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Boda Real en la Europa real

Marcos Marín Amezcua
jueves 28 de abril de 2011, 11:15h
A Ana Laura y César, magníficos anfitriones

Una grata cena en casa de estos espléndidos amigos puso la guinda del pastel, dando forma y realce a las ideas que forjaron el texto ahora en poder de todos ustedes, amigos lectores de El Imparcial, diario español que se lee en ambos hemisferios con la venia de todos; y es que resulta que el presente artículo encamina nuestro interés a ese acontecimiento que será la boda real a efectuarse en Londres el 29 de abril de 2011.

Tal vez –acaso como nunca antes– cobra sentido que se denomine esta columna “Desde ultramar”, pues refleja por mucho el imaginario que en ultramar despierta una boda real europea, que siempre inquieta al otro lado del Atlántico. Y si se trata de la vistosa monarquía británica, pues más.

En efecto, hablando de lo humano y lo divino en la sobremesa, contaba nuestra apreciada anfitriona que en su reciente visita a Londres un taxista le confesó que el enlace regio del 29 de abril era positivo, puesto que atraería turismo y eso representaba divisas para la Gran Bretaña. Sin duda que ello bien que refleja un pragmatismo del amo del volante, del ciudadano de a pie, que se corresponde con una idea febril muy extendida acerca de la vigencia de la monarquía británica y su más palpable utilidad: ingresos. Que el turismo mucho ayuda, sin duda. Claro, no soslayemos la tradición, la alcurnia, el glorioso pasado y lo demás que usted guste y mande.

Será que en ultramar no hay monarquías como las europeas (para el caso mexicano fusilamos a nuestros dos intentos de emperador, uno de ellos Habsburgo, ni más ni menos) y en tratándose desde América al completo, sencillamente las vemos como historias nacionales encarnadas que hoy engarzan titulares de revistas del corazón e interesantes libros que van del recuento anecdótico y dinástico al cotilleo más picosito, de la enumeración de antecesores a la explicación de usos y costumbres de variados protocolos y tal vez no nos cuadra cómo es que tan significativos actos como el que ha de verificarse en Londres, pueden generar otra clases de sentimientos, si no son una especie de alegría colectiva. Mas no es nada del otro mundo, por lo demás, que hoy se sabe que los monarcas más vale que sepan estar.

Será que no estamos habituados a ver a un rey (o a una reina, por aquello de los tiempos modernos que corren), si bien al mismo tiempo nos es propicio señalar el reconocimiento y respeto a los reyes de España, quienes han mostrado siempre una proclividad evidente a la América hispana y a rastrear las huellas hispanas de los Estados Unidos, todo lo cual infunde nuestra consideración a ellos y a otros monarcas que nos quedan y son más lejanos.

Pero es indiscutible que una boda real siempre despierta un ánimo lúdico que nos aproxima a ver las cosas con el encanto y la algarabía que puede provocarnos el boato, la exquisitez y el lucidor andar que acompañan a las sobrevivientes monarquías europeas que –a inicios del siglo XXI– se muestran más ciudadanas, más acordes con los tiempos que corren y que son el resultado de siglos de tradición y convulsiones a las que no todas se antepusieron. Hay sus más y sus menos, como en todo.

El enlace inglés podría depararnos un despliegue de lujo y de riqueza, de portento y gallardía, de lucimiento y tradición que por mucho que nos insistan en que será austero, no por ello dejará de ser encantador y despertar las más caras fantasías; se espera que lo haga. Y es que la gente común, viva en repúblicas o en monarquías, con crisis o sin ella (si tal estado existe) siempre espera un despliegue, un gesto que justifique sus impuestos y es propenso a los momentos inigualables en que una pareja real se muestra al mundo. No hay crisis que valga, por mucho que se llame a recato y a austeridad conveniente en los tiempos que corren.

La Europa monárquica anuncia una boda real con campanas al vuelo y se oyen en América. La Europa monárquica que hoy es minoría y dista mucho de ser la que hace un siglo, por poner un ejemplo, emprendía el viaje a través del siglo XX, aún genera esas simpatías. Cuando Europa contaba con 19 monarquías y solamente con dos repúblicas, asistió a lo largo del siglo XX a la desaparición de la mayoría –unas fueron derribadas por diversas revoluciones populares o por invasiones– y otras sobrevivieron como parte de una tradición que fue parte concomitante de la identidad nacional.

Pero ya no son los que fueron. Otrora lejanas por lazos e intereses, estas monarquías ahora han debido democratizarse y acercarse a los pueblos que las sostienen, siendo a un mismo tiempo un enlace de tradición e identidad y un instrumento eficaz para asegurar su supervivencia, aun casando a los herederos con plebeyos, lo que para algunos tradicionalistas les resta majestad. Pero en la Europa del euro eso cada vez se cuestiona más como sinónimo de avalar diferencias por lazos de sangre que no caben. Lo saben.

No obstante todo lo anterior y que no ha habido en la casa real británica una boda tan fastuosa como la de Carlos y Diana, de eso hace ya casi treinta años, la experiencia obligó a ser cautos con la de Guillermo y Catalina, midiendo gastos y evitando dispendios en medio de la crisis mundial, despertando en cualquier caso, un radiante interés apenas equiparable al generado en México por la boda de los Príncipes de Asturias en 2004.

Así pues, desde ultramar entendemos que la economía de un país se mueve en torno a tan regio acontecimiento. También queda claro que a través de la boda de un heredero al trono, queda asegurada la continuidad de su estirpe. Lo British seguro que aflorará y no decepcionará a nadie.
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