DELITOS MALDITOS
viernes 28 de marzo de 2008, 21:55h
El asesinato de la pequeña Mari Luz en Huelva ha conmocionado a España entera. Cualquier muerte violenta lleva implícita una carga de emotividad considerable. Pero si además, la víctima es una niña y hay por medio connotaciones escabrosas, la sensación es extremadamente horrible. Resulta muy complicado encontrar las palabras que definan lo terrible de semejantes actos. Las reacciones de ira -al presunto asesino lo intentaron linchar, recibiéndolo a pedradas y organizándose después una auténtica batalla campal- son comprensibles ante hechos que tocan la fibra sensible de la gente.
El problema añadido de este tipo de acciones viene cuando salen a la luz detalles de los presuntos culpables. Si son menores -recordemos el tremendo caso de la muerte de Sandra Palo-, la Ley del Menor es poco menos que una patente de corso. Nadie se responsabiliza de que menores delincuentes campen a sus anchas por donde les plazca. Y si se trata de ex convictos con antecedentes penales, o presos que delinquen durante sus permisos penitenciarios, se hace muy difícil encontrar una explicación. Es evidente que uno de los pilares del Estado de Derecho es la seguridad jurídica con mayúsculas. Ello implica que, quien comete un delito, ha de pagar por ello, sin perjuicio de su derecho a reinsertarse en la sociedad. Corresponde al Estado brindar tal seguridad a los ciudadanos. Y cuando falla, ha de asumir las consecuencias, y no esconder la cabeza bajo tierra.
Ocurre que, en más ocasiones de lo debido, algunos sujetos aprovechan la más mínima ocasión para seguir cometiendo fechorías. Antonio Anglés, tristemente célebre por el caso de las niñas de Alcásser, el asesino de Olga Sangrador, o aquel que matase a dos jóvenes policías en Barcelona; todos ellos tienen algo en común, y es que llevaron a cabo sus crímenes durante el transcurso de algún permiso penitenciario. También los hay -como en este caso- que se hallaban en busca y captura, y en ese ínterin proseguían su carrera delictiva. Es hora ya de que asumamos sin complejos que determinados individuos son irrecuperables para la sociedad. En una mínima proporción, afortunadamente, pero ahí está. Es una utopía pensar que todo ser humano es reinsertable. Y no es cuestión de pregonar actitudes revanchistas, pero sí de poner nuevamente sobre la mesa el debate del endurecimiento de penas para ciertos delitos. No estamos ante alguien que ha cometido un error en un momento puntual de su vida, sino ante tipos realmente peligrosos que, una vez en la calle, seguirán haciendo daño. Es preciso que la ley nos proteja de semejantes criminales, retirándolos de la circulación el mayor tiempo posible. ¡Basta ya de complejos, basta ya de tanta lenidad!
JUEGO DE INTERESES EN EL ESTRECHO
La zona de Tan Tan en el sur de Marruecos albergará una base militar estadounidense en los próximos meses. No muy lejos, Ceuta. De momento, no ha habido reacciones significativas del Gobierno en funciones, aunque, a decir verdad, “ni están ni se las espera”. La política exterior ha brillado por su ausencia los cuatro últimos años, y quien quiera atisbar alguna línea maestra en este campo, lo tendrá difícil. Más sencillo resulta, en cambio, analizar las relaciones bilaterales entre España y Estados Unidos. Si tomamos como punto de partida la reacción del entonces candidato Zapatero, permaneciendo sentado al paso de la bandera estadounidense durante un desfile en Madrid, se entiende mejor la predisposición del líder socialista a la hora de establecer alianzas. A ello ha seguido una larga cadena de desencuentros, cuyo resultado ha sido la total falta de comunicación entre los presidentes de ambas naciones.
Estados Unidos, en cambio, da la importancia que merece a su política exterior. Marruecos es la puerta de entrada a Europa. Su importancia geoestratégica es patente. Además, se trata de un país musulmán con ciertos visos de tolerancia -más aparentes que reales- que le hace parecer algo más asequible que muchos de sus vecinos. Hay una especie de democracia, y su rey, Mohamed VI, no flirtea abiertamente con el islamismo radical. Para Washington, es un aliado interesante. Y dadas las sempiternas reivindicaciones que los marroquíes han planteado a España -Ceuta, Melilla, Canarias...-, el que ahora sus relaciones con los americanos sean tan fluidas puede envalentonarles. No es para menos. Y es un hecho que Marruecos tiene un profundo resquemor hacia España. Semejante al de un gran sector de la izquierda con Estados Unidos. Con visos a un futuro sin incertidumbres, sería conveniente hacer un ejercicio de reflexión política y valorar qué es lo más conveniente para nuestros intereses. Es vital.
CUANDO LO ZAFIO SE VISTE DE ARTE
El artículo 20 de la Constitución Española consagra la libertad de expresión en sus diversas formas. Apelando a dicho artículo, se han cometido todo tipo de tropelías, verdaderos atentados contra el buen gusto. Obras de teatro, películas, canciones y toda suerte de creaciones artísticas pueden resultar hirientes, escabrosas o excesivamente fuertes. Nada que objetar, en tanto no ofendan grave y gratuitamente. Ocurre que, de nuevo, ha vuelto a pasar. En esta ocasión, una película española, Clandestino, presenta a un agente gay que mantiene relaciones con un activista de la “kale borroka”.
No es aventurado vaticinar el número de espectadores que asistirán a la proyección de semejante película. Será interesante cotejar dicho número a finales de año, y compararlo con el de esas denostadas películas made in Hollywood, huecas y superficiales, pero que son las que la gente acaba por ir a ver. El público es soberano, y como tal decide. Independientemente de las fobias y filias de cada uno, es evidente que, cuando algo es bueno, triunfa. Poco importa su procedencia, motivación política o demás condicionantes. En España hay excelentes creadores y mejores actores. También fuera. Es un hecho que, hoy en día, el marketing está más presente de lo deseable en muchos sectores, y el cine es uno de ellos. En los presupuestos de algunas películas, la partida destinada a promocionarla es mareante. Pero también están aquellas obras de arte, cuya transmisión no precisa más que del “boca a boca”. Hay quien no entiende que provocar por provocar no es arte, sino zafiedad, que casi siempre esconde una palmaria falta de talento. Quien acude al cine, ha de hacerlo atraído por un argumento interesante. Quizá aquellos que se preguntan por qué la industria del cine hace aguas en España, deberían considerar la oferta existente. Hay temas que no interesan, por muy barato -o gratuito- que sea recurrir a ellos. Interesa la calidad. Y no siempre abunda.