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¿Santiago Segura o Dean Martin?

Joaquín Albaicín
martes 05 de abril de 2011, 21:41h
A cuento del inenarrable éxito cosechado en taquilla por Santiago Segura con su cuarta entrega de las aventuras de Torrente, historiadores del séptimo arte, cinéfilos, periodistas y sociólogos -a fuer de una implacable legión de envidiosos- se han esforzado por encontrarle y adosarle referentes y fuentes de inspiración escarbando en el cine español del no tan lejano pretérito. Nadie hasta ahora, sin embargo, ha reparado –que yo sepa- en las múltiples afinidades y nexos, así temáticos como estéticos, que unen a Santiago Segura con Dean Martin y, por consiguiente, a José Luis Torrente con el agente secreto al que el cantante del clan Sinatra diera vida en cuatro o cinco películas: Matt Helm.

Lo sorprendente de tal laguna es que, para darse cuenta de lo que apuntamos, basta con revisar algunas de las citadas cintas, recientemente relanzadas en DVD. Tomen nota.

Torrente puede hacer de las suyas en el término municipal de Marbella y Matt Helm en el de Montecarlo, pero, con independencia del idioma hablado por los camareros que se desviven por servirles, la indumentaria dominante en torno a los dos azotes del mal es siempre el bikini. Si, al caer la noche, Santiago Segura sale a pasear en chanclas por la Gran Vía y, a la misma hora, Dean Martin fardaba de Cadillac por las calles de Las Vegas, nunca el neón –otro elemento estético en común- deja de estar ahí, alumbrando sus respectivos caminos. El estilo de Torrente en la carrerita o en el melifluo reparto de pataditas de karate o amagos de puñetazo… no vamos a decir, no, que sea deudor del de Matt Helm, pero no se negará que está indiscutiblemente emparentado con él: hay un ritmo, una mesura en la fiereza, un tacto en la administración del castigo, un respeto por la dignidad del enemigo que dicen mucho acerca de la bonhomía de ambos detectives. Otra coincidencia a señalar es la de que, ya se trate de Santiago Segura, ya de Dean Martin, las más bellas hembras se sienten impepinablemente poseídas por el impulso –imposible de domeñar- de pedirles constantemente fuego, señal de que los dos responden a un mismo perfil humano o, cuando menos, comparten signo zodiacal. ¿Más? Dean Martin bebe “Ballantine´s” mientras conduce al volante del coche, afición en la que resulta reconocible otro rasgo precursor del torrentismo.

Procede fijarse también en la atmósfera que rodea a los dos investigadores. El cubil de Torrente y el palacete de Matt Helm no son, en el fondo, tan diferentes: simplemente, Torrente capea como puede, en su oficina, los mismos inconvenientes con que habría de lidiar Matt Helm si, en su mansión, los juguetes domésticos (el mini-bar, los circuitos privados de televisión, la cama hinchable, el yakuzi…) hubieran dejado hace tiempo de funcionar debido a la interrupción del suministro eléctrico por falta de pago (es decir: si a Torrente le cuesta más sostener el tipo que a Matt Helm es, únicamente, por un problema temporal de liquidez). Añádase que tanto José Luis Torrente como Matt Helm son profundamente patriotas. Y que la belleza valenciana de Cristina Tárrega ondula las caderas en perfecta sintonía con los andares de otros prototipos de macicez -pienso, por ejemplo, en las variantes sueca (Elke Sommer), judía (Dahlia Lavi), texana (Ann Margret) o alemana (Senta Berger)- cuyo palmito admiramos en los dormitorios, vestíbulos de hotel y piscinas de las películas de Matt.

Los enemigos de uno y otro son, asimismo, de idéntico corte. Si José Luis Moreno amenaza destruir Marbella con un missil (“Torrente 2”), Karl Malden (“Matt Helm, agente muy especial”) anhela hacer desaparecer Washington del mapa con un disparo del temible heliorrayo. Y la trituradora a que el ventrílocuo condena al guardaespaldas poco diligente con el menú de su chihuahua nada tiene que envidiar en eficacia a los refinados sistemas de supresión física a disposición de Nigel Greene (“La mansión de los siete placeres”), quien, por otra parte, ya venía de las películas de Fu Manchú muy curtido en torturas chinas. ¿Y la importancia concedida a la banda sonora? La música pop de fondo, omnipresente en las películas de la década de los 60 y, por descontado, en las de Matt Helm, ataca duro también en las de Torrente desde la primera escena, con la sola diferencia –sin importancia, por supuesto- de que Santiago Segura ha decidido abstenerse de exhibir, por el momento, las melosidades vocales de Dean Martin. Y, aunque no se trate de una película de Torrente, no se negará que la discoteca de “Matt Helm, agente muy especial” y la reconstrucción de “Aguacate” (mítica barra de copeteo pijo, sita en los días de nuestra adolescencia en los bajos de la calle Orense), a cuya pista no faltan un solo fin de semana Pocholo y Borja Mari, parecen haber sido puestas en pie por el mismo decorador de interiores.

Están, en fin, los forros de leopardo de los sillones, la afición a los artefactos de combate no convencionales, la larga nómina de agentes de seguridad privada, el sano machismo practicado con total naturalidad, la ropa de colores chillones, la querencia a posar la vista en las femíneas rabadillas…

Es una pena que ya no sea posible la reunión de Dean Martin y Santiago Segura en una película crepuscular, de abrazo entre lo viejo y lo nuevo, al estilo de aquella “Dos contra el Oeste” que emparejara –sin mariconeos- al canoso William Holden con el joven Ryan O´Neal que venía pisando fuerte por la pradera. No obstante, me he atrevido –por descontado que sin la más mínima pretensión de sentar cátedra- a aportar esta breve cadena de consideraciones histórico-artísticas sobre el más prominente heredero a la vista del recordado Matt Helm, y cuyo estudio en profundidad me permito ceder a células grises más duchas en la materia que las mías.
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