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El proceso de paz trabaja a favor de Israel

Víctor Morales Lezcano
domingo 29 de mayo de 2011, 19:46h
Hagamos memoria. Memoria histórica del proceso que viene combinando guerra y negociación en el contencioso israelí-palestino; que lo es, además, árabe (iraní)-israelí. Se han cumplido recientemente sesenta y tres años de la fundación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948. Es decir, la “consolidación” del ideal sionista (un Estado con base territorial para el pueblo de la diáspora por excelencia) y de la “derrota” militar de la causa palestina, o “Nakba”, fecha de luto para el Mundo Árabe.

Este aniversario viene siendo conflictivo, en particular durante los tres últimos años. Años que han hecho coincidir a Benjamin Netanyahu, primer ministro de la coalición conservadora que gobierna en Israel, con Barack Obama, presidente demócrata de los Estados Unidos. El azar ha hecho coincidir a un gobernante recio, heredero licudí de la tradición nacional sionista, con el presidente de una potencia mundial que pretende aplicar la solución onusina de dos Estados en Israel-Palestina (resolución 194 de la ONU, aprobada en 1948). Dos políticos de carácter que distan de ser almas gemelas.

No hay que poseer dotes especiales para captar la táctica dilatoria que Israel viene practicando en el contencioso a lo largo de los sesenta y tres años de guerra y tregua que se han ido solapando en el Conflicto, por excelencia, de Oriente Próximo.

El último encuentro entre Netanyahu y Obama data del día 20 de mayo. Está, pues, muy fresco. Como no era demasiado difícil de prever, el ministro israelí -tan “duro de pelar” como de costumbre- no ha dado su aquiescencia a las propuestas americanas sobre el reconocimiento de fronteras anteriores a la guerra relámpago de 1967; ni tampoco ha accedido a ofrecer concesiones en el espinoso capítulo del regreso, de derecho, de la población palestina huida (a Siria y Jordania; a Líbano y Egipto) a partir de 1948; mucho menos ha hecho concesión alguna en el asunto de Jerusalén -la “capital” de Israel, según criterio de no pocos judíos de inclinación ultra-, aunque se trate, en puridad, de una ciudad tres veces santificada en el corazón de cristianos, judíos y musulmanes.

El reciente matrimonio político, no sin desavenencias palmarias, entre “Fatah” (Liberación) y “Hamás” (Vigilancia) no ha hecho sino alimentar el rechazo a priori de Tel Aviv a la operación diplomática tendente al reconocimiento del Estado palestino en la Asamblea General de la ONU que se celebrará el próximo mes de septiembre. Nos parece que por ahora el paso del tiempo no hará sino trabajar a favor del nacionalismo israelí. Es, ésta, una línea de convicción que fortalece el posicionamiento diplomático de la coalición licudí que actualmente detenta el poder en Israel. En la percepción israelí, los levantamientos populares que han triunfado en Túnez y Egipto al grito de ¡Fuera el Régimen!, primarán tanto en la agenda de la Casa Blanca, dispuesta a favorecer la “Primavera Árabe”, como en la hoja de ruta del departamento de Estado. Los focos de inestabilidad que representan la guerra de los aliados occidentales, con el refuerzo de la OTAN en el Mediterráneo central, versus la Libia de Gaddafi, y los mismos focos de rebelión popular contra los gobiernos de Siria y Yemen, distraerán por algún tiempo a la administración y al ejército estadounidenses; y contribuirán a que la travesía incómoda que lleva padeciendo Israel sufra menos amenazas en el futuro mediato; pero se trata de un error de cálculo que al final podría pagar caro la coalición de gobierno israelí. Muy en particular, si ocurriera que ciertas naciones, como Francia, Alemania y Gran Bretaña, se decidieran a votar favorablemente la propuesta que Mahmoud Abbas ha elevado a la secretaría de Naciones Unidas con vistas a incluir -y aprobar- la petición palestina de reconocimiento de su Estado por la máxima autoridad internacional el próximo mes de septiembre.

Sin embargo, podría ocurrir -puesto que tal es el peso de la judería euro-americana en el tejido institucional y mediático de los países de nuestro hemisferio- que Merkel, Sarkozy y Cameron se vieran impulsados a no votar favorablemente a la causa palestina, debido a la evidente inexistencia de voluntad geopolítica que vienen desplegando los gobiernos de Israel en el contencioso de marras: el de Benjamin Netanyahu, en concreto. Y paralelamente, debido también al irreductible criterio de “Hamás” en lo concerniente al reconocimiento del Estado de Israel.

Obama, por su parte, acaba de plantear, aunque con menos convicción que cuando pronunció su discurso en El Cairo (2009), un “panorama de concordia” para el Gran Oriente Medio con el que se sueña en Washington desde hace meses. Además, el supuesto tanto que se ha marcado Obama con la eliminación física de Osama bin Laden, fortalece su propuesta de fórmula pacificadora para los contendientes de fondo, Israel-Palestina.

En el cómputo presidencial estadounidense, el establecimiento de una “pax” de factura americana en el Gran Oriente Medio, capaz de “hacer justicia” en Israel-Palestina, y la previa disolución de los focos perturbadores de Libia y Siria, en el Mediterráneo, acompañado ello del inicio de la retirada gradual de los efectivos militares en acción en el frente afgano, vendrían a garantizar al presidente y al partido demócrata algo más que meros visos de segunda victoria electoral en los comicios americanos de 2012.

Claro está, empero, que intentar cuadrar tan loables como ambiciosos fines en el disruptivo estado del mapa geopolítico norteafricano y medio-oriental hoy a la vista, puede ser tildado de composición ilusa de las relaciones internacionales. Que no por ambiciosa, resulta, por ello, menos plausible.

Moraleja, si acaso: el fardo de los compromisos imperiales ha tenido siempre peso -y costes- considerables. Ahí está, si no, el endeudamiento financiero del tesoro y la nación de Estados Unidos.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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