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Tríptico político. Cosmopolitismo

José María Herrera
domingo 22 de mayo de 2011, 20:07h
Una antigua teoría asociaba el origen de la religión con el culto a los muertos. Este apareció en la época en que el hombre se hizo sedentario y usó de enterramientos. La cercanía inquietante de los cadáveres animó a nuestros antepasados a tomar precauciones para impedir que se convirtieran en potencias maléficas. Aunque los ritos encaminados a alejar el alma de los difuntos, paso previo a su deificación, se realizaban en el círculo familiar, evolucionaron de manera que cuando era fundada una ciudad las familias participantes acostumbraban a trasladar las reliquias de sus ascendientes a un lugar común confiado al cuidado de un dios. Cada ciudad tenía el suyo y lo reverenciaba en secreto, impidiendo al extranjero el acceso a su culto. La patria, que al principio fue nada más que el solar de los antepasados, amplió así su radio. Hubo que esperar sin embargo a Homero para que el orden de los dioses rebasara todo esto. Los poetas trasladaron las almas de los muertos al inaccesible Hades y divinizaron las fuerzas naturales, la guerra o el amor, cuyas personificaciones constituyen el panteón olímpico.

El proceso cesó aquí. Los griegos, pese a tener una lengua común y compartir los mismos dioses, nunca imaginaron la posibilidad de convertirse en nación. Convencidos de la primacía del todo sobre las partes (¿cómo va a ser primero el órgano y luego el organismo si es éste quien define su actividad?, ¿cómo van a ser primero las palabras y luego el lenguaje, si aquéllas adquieren sentido justamente porque forman parte de éste?), veían la polis como un todo fuera del cual no cabe hablar de comunidad.

Tampoco la filosofía llegó a romper nunca esta creencia. El cuestionamiento del mito, sostenido en la opinión pública, y la vindicación del derecho del pensamiento filosófico, en cuanto saber que la trasciende, a guiar los destinos de la polis, provocaron tensiones y condenas, pero nada más. Ni el esfuerzo de Platón por discernir las condiciones ideales de la polis en general, ni la idea aristotélica de que la ley debe dejar atrás las costumbres y acercarse en la medida de lo posible al bien –idea que insinuaba la eventualidad de que las diferencias políticas llegaran un día a borrarse- condujeron al pensamiento de una unidad superior.

Verdad que, mientras que los defensores de la filosofía consideraban que ésta contribuía con su actitud indagadora a la excelencia cívica; los detractores denunciaron siempre su carácter subversivo. Veían en el propósito de ir más allá de la tradición y abarcar en un discurso la esencia de la sociabilidad un ataque directo a la esencia de la polis. La sociedad política es de suyo excluyente. Si estuviera abierta a la fraternidad universal se diluiría pronto en la nada. La propia filosofía quedó atrapada en esta dicotomía hasta el punto de que sólo pudo salir de ella cuando los acontecimientos evidenciaron, en la época alejandrina, lo absurdo de seguir tomando a la polis como el único marco dentro del cual puede el hombre desarrollar plenamente su existencia.

Perdida entonces la libertad y cortado el cordón umbilical con la patria, la única senda que les quedó a quienes aspiraban a una vida plena fue el retiro contemplativo, la vida teorética, cuyo objeto es el cosmos. Los griegos llamaron así al perfecto ensamblaje de las cosas, aunque durante la época helenística empezó a verse como un ente: la cosa que incluye a las demás, el universo, sujeto a una única ley. Para llegar a este pensamiento fue preciso sustituir el politeísmo, característico de la diversidad política griega, por el monoteísmo, una operación en absoluto difícil porque los filósofos detestaban las narraciones de los poetas sobre los dioses. Nada podía parecerles más alejado de la divinidad que el parloteo sobre los olímpicos. Un solo Dios, garante de la unidad cósmica, ajeno al hombre y sus vicisitudes, les parecía mejor que el barullo mitológico. Paralelamente, la imagen del hombre como ser que habla fue sustituida por la concepción del hombre como animal racional. El cambio revelaba que lo decisivo no era ya la lengua, la tradición, sino el poder de servirse de ella, la racionalidad. Naturalmente, de ahí al cosmopolitismo, una doctrina que concibe la plenitud humana como la concordancia de la razón individual con la razón divina rectora del cosmos, había un solo paso.

El ideal cosmopolita fue fruto del espíritu político griego, pero también, paradójicamente, de su negación. Proclamarse ciudadano del mundo es, en el fondo, reconocer que no se puede ser ciudadano de ninguna parte. Ya veremos la semana que viene de qué forma neutralizó este ideal el avance de la civilización romana y cómo, en un contexto diferente, fue rescatado por el mesianismo cristiano.
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