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Gallardón propondrá una ley para retirar de la calle a los "sintecho”

miércoles 13 de abril de 2011, 20:25h
La noticia saltó alarmando y escandalizando a los progresistas políticamente correctos de las tertulias. ¿ ¡De cuando las calles son de los Ayuntamientos!?, se preguntaban indignados. La respuesta es clara: de siempre. Y afortunadamente. Basta leer la ley de régimen local para saber que las calles son bienes de dominio público municipal. Y el dominio público no es otra cosa que una propiedad. Superprotegida, desde luego, pero propiedad. Y su titularidad corresponde precisamente a los Ayuntamientos, superado desde hace lustros el vidrioso tema de las calles privadas.

Lo que se preguntan los comentaristas políticamente correctos es con qué derecho se va a retirar a un sin techo de la calle. Y la respuesta es con todos los derechos del mundo, sean los derivados de la propiedad municipal, de la higiene municipal, en fin, de la salud pública. Hacer sus necesidades en las calles, amontonando basura, desperdicios, heces, orines, no es en modo alguno algo que tengan que soportar luego los funcionarios municipales. No se sabe por qué tienen que ensuciar unos sin techo y luego tienen que venir los empleados a soportar su limpieza.

La apropiación privada de las calles por parte de los mendigos, sin techo, es exactamente eso, una utilización privativa y singular de bienes de todos. Se vio claramente cuando unos trabajadores de SINTEL se apropiaron durante meses, ante la incuria municipal, de todo un sector de un barrio de Madrid. La simpatía ideológica mostrada públicamente por algunos sindicatos y partidos no se correspondía con el rechazo del común de los ciudadanos, asombrados por la pérdida de la ciudad ante unos cuantos sujetos.

Un sin techo, lo que tiene que tener es techo. Y el Ayuntamiento proceder a darlo. Naturalmente en las condiciones en que puedan, que no será siempre de hoteles de cinco estrellas, pero que sí será decoroso y digno. Pero la anarquía pública de tumbarse en la calle negándose a ir a un albergue municipal no se corresponde con un uso público de la ciudad. No. Se corresponde paradójicamente con una utilización privada de un bien público.

Las calles son de los Ayuntamientos. Y estos han de cuidarlas, protegerlas y lograr que sirvan para todos los viandantes, para todos los ciudadanos. Las calles no son espacios de recreo – salvo que así se acuerde públicamente, como cuando se celebra un maratón popular – ni puede apoyarse cívicamente la utilización singular para apropiarse de su espacio.

Por supuesto que perjudica esa utilización privada al comercio, a la industria. Pero sobre todo perjudica al ciudadano que a lo mejor ve que en su portal se hacen suciedades y que luego él también tiene que soportar los malos olores, la degradación de la zona, su desprestigio, en fin, su depreciación. La calle como ágora pública democrática es un precioso espacio común, para utilizarla según sus usos comunes también.

Esa propuesta, por fin, alguien la hace pública. En realidad ya en algunos Ayuntamientos, gastando mucho dinero, se viene haciendo, consiguiendo que agentes sociales convenzan al sin techo para pernoctar bajo techado municipal.

Una ley así, de recuperación del espacio público democrático vial, es compatible con los derechos fundamentales de los sin techo. La prohibición para ellos, como para los demás, es elemental. No se trata de hacer una Ley de Vagos y Maleantes. Se trata exactamente de conseguir que los que no pueden acogerse a techado no utilicen ese espacio colectivo cuya representación última es del Ayuntamiento, para un uso inapropiado con el destino administrativo de las calles.

Construir albergues, dignos, es una tarea municipal, que por cierto ya vienen haciendo los Ayuntamientos. No se les dará vino ni alcohol, pero si un lugar de acogida, un sitio digno en que lavarse, y un espacio que sirva de posada pública a los necesitados, compatibilizando así su necesidad con la de todos los demás.

Aquí la radicalidad y demagogia sobra. Claro que ante las elecciones, cualquier propuesta será exagerada en hipérbole continua para desacreditar a quien se atreva a pensar por su cuenta y a no ser, exactamente, políticamente correcto. Pero eso es bueno también y desde luego es importante que ante la coacción de la corrección política no se amilanen ni acobarden quienes tienen que pensar con responsabilidad, conocimiento y experiencia.
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