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Occidente y Libia

Sadio Garavini di Turno
martes 26 de abril de 2011, 16:02h
En la Francia del siglo XVII, el Cardenal Richelieu no tenía que preocuparse demasiado de la opinión pública, cuando fijaba y jerarquizaba los fines e intereses de Francia, pero ya el Canciller alemán Bismarck trazó una estrategia para que, a los ojos de la opinión pública nacional e internacional, la guerra que él deseaba ardientemente contra Francia en 1870 apareciera provocada por su adversario. Richelieu no dependía de la opinión pública para mantenerse en el poder. Bismarck ya tenía que tomarla en cuenta. En cambio, los gobernantes de las democracias avanzadas del Siglo XXI dependen del apoyo popular, no sólo para que, ellos o su partido, sean reelectos, sino para gobernar eficazmente.

La intervención de los países de la OTAN en Libia, con el apoyo de varios países árabes, no se entiende a cabalidad, si no se toma en cuenta la variable de la opinión pública occidental y sus valores. A raíz de la intervención norteamericana en Iraq, Gadafy había decidido recomponer sus relaciones con los EEUU y Occidente en general, suspendió su apoyo al terrorismo islámico, entregó a los culpables del atentado de Lockerbee, clausuró su programa de armamento nuclear, denunció el canal pakistaní de proliferación nuclear y ayudaba a controlar la emigración ilegal hacia Europa.

Además era un enemigo jurado de Irán y de los grupos extremistas chiítas, como Hezbollah. Las compañías occidentales petroleras producían y vendían a Occidente su petróleo y, en general, las compañías occidentales eran las favorecidas en el mercado libio. Por su parte, el caudillo invertía la mayor parte del capital libio, público y personal, en Occidente. Gadafy tuvo hasta el honor de ser invitado a una reunión del Grupo de los Ocho. Para los intereses occidentales, Gadafy se había convertido en un gobernante funcional. Al estallar la rebelión en Libia, después de 42 años de gobierno neototalitario, que le cambió el nombre y la bandera al país, que inventó una ideología, un menjurje de socialismo e islamismo, encarnada en el llamado “libro verde”, ridícula imitación del “libro rojo” de Mao, que además preparaba una sucesión dinástica, a la manera de los Kim en Corea del Norte, Gadafy dejaba de ser el bastión de la estabilidad del país, interés clave para Occidente.

La decisión de utilizar la fuerza armada para reprimir las manifestaciones y la masacre de civiles, creó las condiciones para que la opinión pública occidental, presionara para que sus gobiernos actuaran. Recordemos que, después de la guerra de Bosnia, la crisis de Kosovo y los genocidios en Rwanda y en Darfur, la ONU y la Comunidad Internacional en general han incluido el “deber de proteger” y la “intervención humanitaria” en la normativa internacional, para enfrentar violaciones masivas de Derechos Humanos. La política exterior de los países democráticos no se entiende analizándola sólo con las variables de la “realpolitik”. Los intereses del Estado siguen siendo fundamentales, pero ahora hay que tomar en cuenta también los valores de la sociedad. Para los intereses occidentales, en una época de crisis económica, de déficit fiscal y de “cansancio” por las prolongadas intervenciones militares en Iraq y Afganistán, no era prioritario intervenir en Libia.

Esto explica, en buena parte, la reticencia y la “media máquina” de la intervención militar. Pero, después de que Obama, Cameron y Sarkozy han afirmado, públicamente, que Gadafy no debe seguir en el poder, la credibilidad y la reelección de los tres “están en juego”.

sadiogta@cantv.net
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