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Olas, ritos y perdones

viernes 25 de marzo de 2011, 17:58h
Occidente tiene a bien encontrarse con Oriente a trompicones. A Occidente, recostado en su poltrona o en su hamaca, con el whisky con soda o el gin-tonic a mano, le cuesta comprender un lugar en el que el placer sea tan diferente. A Occidente le gusta la animación, Oriente aguanta mejor el silencio; a Occidente le va la simetría, a Oriente la asimetría; Occidente gesticula, Oriente mantiene una sonrisa eterna; Occidente se solaza con una reunión en la que se cruzan opiniones, Oriente con el silencio y la brisa que cruza los estores y acaricia el talle; con la sinfonía que pequeños músicos burbujeantes tocan cuando se abre una cerveza una tarde de julio. Seguramente, una página web que hace parejas según afinidades nunca los emparejaría. Haría falta una Celestina muy celestinesca para desatar entre ellos la pasión. Pasa lo mismo que pasa con el Viento del Oeste y el Viento del Este: siempre soplan en direcciones diferentes. Lo digo, porque yo fui una vez Viento del Oeste. Y, sin embargo, a veces la pasión se desata. A trompicones.

El terremoto ha sido uno de ellos. Un trompicón morrocotudo, inesperado, porque ha venido con ola. Japón estaba muy preparado para el seísmo, para el movimiento, pero poco para la ola. Una ola mucho más dantesca que cualquier interpretación del infierno de la Divina Comedia por Doré o Barceló incluso. Dante en youtube. ¿Cómo protegerse de las olas? Quien haya cogido olas alguna vez sabe que contra la ola no se lucha: o bien se corre, o bien se bucea. Pero una ola, en cuanto pasa de cierto tamaño, basta un metro y medio medido por la espalda, como lo miden los hawaianos, no perdona. La ola de Sendai no perdonó. Las olas.

En Occidente, otras olas han tapado las olas de Sendai. Libia, el rescate portugués... Olas que crearán a su vez otras olas y que dejarán el sabor de la melancolía de la impermanencia de las cosas. La certeza de que ni siquiera el desastre permanece, por mucho eco de dolor e impotencia que tenga. Pero ahí está. Las cosas en Japón han cambiado poco desde las últimas crónicas de hace una semana. La Central sigue humeante, con las barras de los reactores (y otras barras usadas y almacenadas) seguramente en proceso de fisión incontrolado, derritiéndose más o menos lentamente. La radiatividad irá saliendo poco a poco, por el aire, por la tierra, por el agua, hasta que puedan entrar operarios y, bien sacarlas, bien decidir enterrarlas bajo un sarcófago de hormigón. Las ciudades cercanas sufrirán alarmas, y las aguantarán en un silencio contenido.

Por otro lado, los más de doscientos mil refugiados compartirán varios metros cuadrados de un polideportivo con otros refugiados. Habrán perdido casi todo, en muchos casos miembros de la familia. Acostumbrados a medir la superficie de las casas por tatamis, esteras rígidas de aproximadamente 1’90 por 1 m., los polideportivos se tatamizarán, y los allí residentes definirán con mantas su espacio personal, un espacio que todos respetarán como si hubiera muros invisibles, como si fueran los personajes de una película de Lars Von Trier en la que el director ha decidido prescindir de muros y paredes. Se quitarán los zapatos para entrar en su espacio como si fuera su casa; los niños jugarán en los espacios comunes; no habrá robos; la sonrisa imperará. Enseguida habrá voluntarios que darán clases de cosas variadas, y en menos de dos semanas serán microciudades japonesas, llenas de favores hechos unos a otros. Vencerá el rito.

El otro día, Ramiro Calle me comentaba que la actitud de los japoneses no es buena o mala en sí, que tanto vale para los hechos más hermosos como para lo más crueles o malvados. Y seguramente es así. La eficiencia, la organización inmaculada, el desinterés bien intencionado tanto vale para lo mejor como para lo peor. En sí mismo no define el objetivo al que se aplica. En definitiva, el fondo sincrético budista, confuciano, shintoista, taoista, y de forma minoritaria cristiano, que permea la sociedad japonesa no los hace intrínsecamente mejores o peores. Sí, quizá, más mantenedores del rito.

Si hay un fondo complicado de comprender para cualquier occidental es el confuciano. Como Donald Keene señala en su autobiografía, uno puede llegar a aceptar mejor el misterio de la mística que la utilidad de unas creencias que enfatizan la necesidad de quitar las arrugas de la estera sobre la que se sienta a estudiar. Sin embargo, a veces hasta Confucio tiene miga mística. Preguntado una vez por cómo enderezar el gobierno, respondió que lo que hacía falta era rectificar los nombres (algo que, por otro lado, ya propuse en otro artículo sobre piruchofas, más de dos mil años después que Kung-Tsé, da vértigo).

"Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan; y si las palabras no se ajustan a lo que representan, los asuntos no se realizarán.

"Si los asuntos no se terminan, no prosperarán ni los ritos ni la música. Si la música y los ritos no se desarrollan, no se aplicarán con justicia penas y castigos, y si no se aplican penas y castigos con justicia, el pueblo no sabrá cómo obrar.”

El presidente de Tepco, la Tokio Electric Company, la compañía que gestiona la Central Nuclear de Fukushima ha recorrido la zona para pedir perdón. Se trata de un rito oriental, muy japonés, por el que quien se considera responsable de un daño debe pedir perdón públicamente a los lesionados u ofendidos. Es un primer acto para ajustar las palabras a los hechos. Un rito confuciano. Y como rito, precede a la catarsis. No va a cambiar en nada la vida de los damnificados, de esos niños que juegan entre los hogares de paredes invisibles en los polideportivos, de los ancianos que hacen sus ejercicios de estiramiento por las mañanas antes de ponerse sus dentaduras postizas, ni de las madres y padres que hacen cola para recibir una botella de agua o unas tazas de comida instantánea. El alcalde de Sendai, por el momento, rechazó el perdón. El presidente pedirá perdón de nuevo. Si no lo aceptaran, tendría pocas posibilidades de acabar esta vida con dignidad. A pesar de la ola. No pasa nada por perdonar, pero pasa. Algo invisible. Ahí está el rito en toda su vida desbordante, con toda su tensión. El drama o la tragedia desplegados en pocos segundos. El gesto y el perdón, bolas de luz sobre las que meditar.
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