Koestler y la parapsicología
viernes 25 de marzo de 2011, 20:34h
Arthur Koestler, o un buen prototipo del escritor todoterreno, cultor de la novela tanto como de la biografía, del ensayo político-filosófico y el panfleto, de la angustiosa indagación interior y el tratado histórico... Una peripecia vital, la suya, también alejada de la del montón. Niño mimado del “Komintern”, que después le estigmatizaría como traidor al proletariado mundial. Espía. Corresponsal de guerra. Sadomasoquista. Superviviente a invasiones, bombardeos y sentencias a la última pena. Conspirador. Mujeriego… Y, a la postre, como varios grandes toreros, suicida.
Un dechado casi arquetípico, pues, no sólo de pluma curtida en altas temperaturas, sino también de esa categoría humana que, en los años de entreguerras del siglo XX, cuando las juventudes europeas se entregaron, vampirizadas, a las utopías totalitarias, era conocida como el “revolucionario profesional”: individuos amantes de la aventura, con un romance en cada puerto y que -con mucha más lógica de lo que la historiografía acomodaticia induce a creer- trasladaban sin problemas sus entusiasmos desde las filas comunistas hasta las fascistas, en tanto sus atónitos camaradas permanecían en las células rojas pese al lacerante contrasentido que, a sus ojos, se antojaba el Pacto Germano-Soviético. Tiras y aflojas, amores y desamores que, en fin, costaron mucha sangre.
Agustín Pániker me ha hecho llegar un libro ya antiguo de Koestler -“Las raíces del azar”- advirtiéndome: “Es un clásico”. Y lo es. En concreto, un clásico acerca de todo lo referente a la percepción extrasensorial, la telequinesia y las relaciones de la parapsicología con la ciencia oficial (en particular, con la física cuántica). Al no ser Íker Jiménez, y pese a mi lectura impenitente durante años de publicaciones de divulgación popular en torno a estos fenómenos, ignoro en qué medida esta obra de Koestler, disponible en el catálogo de “Kairós”, conservará aún, a ojos de muchos entendidos, esa consideración de “clásico”. Acaso las investigaciones desarrolladas en ese campo de 1972 acá la hayan dejado obsoleta y reducida a antigualla, o quizá Koestler cabalgue todavía a años luz por delante de los actuales santones oficiales del asunto. No lo sé.
A Koestler le conocía, principalmente, por su magnífico estudio sobre los kázaros, que escribió cuando ya no era comunista y al que consagré especial atención en mi ensayo “En pos el Sol”, que reitero y amplío en su futura secuela -ya en cartera- “Los Confines del Reino”. En este otro libro suyo, me han dejado fascinado sin reservas sus informaciones sobre los neutrinos, entidades de naturaleza casi etérea a las que se refiere como eslabones perdidos entre la mente y la materia, algo así como átomos de los átomos de los átomos… Permítaseme reproducir aquí una cita del profesor Firsoff referente a ellos: “Visto por los ojos de un neutrino”, leemos, “el universo presentaría un aspecto sorprendente. Nuestra tierra y los otros planetas, sencillamente, no figurarían, o quizá existirían como delgadas capas de bruma. (…) El cerebro de un neutrino sospecharía de nuestra existencia a raíz de ciertos efectos secundarios, pero la encontraría muy difícil de probar (…). Nuestro universo no es más verdadero que el de los neutrinos; ellos existen, pero en un tipo diferente de espacio, gobernado por otras leyes”.
En cierto modo y contra todo pronóstico, he venido a redescubrir aquí, entre las partículas subatómicas, al Koestler estudioso del Imperio Kázaro, aquel reino casi inexistente para la historiografía oficial, el neutrino de las monarquías de la Alta Edad Media, de cuya antigua realidad poco más que se sospecha, diría yo que al estilo en que se barrunta… pues eso: la de los neutrinos.
Así que nosotros somos, para los neutrinos, lo que ellos son para nosotros: una suerte de hadas… Más o menos, lo que los kázaros para los normandos. Seguramente que a Sartre le habría encantado ser un neutrino la noche en que Koestler le abrió la cocorota de un botellazo. La verdad es que yo, en estos días, he meditado seriamente sobre las muchas ventajas que, en innumerables ocasiones, me reportaría el acceso a esa constitución cuasi etérica del neutrino. ¡Tornarme en bruma! No puedo imaginar vacaciones más excitantes. Lo confieso.