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Una meditación sobre Montaigne

Juan José Solozábal
jueves 21 de abril de 2011, 20:32h
Encuentro convincente la reconsideración de Montaigne que Mark Lilla nos ofrece en uno de los últimos números de la New York Review of Books comentando una monografía sobre este autor que acaba de ver la luz. Comenzando por los aspectos formales o estilísticos, aunque Montaigne nos pretenda hacer pensar otra cosa, su libro es todo menos resultado de la improvisación o la ocurrencia, expresión inmediata de un espíritu extrovertido. Los Ensayos son, antes bien, “una obra maestra de composición, no una crónica de espontaneidad”. El género autobiográfico elegido es un modo de reclamar la atención del lector, pensando en redoblar la eficacia del mensaje, como hiciera algunos siglos antes San Agustín con sus Confesiones, aunque obviamente con un propósito totalmente diferente. Entonces Montaigne piensa en sus lectores,”no razona, insinúa”, al fin encanta e influencia. Se trata de una retórica de transparencia y autoexpresión, para promocionar su doctrinas, haciendo que los lectores ante todo se identifiquen con el autor.

El mensaje de Montaigne es plenamente moderno, entendiendo por tal su propósito de rebasar el horizonte todavía medieval, en lo filosófico y lo espiritual, de su tiempo, la época de la guerra de las religiones de Francia, trascendiendo la idea cristiana de que debemos ser otra cosa que lo que somos. Como hace Maquiavelo con la política, si se trata del hombre, no tiene sentido hacerse preguntas en el terreno normativo o en el plano de la verdadera naturaleza , en donde las respuestas son azarosas y sin garantías de acierto. Maquiavelo pensaba que si el Príncipe actuaba según su deber y no según sus posibilidades caminaba de cierto hacia su perdición. Por lo que se refiere al hombre, Montaigne encuentra de poca utilidad lo que no sea hablar de lo que cada uno conoce, describirse a sí mismo. “Quiero ser visto en mi modo de ser simple, natural y ordinario, sin forzamiento o artificio, pues soy yo lo que retrato”.No desconsideremos lo que somos por lo que debemos, pero tal vez no podemos ser. Este anhelo de trascendencia puede ser la causa de nuestra insatisfacción y el pretexto para la imposición y el dominio sobre los demás, con riesgo de incurrir en el único desastre realmente existente: la crueldad, o la violencia contra el prójimo.

Sin duda el desprecio de lo que somos, el ideal de la autoperfección, conduce a la infelicidad y al dogmatismo. Hemos de reconciliarnos con lo que somos, vivir entonces sin ideales que nos esclavicen e impidan disfrutar de lo que disponemos. Renunciemos a la trascendencia, que nos obliga a lo que no podemos ser y nos hace escapar de nuestro tiempo o circunstancia, a las limitaciones físicas y psicológicas que nos determinan. No es tan importante saber la verdad como que todas las ideas, dice Montaigne, son “verdaderas y sanas si son útiles y placenteras”.

Esta moral tan antiidealista, lleva finalmente a dos conclusiones que Mark Milla subraya agudamente. En primer lugar, la dimensión popular o democrática de sus mejores valedores, que se encuentran en el común de los ciudadanos y no necesariamente entre los filósofos o clérigos de la sociedad. Como decía Lactancio, recuerda Montaigne, el pueblo común es más sabio, porque sus integrantes son tan sabios como necesitan serlo. En segundo lugar, se trata de una ética cuyo contenido es bien diferente del que prepondera en el ambiente de su siglo francés, y que podemos identificar como moralismo liberal. Montaigne, en efecto, contrapuso a la vieja moral, antigua o cristiana, cuyas virtudes eran demasiado altas para la mayoría de los miembros de la comunidad lo que contribuía a su degradación, sumiéndoles en el vicio y la credulidad, un nuevo código que a nosotros nos parece más razonable, basado en otros valores alternativos: la sinceridad, la autenticidad, la independencia, la ironía, la apertura, el cosmopolitismo y la tolerancia.

Si nosotros, concluye Lilla, encontramos ese código tan próximo a nuestra mentalidad podemos pensar con toda lógica que Montaigne nos conoce bien. Ello es debido, seguramente, a que Montaigne ha contribuido a convertirnos en lo que somos, o al menos en lo que nos atrevemos a reconocer que queremos ser, si admitimos todavía un adarme de idealismo, de sano idealismo, en el pensamiento del maestro .

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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