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Ab urbe condita

sábado 23 de abril de 2011, 17:38h
Un día como hoy, hace dos mil setecientos sesenta y cuatro años, nació la ciudad de Roma. Su fundación es uno de esos acontecimientos inolvidables de los que nadie se acuerda. Digo esto sin retintín. Con dos clásicos por delante, ¿quién va a pensar en estas cosas? Sólo los excéntricos que tienen el futbol por un pasatiempo aburridísimo distraerían sus cabezas con algo que no sean los cuatro partidos del siglo. A ellos me dirijo.

Hubo un tiempo en que no había ciudades. Las más antiguas se remontan a hace tres mil años. Mucha gente cree que las ciudades surgieron por causalidad, por mera agregación, como dicen los evolucionistas que surgió el lenguaje, pero en absoluto es así. La fundación de una ciudad constituía un hecho de gran trascendencia que se programaba con anticipación y se ejecutaba de acuerdo con ceremoniales muy precisos. Cuando Pausanias, uno de los primeros turistas de la historia, recorrió Grecia en el siglo II de nuestra era constató que en todas las ciudades se recordaba el nombre de su fundador y sus hazañas principales.

Una ciudad levantada sin respetar escrupulosamente los ritos prescritos lo más seguro es que no prosperara. El oráculo del adivino, el fuego del sacerdote y el himno del poeta eran por eso elementos rituales imprescindibles en su formación. Téngase en cuenta que nadie deja el solar de sus antepasados para compartir con otros el espacio, las leyes y los dioses sin tomar ciertas medidas profilácticas. Ahora las cosas ocurren de otra forma. No es sólo que la religión haya dejado de contar en el plano público, es que lo característico de la ciudad contemporánea es el suburbio, la barriada, la urbanización periférica. Para formar parte de una ciudad basta con sumarse a ella.

Roma nació el 23 de Abril del año 753 antes de Cristo y su fundación fue llevada a cabo respetando los antiguos ritos consignados en los libros litúrgicos de los etruscos. Mientras que en Grecia se escogía el emplazamiento de una nueva ciudad consultando a la Pitia del Oráculo de Delfos, en Etruria lo habitual era recurrir a los augures. Rómulo, fundador de Roma, eligió el lugar donde debía alzarse la ciudad tras observar atentamente el vuelo de los pájaros. Estos revolotearon en torno a la colina del Palatino indicando con sus caprichosos movimientos cuál era el sitio elegido por los dioses.

Allí se reunieron hombres procedentes de Alba, ya organizados, y otros sin hogar que acudieron atraídos por el prestigio del fundador. La tradición asegura que los albanos eran a su vez descendientes de los lavinios y estos de los troyanos. Sabemos por Virgilio cómo trasladó Eneas los dioses troyanos a Lavino después de que los aqueos arrasaran su ciudad. Según la lógica del hombre antiguo Roma era, simplemente, la nueva Troya.

En la Historia de Dionisio de Halicarnaso leemos que la ceremonia de la fundación de Roma ocurrió como sigue. En primer lugar, Rómulo ofreció un sacrificio a los dioses. Después, a fin de que los presentes se purificaran, encendió un fuego de zarza a través del cual pasaron uno tras otro. Hecho esto, cavó un agujero en el suelo y arrojó allí un puñado de tierra traída de Alba y lo mismo hicieron los demás con la que portaban de sus solares de procedencia. Esta ceremonia garantizaba la legitimidad religiosa del cambio de patria, pues se suponía que con la tierra iba el espíritu de los antepasados, sepultados en ella. El hoyo así rellenado se llamó “mundus” y tal era, en realidad, porque allí estaban reunidas todas las tierras.

Finalizado el rito, se elevó en ese mismo sitio un altar y se encendió un fuego. Sobre ese fuego sagrado se construyó posteriormente el templo de Vesta. Las vestales, sus vírgenes sacerdotisas, patricias ante las cuales hasta los cónsules debían ceder el paso, se encargaban de velar porque la llama sagrada ardiera siempre. El templo de Vesta era el hogar de la ciudad y, por tanto, su centro religioso.

Una vez señalado el centro, Rómulo trazó con un arado el recinto de la ciudad. Tiraban del arado una vaca y un toro blancos. El perímetro trazado de esta manera sería considerado en adelante un espacio sagrado que nadie podía rebasar. Remo, el hermano de Rómulo, lo hizo y pagó con la muerte. Sin embargo, y para acceder sin violencia a este recinto, Rómulo levantó la reja del arado en varios puntos, donde fueron colocadas las puertas de la ciudad. Sobre el surco dejado por el arado serían construidas después las murallas de Roma.

Roma fue concebida como una ciudad sagrada. Siglos después, todas las ciudades del Mediterráneo porfiaban por ser acogidas bajo su seno. La ciudadanía romana significaba algo sumamente importante: quedar bajo el amparo de la ley. No es extraño que durante siglos la fiesta de su fundación fuera celebrada en muchas partes de Europa. Fustel de Coulanges dice que en 1864 aún se hacía. No he podido confirmarlo, pero creo que aquella costumbre se ha perdido definitivamente. La historia tiene eso, que acaba con todo.
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