Marguerite Duras: La siesta de M. Andesmas. Prólogo y traducción de Amelia Gamoneda. Demipage. Madrid, 2011. 119 páginas. 18 €
¿Qué espera el señor Andesmas sentado en la entrada de su recién comprada casa sobre el mar Mediterráneo? ¿Cuál es el motivo de que
M. Andesmas –sesenta y ocho años, elegante, confesadamente rico– prescinda de su habitual siesta para contemplar cómo pasa la tarde sin que pase nada más que el tiempo?
La siesta de M. Andesmas, publicada por primera vez en 1960 como
L'après-midi de monsieur Andesmas, es la última novela editada en España de la autora francesa Marguerite Duras (Saigón, 1914-París, 1996). Muchas de las obras de Duras se hallan notablemente influenciadas por el largo periodo que la escritora pasó en la Indochina francesa durante su adolescencia; entre ellas, la autobiográfica
Un dique contra el Pacífico (1950) o
El amante (1984), ésta ultima adaptada al cine y reconocida con el Premio Goncourt. Unas cuarenta novelas, aproximadamente, una docena de piezas de teatro y varios guiones cinematográficos integran la obra de una autora para quien “escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si uno escribiera”.
En
La siesta de M. Andesmas Duras propone al lector pasar la tarde con el protagonista de la novela, acompañarle en su paciente espera de Michael Arc, el contratista que ha de proyectar y presupuestar la construcción de una amplia terraza en la recién adquirida vivienda. El mirador que resultará de la obra deberá hacer las delicias de Valèrie, la adorada hija del señor Andesmas. El tiempo en la novela no transcurre a la velocidad habitual, sino a la que marcan el tedio, la soledad y la nostalgia de Andesmas. Los recuerdos brotan en su cansada y somnolienta cabeza –en la que la autora nos sumerge de lleno– mientras el sol va cayendo y generando en su retirada sombras que el protagonista divisa casi tan cercanas como su propia muerte.
La breve compañía femenina que ameniza la última parte de la tarde de Andesmas proyecta una luz cegadora sobre ciertos rincones de su memoria, en claro contraste con la sombra que ya envuelve el escenario de la novela. A medida que el sol se retira, descubrimos con el protagonista que quizá su espera guardaba escasa relación con presupuestos y terrazas. Que posiblemente sus siestas habituales no solo respondían a una prescripción médica resultado de lo avanzado de su edad. La espera y la siesta de Andesmas –que quizá fueron una misma cosa– adquieren un nuevo sentido que invita a protagonista y lector a reconsiderar las claves de la tarde compartida.
Por Lorena Valera Villalba