Beato Juan Pablo II, papa
sábado 30 de abril de 2011, 16:01h
No es sencillo abordar a un personaje tan significativo, importante, polémico y emblemático de la segunda mitad del siglo XX. Pero en todo caso fue un hombre de su tiempo.¿Por dónde empezar? se ha dicho que una vez declarado beato, Juan Pablo II será venerado cada 22 de octubre, aniversario del inicio de su prolongado pontificado, el tercero más extenso de la historia del papado, solo detrás de los reinados de San Pedro y de otro beato, Pío IX.
La beatificación de Juan Pablo II el 1 de mayo de 2011, nos recuerda que fue un personaje peculiar que no dejó indiferente a nadie, lo cual no tendría en realidad nada de especial, si no fuera porque hasta su ceremonia de beatificación será un tanto distinta, absolutamente globalizada y arrolladoramente aceptada por una mayoría consistente de los fieles de la Iglesia Católica a la que presidió, y será muy a tono con su reinado.
Nunca he medido el valor de este sumo pontífice en razón de su carisma. Y es que a Juan Pablo II se le puede valorar en muchas otras formas y desde muy distintos aspectos o visiones. En un ánimo positivo, es un personaje que me simpatizó y le voy a decir aquí las razones: a) no se conformó con los plácidos palacios apostólicos de Roma b) su longevidad no lo apartó del mundo contemporáneo, c) fue políglota y privilegió comunicarse en las lenguas vernáculas y d) nada se le escapó que atrajera la atención del mundo.
Por algún tiempo seguí los discursos del vicario de Cristo en L’Osservatore Romano y en ellos abordó con gran sapiencia, pertinaz talante y preclaro pensamiento, los temas de nuestro tiempo: el valor de la vida, el significado de la muerte, la integridad de los valores, la clonación, los migrantes, los preservativos…y recurrió al mundo llevando su mensaje, mensaje no siempre bien recibido, muchas veces polémico (sobre todo para el primer mundo) y fue especialmente reclamante de seguir la senda marcada por la Iglesia en el mundo moderno, al que no siempre se acopla bien, con el que no siempre congenia.
Si algo me agradó siempre de Juan Pablo II y no sé si por su carácter y por ser un tauro genuino como yo, fue su inamovible opinión acerca las cosas, su inquebrantable posicionamiento sobre temas polémicos y su tenacidad para llevar su mensaje y defender su posición. En ese último punto acudió al escenario ante el que quería decir su mensaje. Buscó de frente la cara a sus oyentes más reacios, afrontando el momento y confrontándolos. No es poco en un mundo que no gusta hablar de frente, que no gusta de mirar a los ojos. Juan Pablo II lo hacía y eso a muchos no gustó y les sigue causando resquemores.
No puedo dejar de expresar algo más del personaje en comento: pidió perdón por los errores de la Iglesia que presidió. Y en efecto, otros dirigentes religiosos de sus respectivas confesiones se han callado los defectos y errores correspondientes y han preferido voltear para otro lado y si no, han obviado o negado los errores que les son evidentes y mejor sabidos. Y frente a eso lo que hubo fue valentía de un papa en los tiempos que corren. Por otra parte, fue una persona de una sola pieza: no cedió un ápice. Eso es controvertido en nuestra época, empero ¿conocemos a mucha gente que sostenga y mantenga su postura sin dobleces?
Me entusiasma la beatificación, pues estamos en presencia, quiérase que no, de un individuo ecuánime que no olvidemos que conservó su lucidez hasta el final. Pero trabajó por la Iglesia y dejó una larga obra signada con su nombre: el nuevo catecismo, cartas apostólicas, de forma específica las correspondientes a la preparación del Gran Jubileo del año 2000, el nuevo manual de exorcismos y abrió la página de internet de la Santa Sede. La puso en el siglo XXI y en el tercer milenio.
Siempre me llamó la atención su autoridad, su capacidad para esbozar sus ideas y su ímpetu invencible. Fue a donde le dejaron ir. Se plantó donde tuvo algo que decir y le fue posible. No optó por una posición cómoda, como ya lo decíamos.
Finalizo estas líneas contando a ustedes amables lectores, mi especial vinculación con el beato Juan Pablo II, que es al único que conocí y pude ver en dos ocasiones, una en México en 1990 y otra en Roma, en el año 2000.
Recuerdo que cuando el papa polaco visitó por primera vez México en 1979 en aquel viaje en que, como ninguno de los otros cuatro siguientes, movió y conmovió multitudes como nunca antes se había visto en mi país y entonces yo tenía 7 años. Ante tanta novedad y algarabía causadas expresé con curiosidad una pregunta a mi madre, con la expectación de que nos dota la infancia frente al mundo de los adultos al que no siempre alcanzamos a entender de niños. Pregunté cuánto duraba una persona siendo papa. “Hasta que se muere”, me respondió. El 2 de abril de 2005, a punto de regresarme a México tras una estancia en la Universidad de Huelva, volvíamos a Madrid ella y yo después de un estupendo pasadía en Burgos, cuando en el metro madrileño vimos la noticia de que el papa por días agonizante, había fallecido apenas unos minutos antes. Entonces le recordé la misma anécdota que ahora les cuento y rematé diciendo: “Ha sucedido. Hoy ha muerto”. Habían pasado más de 26 años desde mi pregunta. Juan Pablo II marcó la vida de toda una generación y eso no ha sido poca cosa.
Me quedo con una imagen del dilatado pontificado de Juan Pablo II: hincado meditando y apoyado firmemente en la cruz, ante la Puerta Santa de San Pedro recién abierta conduciendo a la Iglesia al tercer milenio –acto del que un apreciado amigo salesiano me confesara años antes de suceder, que el pontífice estaba seguro de llegar a él–, y que corresponde a cuando abrió el año del Gran Jubileo la nochebuena de 1999. Su Santidad estaba convencido de que llegaría a ese feliz e importante momento y lo logró, pese a todas las apuestas en contra. Así fue Juan Pablo II, tenaz y valiente.