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crítica

Ana María Matute: Luciérnagas

sábado 23 de abril de 2011, 13:09h
Ana María Matute: Luciérnagas. Prólogo de Esther Tusquets. Backlist. Barcelona, 2010. 312 páginas. 20,50 €
Descubrí hace ya tiempo a Ana María Matute con una obra menor, Paulina, el mundo y las estrellas. La novela trata sobre una niña que abandona la inocencia de la niñez cuando tiene que mudarse al caserón en el campo de sus abuelos, para recuperarse de una enfermedad. A pesar de ser una historia sobre niños y, en apariencia, para niños como todo el universo literario de la obra de Matute, la novela tiene un trasfondo que supura tal amargura y madurez que dejaron una gran huella en mí. Quizá cuando leí libro, a los doce años, no era consciente del alcance de las palabras e ideas que Matute filtraba a través de los ojos de Paulina. Pero algo quedó en mi interior, y las serias reflexiones de la protagonista, el mundo de los adultos visto y analizado a través de ella, me han hecho entender mejor muchas cosas que han ido llegando posteriormente, con los años.

Ya de adulta, cayó en mis manos Olvidado Rey Gudú, el título que –según la propia autora– representa su obra culmen y ahí sí entendí y vislumbré, detrás de cada letra, de cada personaje, de cada viraje de la historia, la acumulación constante, intensa y hasta asfixiante de sabiduría vital con todo lo que ello conlleva: dolor, amor, impotencia, decepción, miedo y olvido. Olvidado Rey Gudú era, como en el caso anterior, una falsa novela infantil; un caramelo alcoholizado que bajo el disfraz de cuento de hadas, con todos y cada uno de los ingredientes del mismo y haciendo gala de un colorido y magnífico despliegue de fantasía, te arrastra, paradójicamente, hasta los confines más profundos de la realidad. Aún lloro recordando pasajes concretos de esta novela generosa y mastodóntica y, conforme maduro y me enfrento a nuevas vivencias y sentimientos, entiendo mejor al Trasgo, al Príncipe Predilecto o a la Reina Ardid.

Con estos antecedentes, no podía esperar de Luciérnagas otra cosa de lo que es: de nuevo, una falsa novela infantil. Un libro que transpira realidad parda y sucia, escrito con el estilo inconfundible y maravilloso de la que, en mi humilde opinión, es una de las mejores autoras de la literatura española contemporánea. La protagonista de Luciérnagas es Soledad, una niña oscura y melancólica, inadaptada en un mundo de apariencias y gestos que le resultan incomprensibles y ajenos. Ese mundo se derrumba con la llegada de la Guerra Civil, un conflicto que, tal y como es tratado en la novela, podría ser cualquiera, atemporal e impreciso. La guerra para Ana María Matute es un paisaje, un escenario trágico en el que se ven obligados a desarrollar sus vidas Sol y su hermano Eduardo, pero no la protagonista.

La novela se publicó en su día, en 1955, bajo el título En esta tierra, en una versión severamente mutilada por la censura franquista. La edición que ahora se publica, nombrada como Luciérnagas, recupera la novela original en su totalidad, tal y como la escribió en su día la flamante ganadora del Premio Cervantes 2010, quien ha revisado personalmente el texto. A pesar del celo franquista a la hora de censurar la novela, lo cierto es que la obra no cae en la condena a ningún bando concreto de la guerra. No carga las tintas contra republicanos o nacionales. Ni siquiera los menciona directamente ni se hacen disquisiciones políticas acerca de lo sucedido. A Ana María Matute, como a Sol, no le interesa entrar en debates estériles sobre las supuestas razones que llevaron a los ciudadanos de un país a asesinar a sus vecinos. En lo que indaga la autora es en el dolor y alienación que la violencia brutal provoca en quienes la viven, directa o indirectamente. Matute se zambulle en la miseria física y espiritual de una sociedad que acaba derramando todo ese dolor acumulado durante años en un odio ciego al otro, al objeto de la envidia, al contrincante o al vecino incómodo.

Mientras Sol vive por inercia, introvertida y seria, Eduardo trata de salir adelante, de enfrentarse al vacío espiritual que le atenaza, adorando a su cuerpo, a su físico, como única forma sólida y tangible de sentirse vivo cuando todo lo demás, amigos, familia, convencionalismos, estructuras y costumbres, se muere y esfuma a marchas forzadas. Sol se ve obligada a madurar, a abandonar su caparazón de niña durante la guerra y es en medio de esta tragedia cuando conoce un amor, intenso y denso, que viene a atarla a la vida en medio de la muerte más absoluta. Porque la búsqueda desesperada de amor, en un mundo en el que es eso precisamente lo que falta, es el hilo conductor de la novela. El amor al que aspira Sol, sin mentarlo, no es necesariamente amor romántico. Con un hermano ensimismado e impasible, y una madre temerosa y débil, Soledad hace honor a su nombre y vaga por su propia existencia de puntillas sin entender bien cuál es la pasión que lleva a sus semejantes a matar, amar, comer y vivir como si cada instante fuera único.

Es en el momento en el que llega el amor, inesperado e implacable, cuando Soledad comprende qué es la vida; por qué se la ama y se le teme y por qué razón, incluso en medio del dolor más intenso, merece la pena vivirla y saborearla…

Por Regina Martínez Idarreta
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