Actualidad de Mitterrand
José Manuel Cuenca Toribio
sábado 14 de mayo de 2011, 18:39h
Confidencia o aclaración obligadas: cerca de la mitad de un relativamente extenso libro del articulista –La Francia actual: Política y políticos- se consagra a la reseña de las más conocidas biografías del cuarto presidente de la V República así como a varios pequeños escritos sobre el fascinante personaje. Durante más de un quindecenio el cronista escoltó y escrutó con el mayor rigor que le era posible los pasos de una andadura llena de recovecos, atajos, misterios y enigmas de toda suerte. Pocas personas, en verdad, más dotadas que F. Miterrand para el ejercicio de la política en su versión clásica o eterna: excitar voluntades, seducir espíritus, enmascarar la dura realidad con el lenguaje de los sueños. Si a ello se añade que el petainista transformado en radical y mutado, finalmente, en socialista poseía una cultura fastuosa en punto al conocimiento de la historia y literatura de su país –no así de las extranjeras, en que era casi ignaro-, se entenderá fácilmente la imantación que ejerciera en alguien educado por sus beneméritos maestros escolares y catedráticos de un acendrado Instituto sevillano en el culto a Francia y su envidiable patrimonio cultural.
No obstante la admiración semi-rendida profesada al autor de La abeja y el arquitecto, la lección de los hechos condujo al articulista, tiempo adelante, a un cambio de enfoque en su visión de la dionisíaca figura que aquí nos ocupa. Su segundo septenado fue, ciertamente, decepcionante desde el ángulo de la moral más simple y la ética más elemental. Casi nada dejó de ser deturpado en su segunda estancia en el palacio de El Elíseo. El personalismo más extremo guió su conducta en tal periodo, durante el que muy pocas vertientes de la acción del Estado, no obstante la cohabitación a lo largo de un lustro con los conservadores dirigidos por el muy discreto Edouard Balladur, dejaron de ser instrumentalizadas al servicio del interés particular de un gobernante situado para entonces no solamente por encima de su partido, sino más allá del bien y del mal, según anotara –Verbatim (París, 1993 y 1997)- la pluma entre obsecuente y cáustica de J. Attali, mente enciclopédica y escritura ática. El final del principado mitterrandiano, empedrado de escándalos y desengaños, concitó una crítica universal, sólo atenuada por la hipnosis que aún provocaba en muchos observadores, obnubilados con su virtuosismo dialéctico e inagotable registro oratorio. Algunos periodistas cercanos mucho tiempo al poder informarían entonces que nunca se había consumido en el Hexágono tal cantidad de somníferos como en las postrimerías de la segunda y última etapa presidencial de Miterrand… Tras su muerte, un silencio más piadoso que censorio se apoderó del hombre que refundiera en 1971 al socialismo de su país.
Hodierno, todos los órganos mediáticos de la nación vecina informan de la vuelta nimbada de simpatía y reconocimiento del incalificable personaje al núcleo duro de la política y la opinión pública galas. Cara a las ya inminentes elecciones presidenciales, sectores muy amplios de la comunidad francesa –a la cabeza, naturalmente, los de militancia socialista- añoran y repristinan los mejores rasgos de su biografía y actuación gobernante. En la cósmica orfandad de héroes y protagonistas de primer rango en las cumbres del poder, las masas –no sólo las de la nación referenciada- semejan una vez más buscar anhelosamente estadistas míticos y de alto gálibo, con actitud muy frustrante porque, al fin y la postre, entraña una dimisión o anemia de la democracia en su sentido más genuino y exaltante. Ante espectáculo tan desesperanzador, habrá de confiar en la exactitud del apotegma homérico “Los molinos de los dioses laboran muy despacio” respecto al juicio de la Historia en punto a reyes, estadistas y grandes de este mundo…