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La vida, una larga conversación

sábado 02 de abril de 2011, 13:26h
Si nos paramos a pensar en la cantidad de inventos que han creados los seres humanos para tener una excusa para que dos o más personas se sienten y tengan una conversación, podríamos hacer una historia de las culturas y de la humanidad siguiendo los modos y situaciones en los que los seres humanos conversan.

Para mí, conversar no es simplemente comunicarse. No creo que twitter ni facebook sean contextos para conversar. Estoy pensando más bien en todas las bebidas: el te, el café, el mate, la coca-cola, el agua, los coctails, el vino, la cerveza, todo aquello que nos congrega no por ello mismo sino por la charla que la rodea.

A la par de esta historia se podría hacer la narración de la inhumanidad, de la bestialidad humana aglutinando todas aquellas prácticas que resultan de la falta de conversación, y de una forma bastante repetitiva, por falta de “una” conversación.

Últimamente me pregunto con cierta insistencia por el sentido de la vida. En la respuesta no busco sin más un sentido en sí y por sí mismo sino una guía para responder la otra pregunta, ¿qué debo hacer? Una y otra vez, me viene el recuerdo de una situación: estaba en lo alto de una montaña en Guatemala, no había encontrado a nadie en todo el día y sin embargo, paré en una explanada para observar un atardecer monumental que empezaba a enrojecer el horizonte sobre el mar en una vista enmarcada por el verde de las montañas. En esa visión embelesada, a mi izquierda, había una persona como a 600 metros. Como quien no quiere la cosa, cuando el sol desapareció en las aguas del Pacífico, esa persona y yo solo estábamos separadas por 50 metros. No dijimos ni una palabra, pero al terminar el espectáculo, con gesto tranquilo, satisfecho y relajado nos miramos con una misma interrogación: ¿lo has visto verdad?

Esta experiencia me ilustró de por vida en varias cuestiones. La verdad es solo ella si hay una participación social, porque se comparte humanamente, con sentido, dándole una importancia para alguien. Ese atardecer existió porque lo vimos dos personas.

La segunda cuestión es que la vida merece más la pena si se comparte. Una puesta de sol, un vaso de agua frío en medio de un día de verano, un montadito con queso antes de comer, una sonrisa, una lágrima, ¿tienen sentido si no se comparten?

Una de las pruebas que refrendan esta tesis mía es que todas nuestras experiencias cotidianas y extraordinarias son objeto constante de relatos y metarrelatos. Necesitamos hablar de lo que nos pasa, de lo que sentimos y de como lo vivimos. Hablar, conversarlo, analizarlo, es decir, compartirlo lingüísticamente. Conversar es la manera más eficaz de comprender, de entenderse a uno mismo, al otro, al mundo, de superar malos tragos, de vivir la alegría, de vivir en todos sus sentidos y dimensiones.

Si hoy me preguntan como quiero pasar mi días diría que en un porcentaje muy grande, me gustaría pasar las tardes conversando con mis queridos compartiendo un mate porque la vida no es más que una larga conversación con los vivos y con los muertos, como dijera Sloterdijk en su Normas para el parque humano, a través de los escritos, las películas, la música. Un diálogo que da vida y nos mantiene en vida humanamente hablando.
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