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Tecnología totalitaria

José María Herrera
sábado 14 de mayo de 2011, 18:13h
Escribo el artículo de hoy soliviantado con un producto que acabo de ver anunciado en televisión: una especie de audífono que permite escuchar sin dificultad cualquier conversación a treinta metros a la redonda. El artilugio, al igual que los fantasmas, traspasa las paredes. Si el vecino se lo enchufa a la oreja, ya podemos susurrar todo lo bajo que queramos que no habrá secreto fuera de su alcance. La empresa productora recomienda la mercancía a los padres con niños y a los vigilantes. Se ve que su clientela potencial son personas que oyen bien y quieren oír lo traspuesto.

Cualquier persona que desee experimentar las emociones del espionaje lo tiene hoy muy fácil. Basta con gastarse unos euros y escoger una víctima. La oferta es variadísima. Amén del chismófono, artefacto que obligará a las empresas a producir en el futuro campanas de silencio como las que usaba el superagente 86, hallará cámaras fotográficas cuyos objetivos permiten traspasar visillos y leer periódicos a muchos metros de distancia, escáneres de mano que desnudan a la gente, sofisticados sistemas de seguimiento que tornan cualquier escondite en un diáfano escenario y un largo etcétera de instrumentos contra la privacidad y el secreto que acabarán obligándonos a obrar como aquel sabio tan virtuoso del que dijo Séneca que no hubiera puesto ningún reparo a vivir a la vista de todos porque hacía en público lo mismo que en privado.

Aunque a nadie le haga gracia la existencia de este tipo de artefactos, transigimos con ellos porque es precisamente mamá Estado quien más los utiliza. Lo único que se nos exige a cambio de sus incontestables ventajas son pequeños sacrificios, como cuando en el estado de naturaleza los hombres tuvieron que ceder el poder de destruir a alguien para que velara por el resto.

Tan razonable nos parece que los poderes públicos aprovechen los beneficios de la técnica en aras del bien común que, emulándolos, nos apresuramos a integrarlos en nuestra vida cotidiana. Un ejemplo son los dispositivos para móviles que, como los escáneres de los aeropuertos, permiten comprobar mientras uno pasea por el parque si esa chica tan mona oculta o no en la liga una granada de mano.

La única alternativa para los amantes de la privacidad en un mundo donde todo queda registrado es encerrarse en casa, correr las cortinas y guardar silencio. Por supuesto, ni hablar de poner en funcionamiento el ordenador. Lejos de lo que imaginan algunos ingenuos, no hay cosa menos parecida a echarse al monte que navegar por internet. La red no es un océano, sino una tela de araña, y cada paso que damos en ella nos expone más al ciego poder que la controla. Si el lector lo duda recuerde simplemente que días atrás una compañía australiana anunció la invención de un programa que activa nuestra web cam a voluntad. El programa ha sido ideado con el propósito de pillar infraganti al usuario que, confiando en la inviolabilidad de su casa, infrinja la ley de propiedad intelectual e intente piratear contenidos protegidos, pero todos sabemos que luego no será así. Claro que no es fácil que la gente se pregunte por qué los derechos de autor deberían preservarse más que los derechos del ciudadano si tiene dificultades para entender que pueda procesarse a un buen juez cuando, en la investigación de los delitos cometidos por personas muy malas, sobrepasa sus atribuciones.

Merced a la tecnología, los Estados, en el estricto cumplimiento de sus funciones, no dejan de acrecentar su poder y de extenderlo en direcciones que antaño pertenecían al ámbito de la libertad personal. Cada gesto realizado es registrado en algún sitio. El proceso ha llegado a un punto inquietante, pero la mayoría de la gente cree que esta inquietud es paranoica. Una superestructura informativa bobalicona nos hace vivir en la ficción de que existen leyes que nos protegen y límites que nadie puede traspasar. Pocos advierten que cuantos más derechos acumula el ciudadano, más poder necesita el Estado para velar por ellos y, por lo tanto, menos libertad le queda a la persona singular para llevar la iniciativa. Egregios pensadores políticos llevan tiempo denunciando que las democracias parlamentarias están virando hacia un control totalitario provocado, en gran medida, por su capacidad tecnológica. Que tal control se ejerza sólo en beneficio del ciudadano (¿puede ser en realidad beneficioso un control de esa índole?) es más que dudoso y presuponer que el sistema, en su condición actual, con sus partidos, sus jueces progresistas y conservadores, su libertad de expresión, permite dormir tranquilo resulta de una simpleza palomina. Quizá no sea todavía un hecho, pero no hay duda de que cada hora que pasa estamos más cerca del que, según Giorgio Agamben, es el modelo oculto del espacio político contemporáneo, el campo de concentración, un lugar donde la vida privada y la vida pública se vuelven indiscernibles.
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