"Se vende"
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 15 de abril de 2011, 19:04h
Muy cerca de la piedra miliar del itinerario histórico-cultural de la nación española – la catedral ovetense- se encuentra una patricia mansión sobre cuyo frontispicio colgaba hasta ha poco (-el cronista no puede dar razón de su situación actual-) un anuncio con el hodierno muy extendido rótulo “Se vende”. Por debajo de dicho marbete figuraba una pequeña lápida (–confiemos en que siga incólume-) en que se hacía constar que la casa había sido, al despuntar el siglo XIX, el solar natalicio de uno de los prohombres de la política de aquella centuria: Alejandro Mon Menéndez (1801-1882).
Como se recordará, el prócer asturiano fue uno de los atlantes que sostuvo el edificio del liberalismo ochocentista, en una de cuyas dos plantas reinó con particular fulgor, al ser uno de los fundadores y primates del partido moderado, algunos de cuyos elementos esenciales modelara con refinada maestría. La primacía de la administración sobre la política, el pragmatismo, la exaltación del orden y el dinero, la deificación del justo medio como principio inspirador y clave de toda actuación pública, esto es, las señas de identidad de la formación en cuya decantación tan relevante papel jugara el principal impulsor de la decisiva reforma hacendística de 1845, le tuvieron igualmente como hacedor descollante. Su misma biografía constituyó también en ancha medida el arquetipo de la personalidad idiosincrática de su partido: respetabilidad externa, culto a las formas, acatamiento puntilloso a la norma establecida, conjugable todo ello con un comportamiento privado muy alejado de la llamada posteriormente moral burguesa. Muy admirado en sus prendas políticas por Cánovas, el nervio de su concepción política descansó en la idea de que, tras dos generaciones de idealismo consuntivo –de la guerra de la Independencia al primer conflicto dinástico-, el país necesitaba perentoriamente un paso de gigante en el camino modernizador mediante el imperio avasallador de la gestión y la economía.
Según resulta fácil de comprobar a través de la lectura más apresurada de nuestro pasado reciente, el mencionado pensamiento informaría una porción sustantiva del conservadurismo hispano, siempre menesteroso de ideas y receloso si no refractario a los valores de la cultura. Hoy, en tierras asturianas, semeja librarse un combate singularmente encarnizado en torno a la herencia más genuina de los sectores tradicionales. Un conservadurismo de cochura quizá menos tecnocrática y de mayor impronta telúrica disputa la paternidad del legado a la corriente más próxima al patrimonio “histórico”, atento sobre todo a la creación de bienes materiales y su reglada distribución y disfrute. Sumergida desde ha tiempo en el amplio y competitivo furgón de cola del desarrollo español, bien podría Asturias convertirse, una vez concluida la batalla, en la adelantada de una nueva senda del conservadurismo hispano.
En tal supuesto, el cartel de venta de la espaciosa casa en que viniera al mundo una de las personalidades sin duda más arquetípicas del moderantismo decimonónico tal vez poseyera carácter premonitorio…