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¿Existen listas negras?

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 29 de abril de 2011, 16:26h
Todas las naciones cuya andadura se encuentra signada parcial o extensamente por la intransigencia abundan en historias de conspiraciones, poderes invisibles, manos ocultas y listas negras.

Por lo común, en la actualidad del dicho o la leyenda a la realidad hay un gran trecho. Pero aún así sería engañoso estimar que todo ello es pura leyenda para alimento cedizo de tertulianos prepotentes -¿no lo son todos?- y periodistas fantasiosos a la husma de sensaciones “fuertes” si no escandalosas. Las esferas de la política, los bancos y las grandes empresas son propensas a la generación de tal suerte de noticias e informaciones. Mas también el ámbito de la cultura se muestra a las veces muy ocasionado a la gestación o difusión de notas estridentes acerca de obras y autores. En España la honda fosa que cavaron en el inconsciente colectivo las divisiones y desgarros de su iniciación en la modernidad se tradujo de sólito en un maniqueísmo e intolerancia de gradación muy superior al conjunto de los países de su entorno y tradición civilizadora.

De ahí, la intolerancia característica del despliegue de nuestra cultura de los últimos siglos. Anatemas y proscripciones se sembraron ex abundantia en su desarrollo y yermaron en nos pocas ocasiones algunas de sus mejores energías, provocando la frustración de artistas y pensadores dignos del aplauso y reconocimiento generales. Biografías irradiantes de fuerza creadora y entusiasmo quedaron truncadas a manos muchas veces de persecuciones y sambenitos. Al ser un fenómeno de validez universal en el panorama hispano –e hispanoamericano, con gran frecuencia-, no es dable establecer distingos de rasgos notorios o peraltados. Tanto montan a los efectos progresistas y conservadores, “rojos” o negros, circundas y radicales. Unos y otros se confabularon a lo largo de doscientos años para añascar y a ser posible esterilizar el esfuerzo literario o científico de sus conciudadanos con militancia efectiva o supuesta en el bando opuesto al suyo.

Advenida la democracia, se creyó por algunas almas ingenuas que nos adentrábamos por un paisaje al fin distinto, si no de concordia, al menos, sí, de convivencia y liberal disputa de valores y premios. Ante su desencanto, el sueño duró apenas un instante. Boletines y suplementos hebdomadarios continuaron cerrados a cal y a canto a la reseña de los trabajos de autores vitandos y las listas negras reverdecieron de nuevo en una situación constitucional por entero contraria a la abrogación gratuita y secreta de libertades y derechos. Naturalmente, no es cosa de atribuir responsabilidades a la ligera ni de pronunciarse catonianamente en punto a condenas y veredictos apodícticos. Con todo, sin embargo, quizá cabría aventurar que, globalmente, los sectores y medios avanzados -instituciones, publicaciones, emisoras, cadenas televisivas- se muestran más proclives a las tendencias anatematizadoras, y, desde luego y sin ningún género de duda, mucho más efectivos en su plasmación que los de marchamo o cochura tradicional.

Rémora grande sin duda ésta cara al fortalecimiento del estado y sociedad democráticos, obstaculizadora en proporción muchas veces difícil de sobrevalorar respecto de un futuro estimulante e intelectual y convivencialmente halagüeño de las próximas generaciones. Entre los numerosos y graves desafíos que, por desgracia, afrontarán, el reseñado, es decir, la superación de un clima guerracivilista e inquisitorial en el mundo de la cultura, será uno de los más arduos. Al día de la fecha no se atisban indicios de cambio; antes al contrario, semejan retornar con más vigor los vientos de nuestro peor pasado.

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