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Mis memorias

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Prefiero sin duda lo fragmentario o el detalle , si quieren la anécdota, sobre lo profundo o exhaustivo; lo particular a lo general, lo vivido a lo pensado: entonces, la autobiografía y la descripción a la novela o el tratado. No es, me parece, solo cuestión de tiempo del que carezco o que la lectura seria requiera de una disposición de ánimo o entrega, que me es difícil ofrecer, es que aprecio la autenticidad y creo que la comunicación del pensamiento que el autor propone se trasmite mejor con ejemplos o casos que a través de silogismos o fábulas. Cuando pienso en esta literatura particularista, pienso en libros de retratos, o de viajes, dietarios, colecciones de reseñas o viñetas instantáneas, apuntes autobiográficos… Ya sabe el lector, Azorín, Juan Ramón, José de Arteche..

Tengo sobre la mesa dos libros estupendos de este género. El refugio de la memoria que escribe, “con el pie en el estribo”, con lucidez, coraje y serenidad admirables, Tony Judt, repasando algunos episodios y, especialmente, paisajes de su vida: sus viajes casi interminables en autobús por el Londres de su infancia, las vacaciones de verano con su familia en el hotelito suizo, la evocación de la pasión de su padre por los coches a cuyo cuidado dedicaba todas las mañanas de domingos, repasando los engranajes del mimado motor. Yo también tengo ese recuerdo de los domingos del barrio londinense de Canden Town en que vivía: las mañanas que muchos vecinos dedicaban a “pulir” el viejo Morris en la calle y las tardes cuando los irlandeses del barrio acudían trajeados vetustamente a la parroquia: me llamaba la atención verlos en misa con el rosario en la mano o esperando confesarse. En mi pueblo, y creo que también el País vasco de mi mocedad, tal iniciativa masculina resultaba impensable.

El historiador inglés dedica un capítulo a rememorar su paso por el college oxfordiano en que estudió. Ofrece cuenta tanto de los ribetes clasistas de la formación universitaria de la época, aunque Judt pertenece a una generación que accedió comparativamente al menos casi masivamente a la misma, como de las condiciones de existencia de buena parte del claustro de aquellos tipo de centro, integrados por gentes algo especiales, y que a veces el cine presenta de forma bastante gráfica, por ejemplo en la película Tierras de penumbra, en que se ambienta el enamoramiento por los años cincuenta del poeta C.S. Lewis con una encantadora admiradora americana. Judt es un profesor que , insólitamente en Inglaterra, se preocupa por la historia de Europa, sobre todo de la de Francia, país cuyos intelectuales algo distanciadamente admira y cuyo rol social, que no acaba de explicarse, creo que envidia. Es bien ilustrativo el relato de su ingreso en el Colegio de Francia, que le permite ridiculizar el mandarinato de la academia de ese país. Lo que Judt muestra es que su actividad profesional, sea la investigación en la antigua Europa del Este (especialmente Chequia) o su labor docente en Estados Unidos, es inseparable de circunstancias personales que condicionan su labor intelectual. En El refugio de la memoria Judt explica sus avatares sentimentales y refiere sus preferencias ideológicas, y porqué aunque se siente tan a gusto en Nueva York todavía añora Londres: aunque como ilustrado necesite para vivir solo libertad y ciudadanía, entiende que la existencia sin algún tipo de arraigo territorial pierde autenticidad e interés.

El otro libro es Galerías de retratos que ha publicado un profesor que admiro de siempre José Carlos Mainer en una selecta editorial de provincias a la que absurdamente los distribuidores de Madrid no prestan reconocimiento (lo digo porque me ha costado infinito encontrar el volumen) . No lo he leído en su totalidad. Caprichosamente he escogido el capítulo que Mainer dedica a Caro Baroja, en realidad a la actividad memorialista de la familia del antropólogo, comenzando por su tío, don Pío, pero que comprende necesariamente el testimonio de la propia madre de Julio Caro, doña Carmen Baroja, cuyo relato es impagable, de una parte, para conocer el marco social en que se movía la generación femenina de la Segunda República y, de otra, para entender muchos detalles del propio universo cultural vasco, en especial las costumbres de Vera de Bidasoa. El artículo de Mainer expresa de modo muy certero el relieve de los Baroja en el género memorialista español, al mostrar la tristeza que el contexto gris de la época, quizás más que la propia dureza del trascurrir de toda biografía, determinó en don Julio. Cuando presentamos el número de Cuadernos de Alzate dedicado al pensamiento político vasco en San Sebastián, Antonio Elorza nos trasmitió gráficamente que don Julio le había dicho que del tren de primera clase de su mocedad se sintió trasladado al tren de tercera del franquismo en el que le tocó pasar su existencia.
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