Mundo ácrata: crisis de la partidocracia
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
martes 29 de marzo de 2011, 21:49h
El otro día encontré con asombro los resultados de una encuesta llevada a cabo por iniciativa de The Guardian, en la que se preguntaba a ciudadanos de Gran Bretaña, Francia, Alemania, España y Polonia acerca de diversas cuestiones relacionadas con la política y la economía de sus respectivos países. Yo, como la mayoría de la gente, considero que a tales chorradas orquestadas por esa ridícula profesión llamada Sociología no se les debe conceder la más mínima credibilidad. A menos que se tenga algún interés en dársela, obviamente. Y en esta línea han actuado, como de costumbre, políticos y medios de comunicación.
Pongámonos en la hipótesis de que los datos efectivamente son fiables. Destacaré sólo un par de datos. Ante la pregunta “¿En qué medida confía en el Gobierno para afrontar los problemas que atraviesa su país?”, un 78% de las respuestas fueron “no mucho” o “nada”. En el caso de España, el acumulado de los escépticos se correspondía con ese mismo total, y sin embargo aún estaba por debajo de las cifras arrojadas por Alemania, Francia y Polonia. Quizás pocos se extrañen de esta actitud, pero la gravedad del asunto reside en la pregunta lanzada después: “¿En qué medida confía en que los políticos nacionales, ya sean del Gobierno o de la oposición, estén actuando con honestidad e integridad?”. El 89% de los que respondieron (91% en el caso español), confesaron “no confiar mucho” o “nada” en la forma de actuar de sus políticos.
Estoy deseando ver las tasas de abstención y voto en blanco de las próximas municipales. Parece que alguien tiene que decirle a la clase política que en esta fiesta sobra. Como la Sociología es una ciencia denostada, los rotativos no me han hecho feliz decorando sus portadas con un inquietante titular del estilo “EL SISTEMA POLÍTICO SE HUNDE” o bien “LOS PARTIDOS NO SIRVEN PARA NADA”. Políticos y medios de comunicación han hecho más bien poco caso de este tipo de datos, por la cuenta que les trae. Aquí es donde entra el viejo argumento “podría no ser cierto” (a pesar de que las condiciones técnicas de la muestra parecen bastante decentes). También podríamos esgrimir otros argumentos: ¿Qué es realmente ser íntegro y honesto? Y sobre todo: nadie o casi nadie actúa de forma íntegra ni honesta al 100%, y nuestra administración necesita un cuerpo de funcionarios de alto rango demasiado numeroso como para que todos sus miembros se comporten con rectitud.
Si tienes una empresa y un trabajador no actúa según tus expectativas y necesidades, lo lógico es sustituirlo por otro. Lo primero es hacer un gran esfuerzo de imaginación, tratar de contrarrestar siglos de subordinación, caciquismo y complejo de inferioridad, y ser conscientes de que somos nosotros sus jefes, y no ellos los nuestros. Pero el problema va mucho más allá: si en una empresa un sistema de organización no funciona, lo indispensable es cambiarlo.
Tengo el gran convencimiento de que pocos creen enérgicamente en la democracia representativa tal y como se configura actualmente en los países occidentales. Sin embargo, la percepción de ésta como el “menos malo de los sistemas” hace que lo aceptemos pasivamente, con sus “pequeñas” deficiencias: problemas de comunicación, anacrónicas jerarquías y asimetrías, esporádicos abusos de poder, faltas de transparencia, bolsillos descontrolados y sueldos desproporcionados. Vaya, para ser el menos malo de los sistemas está lleno de mierda por todos lados, pues encima ni siquiera nos protege de interferencias de poder externas: extranjeras, económicas, religiosas, etc.
La progresiva especialización de las sociedades complejas nos ha convertido en verdaderas hormigas. Hemos perdido la capacidad de valernos por nosotros mismos, y eso incluye la capacidad de gobernarnos, de hablar, de organizarnos y resolver nuestros problemas. Así que si efectivamente vamos empezando a ser conscientes de que ni los gobiernos nos van a sacar del atolladero (de hecho son cómplices de la situación actual), ni tienen una utilidad real, quizás se pueda llegar a tener cierta confianza en el ser humano. Hasta entonces, habrá que seguir siendo tratados como niños pequeños que no pueden tomar decisiones por sí mismos.