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De Botija al Papa más amado

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 06 de mayo de 2011, 22:04h
Cuando Juan Pablo II llegó al pontificado, y comenzó a remozar y vivificar las prácticas y costumbres de lo que había sido la Iglesia de siempre, es decir, a recristianizar Occidente, a los pocos meses la izquierda laicista – que sólo es una muy pequeña secta pequeño-burguesa en el amplio vuelo del espíritu apasionadamente humano de la izquierda de imborrables raíces cristianas – comenzó a llamar, desde una clerofobia faltona, a la Iglesia que estaba bajo su gobierno “el show de Botija”, jugando con el apellido polaco del pontífice, durante bastante tiempo pronunciado de diversos modos, como corresponde a muchos nombres polacos casi impronunciables – se dice que no es suficiente una vida para aprender polaco, y que los estudios gramaticales de esta lengua deben continuar tanto en el cielo como en el infierno -.

Pero muy pronto el “show Botija” de la furia clerófoba se disolvió como un azucarillo amargo en el gran corazón de amor de Juan Pablo II, Papa con corazón de león, héroe de la fe. Nada pudo el odio contra él. Fue el vivo ejemplo de que el amor siempre vence al odio. La religión como opio del pueblo, alteradora de la conciencia y creadora de adicción, según la definición del erudito judío alemán, sigue siendo la sal de la tierra que anima al bien y a la esperanza de llegar a ser mejores. La escritura de Juan Pablo II, sin duda conformada por el farragoso y prolijo modo administrativo de redactar en la Polonia socialista, y presente en multitud de encíclicas, incendia, sin embargo, de amor y pasión por los hombres y por Dios su plúmbeo texto, y nos abrasa los corazones, y hasta lloramos de beatitud ante la contemplación de un alma pura y buena.

Bajo el papado del ya beato Juan Pablo II las grandes ideologías de los siglos XVIII y XIX ( desde Destutt de Tracy al neomodernismo, pasando por el marxismo, el neonazismo - actualizado en el apartheid -, el ultraindividualismo, etc. ) han sido conculcadas por la realidad de su propia práctica. Los más grandes e inconmovibles pensamientos del ser humano declararon su naturaleza de barro. La soberbia de los grandes pensadores políticos se diluyó, y de sus rampantes proclamas la gente se ha olvidado. Y la propia Ciencia, que parecía acabar siendo la única verdadera religión, cada día bajo su pontificado estaba más llena de misterios y de mayores incertidumbres. La ciencia comenzó a caer en el escepticismo sobre la propia ciencia. Y por primera vez se hizo humilde; o mejor, volvió a su humildad primera. Y la gente comenzó a volver sus ojos hacia aquel viejo Papa que ejercía el mayor poder moral del mundo rodeado de terribles achaques y dolores, como un magnífico titán de amor. Aquel viejo Papa, frágil y agotado, pero con corazón de león, era lo único sólido y creíble que quedaba de la devastación moderna. Y “Botija” es hoy el habitante de la Casa de Dios que más aman los católicos. Como los anticlericales ya no le pueden ridiculizar, porque los venció con su amor y a ellos los desacreditó la realidad, han intentado afear el ejercicio de su papado con insidias y tenebregosas asechanzas. Pero pinchan en hueso. Juan Pablo II es un santo formidable que transciende todo color político y mundivisión ideológica.

La derecha dice quererlo porque como Papa representaba una Institución ( la Iglesia ), que supone una tradición de veinte siglos, y la derecha supone que toda tradición es una buena áncora para el mantenimiento del statu quo, cuando esa tradición entraña la mayor revolución, la revolución conocida más peligrosa: la completa transformación del hombre desde dentro ( metánoia ), un nuevo “modus vivendi”, que diría San Pablo. Y la izquierda lo mira con rencor, como todo buen Hijo Pródigo “de manual”, que a la vez ama y odia al Padre. Seamos claros: Todos los grandes ideales de la izquierda que conquistaron el mundo nacieron del tronco del cristianismo; los más nobles del mismo pecho de Cristo. A diferencia de la derecha, toda izquierda es occidental sensu stricto, al tener orígenes cristianos y vocación católica. Pero desgraciadamente la izquierda muchas veces no regresa, como el Hijo Pródigo escarmentado, a la casa del Padre, sino que como un Edipo consciente lo quiere matar.

La obra de Juan Pablo II ( sus encíclicas ), a pesar de lo que pueda decir cierta frivolidad izquierdista prejuiciosa, ataca fundamentalmente la codicia, el triste egoísmo y la mezquindad del corazón. Es por ello que ante el fariseísmo de la derecha y la ceguera de la izquierda, el Beato Juan Pablo II, como el Dulce Maestro que le dio las llaves del Cielo, tampoco tiene una piedra en donde reclinar la cabeza. “Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón” ( Hechos de los Apóstoles, 2, 44-45 ). De aquella “izquierda divina” no queda rastro en la izquierda política; sólo se mantiene en seguidores de santos como el grande y maravillosamente bueno Juan Pablo II.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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