profesional y para su propia vida manifestar públicamente una actitud que podía ser entendida por los sectores más radicales de su propia cultura como un acto de "traición" hacia la causa árabe. La celebración cada primavera de los ya legendarios Encuentros de Maghar se convirtieron desde entonces en el único escenario donde ha sido posible la confraternización literaria entre las cultura árabe e israelí, y en los que sólo en fechas muy recientes tuvieron el valor de hacerse oír el poeta jordano Zakaría al Omari y los poetas palestinos Saed Abo Tbanja y Mona Abo Jousif. De este inenarrable ejercicio de valor, que me fue dado el privilegio de vivir, nació, precisamente, Coexistence, una pequeña antología que tuve el honor de coordinar y publicar en el año 2002, y que sigue siendo el único documento literario que ha sido capaz de aglutinar la obra de algunos de los poetas árabes y hebreos más firmemente comprometidos con la causa de la reconciliación.


A diferencia de sus colegas galileos e israelíes, las grandes individualidades de la cultura árabe de hoy no han sabido transformar el peso de sus muertos en una fuerza ideológica lo suficientemente sólida como para enfrentar los espejismos del mito antijudío construido por la clase política que los gobierna y como para extender entre sus pueblos la necesidad de promover el encuentro con el pueblo de Israel. Y los que lo han logrado, no han salido a la calle o a los medios de comunicación para desmontar la "ideología de guerra" administrada por los poderes teocráticos bajo los que sobreviven, y que el radicalismo islámico no ha hecho otra cosa que revitalizar. No. No es sólo la "presión moral" del drama palestino lo que hace comprensible su actitud. Es, también, el miedo a manifestarse en sociedades gobernadas por regímenes totalitarios y sacudidas, desde la guerra de Irak, por una marea yihadista que, nacida de la perversión del Islam, no puede tolerar la disidencia. En estas condiciones no siempre es posible ni exigible el ejercicio del valor. Recordemos tan sólo las "fatwas" lanzadas por los poderes religiosos islámicos contra los escritores e intelectuales árabes que han sido capaces de reivindicar para sí la libertad de expresión, y tendremos la medida exacta de lo mucho que se está jugando ante nuestros ciegos ojos.

Carlos Morales

Director de El Toro de Barro

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