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Tríptico político. Civilización y mesianismo

José María Herrera
viernes 27 de mayo de 2011, 13:40h
Vimos la semana pasada que la imposibilidad de la vida política, tal como la conocieron los griegos de la época clásica, inspiró en los pensadores helenísticos el ideal cosmopolita. La influencia histórica de este ideal fue mínima, pero consoló a aquellos que no se acostumbraron a ser súbditos en vez de ciudadanos. Sería el Imperio Romano, con la creación de un tipo de ciudadanía nuevo, desligado de la patria y de la religión, quien halló la fórmula que permitió conciliar ambas cosas.

Roma empezó siendo una ciudad y acabó siendo un imperio. El precio que pagaron los romanos por ello fue la pérdida de la libertad política. Los intereses del Imperio impusieron la renuncia al sistema republicano y la instauración de un poder situado por encima del resto. Los emperadores, en el ejercicio de ese poder, eliminaron la distinción entre ciudadanos romanos, aquellos que estaban bajo la protección de la ley, y súbditos de Roma, los que estaban bajo su autoridad militar. La ciudadanía perdió contenido al tiempo que se extendía a los pueblos conquistados. El paso de la violencia al derecho es lo que llamamos “civilización”. Gracias a ella los habitantes del Imperio se sintieron miembros de una patria concebida en sentido jurídico, no político. Pero: ¿y los hombres que quedaban fuera del derecho, bien porque el legislador no los tomara en cuenta, los esclavos, bien porque pertenecían a pueblos situados allende sus fronteras, los bárbaros?

La integración de todos los hombres en una unidad fue el sueño del cristianismo, una religión surgida en el horizonte de la devoción judía. La experiencia fundamental de ésta es el sentimiento de exclusión del orden divino a causa de una infracción previa. El Génesis, primer libro de la Biblia, relata la historia de cómo el hombre quiso ser como Dios y los efectos que esto tuvo. Aplastado por la necesidad de sostener el peso de un mundo que no puede sostener por sí mismo, el hombre existe desde entonces en la historia, un laberinto del que no cabe salir sin ayuda y que representa, para el que lo transita en vano, la más pesada carga. Sólo el pueblo elegido, unido en el respeto de la ley de Dios y la esperanza del Mesías, sobrelleva el exilio sin desesperarse.

Aquí es donde aparece Cristo, quien al proclamar que la plenitud de la ley es el amor, llevó ésta a su cumplimiento y mostró la vía que permite a la conciencia pecadora trascenderse a sí misma y borrar el sentimiento de culpa. Con ello no sólo dejó a la vieja ley sin significado, sino que privó al pueblo judío de su seña de identidad, pues los elegidos resultaban ser ahora todos los hombres.

La enseñanza de Jesús separaba tajantemente el orden político del orden religioso. La fe revoca las condiciones terrenales de la existencia, aquellas en las que tiene vigencia la ley, tanto de la sinagoga como del Imperio. “Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Aunque esto no significaba que la religión suspendiera los deberes cívicos, los colocaba por debajo de las obligaciones hacia Dios, entre las cuales se incluye la consideración de todo hombre como hermano.

La fraternidad universal que predicaban los apóstoles constituye la esencia de la Iglesia Católica. Católico significa universal. Ekklesia es el nombre de la comunidad formada por todos aquellos que han tomado conciencia de la urgencia de trascender el mundo en el que vivimos. Dicho trascender no implica un cambio revolucionario, sino una indiferencia de fondo hacia las circunstancias concretas en las que acontece la vida. La Iglesia no forma tanto una sociedad histórica como una comunidad espiritual. Se trata de un tipo de ciudadanía nuevo, religioso en vez de jurídico o político, para el que el tiempo de la conciencia, de la enunciación y el pecado, debe ser trascendido a fin de que haya salvación.

El equivalente religioso del concepto romano de civilización es evangelización. Esta no necesita sin embargo de la ley; le basta con la palabra. Por eso la Iglesia pudo sobrevivir a la caída del Imperio y convertirse en la nueva Roma. Los problemas surgieron cuando quiso crear un orden político basado en la religión y el teocentrismo, desvirtuando el mensaje de Cristo, o sea, confundiendo lo que es de Dios con lo que es del Cesar, dio paso a la teocracia.
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