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Entre el síndrome Strauss Khan (DSK) y el efecto Democracia Real Ya (DRY)

martes 17 de mayo de 2011, 21:51h
Estamos en tiempo de campaña electoral en medio de una crisis global descomunal, que hace que cualquier información, proveniente de los múltiples rotos de nuestro sistema global, ponga los pelos de punta a cualquier ciudadano mínimamente sensibilizado (y no solo al Presidente de nuestro Tribunal Constitucional, ni por las razones por él aludidas). Y, con la que está cayendo, sobre todo en el terreno sociolaboral y económico, ¿ qué ciudadano no está hoy sensibilizado, de una u otra forma o con mayor o menor intensidad ? Nuestro sistema socioeconómico arrastra una crisis ya crónica de “racionalidad”, como nos advirtió Habermas hace años, pero ahora estamos en una crisis aguda de “credibilidad” de nuestro sistema institucional, que no es, si no la antesala de una seria crisis de “legitimidad”. Los síntomas son múltiples: el malestar democrático que aparecen nuestros estudios demoscópicos, la desafección política, la fatiga de nuestras instituciones representativas, pero, sobre todo, el descrédito de nuestros partidos y su clase política. Las respuestas ciudadanas también son variadas y hasta contradictorias: el alejamiento de las urnas de una parte importante del electorado, las reacciones violentas de los grupos antisistema y anarquizantes o los neopopulismos de extrema derecha que emergen con fuerza por doquier, entre otras.

La explosión del escándalo DSK, con su reveladora trayectoria, es todo un síntoma del comportamiento y la catadura moral de una clase dirigente, que se siente impune y libre para hacer lo que le viene en gana, y en su propio beneficio (o, en el mejor de los casos, de “su” partido), sin aparente coste alguno. Este socialista de caviar, con una trayectoria profesional indiscutible y catapultado a la grandeur por su relevancia internacional al frente del FMI, era el mirlo blanco del archifracasado socialismo francés en sus aspiraciones de disputarle la presidencia de la República a Nicolás Sarkozy o Marine Le Pen, a cual más populista y de derecha. No es el primer escándalo, ni será el último, de los que castigan a una clase política, cada vez más erosionada en su credibilidad. Tres de cada cuatro ciudadanos de nuestras democracias señalan la corrupción y el abuso de poder como uno de nuestros grandes dramas políticos y en todas ellas los partidos son señalados como las instituciones más corruptas y menos transparentes, en una suerte de cronificación de esta enfermedad. En nuestro país, los políticos se han convertido en el tercer problema ciudadano después del empleo y la crisis económica y los partidos son las instituciones peor valoradas. Si en época de vacas gordas y de reparto clientelar, estos fenómenos no son más que síntomas de nuestra abundancia, se revelan como escándalo y causa de desafección y protesta, cuando las cosas vienen mal dadas y, no solo no hay resultados que repartir, si no mucho que recortar, sobre todo, a los que menos tienen y más esperaban.

No es de extrañar, ni podemos lamentarnos sin rubor, de que la desesperación explote en la calle o en la red. El movimiento Democracia Real Ya ha irrumpido con fuerza en medio de una campaña electoral, bastante irresponsable y sin respuestas para una parte importante de la opinión pública. ¿Es responsable gastar en esta campaña más de 30 millones de euros como si nadásemos en la abundancia y cuando se aplican recortes inmisericordes por doquier ? y lo peor, ¿es responsable dedicar más tiempo a descalificar, de forma radical, a los rivales que a dar respuesta a las demandas de los ciudadanos ? Nuestra clase política, en su gran parte, no puede seguir viviendo de la política como su único oficio, ensoberbecida por el poder y emparapetada en una instituciones y en unos procedimientos, convertidos, cada vez más, en puro ritual representativo o competitivo, sin que ello afecte a la legitimidad de nuestras democracias representativas. Esta deslegitimación radical es la que late y amenaza con ampliarse en la mecha encendida del movimiento DRY. Pero, por muy lejos que puedan aparentar estar éste del caso DSK , entre New York, Paris y Madrid no hay distancia alguna cuando lo global y lo local se glocalizan en la red con claras consecuencias en nuestro entorno más inmediato. Nuestra clase política no debe hacer caso omiso a tantos síntomas de fatiga, aprestándose a tomarse en serio la necesaria regeneración democrática de nuestras instituciones, empezando por los partidos y sus dirigentes
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