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Los caminos del disenso

viernes 03 de junio de 2011, 17:04h
Una diferencia crucial entre la autocracia y la democracia es el lugar que en ellas ocupa el disenso. Para la autocracia, que pretende ser un régimen monolítico, el disenso es inadmisible y peligroso cual si fuera una grieta en un bloque de cemento. La democracia admite el disenso, en cambio, como la bienvenida oportunidad de una renovación.

Ello no quiere decir que “todos” los disensos beneficien a la democracia, porque hay que distinguir entre el disenso “en el sistema”, que en principio la enriquece, y el disenso “contra el sistema”, que termina por cuestionar a la democracia en cuanto tal. Lo cual quiere decir que hay disensos “funcionales” y disensos “disfuncionales” con la democracia. Un disenso funcional con la democracia es, por lo pronto, la crítica del partido de la oposición cuya meta es reemplazar al partido gobernante. La democracia consiste, en tal sentido, en la “alternancia” en el poder entre el partido del gobierno y el partido de la oposición, cuyos turnos hacen a la esencia del pluralismo. La gracia del régimen democrático consiste, precisamente, en su capacidad de asimilar el curso natural de los ciclos políticos. Cuando un partido político llega al poder, culmina para él un ciclo favorable pero, cuando este ciclo se agota, al partido hasta ese momento en la oposición le llega su turno de poder hasta que también le suene la hora del eclipse ante el tribunal de los votantes.

Ciclos de alza y de baja: es que también en la vida política los hombres somos “los mortales” según nos definía Homero o según lo expresó Jorge Luis Borges en el comienzo de su poema “La noche cíclica”: “Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras; los hombres y los astros giran cíclicamente…”. El mérito de la democracia es haber introducido el ciclo inevitable de las cosas humanas dentro del sistema, para superar lo que Mirabeau llamaba, según Ortega y Gasset en su ensayo sobre él, ”la subitaneidad del tránsito”.

Contra este descarnado realismo, que les ha permitido sobrevivir por siglos a regímenes democráticos como el inglés o el norteamericano engarzando su “larga” vida a través de una sucesión de tramos “cortos” de gobierno, los regímenes autoritarios han pretendido imponer los plazos “largos”, ilusoriamente inmortales, de personalismos carismáticos que dieron lugar, aparte de otras aberraciones, a turnos de poder “longevos” situados empero entre dos abismos, pero nunca “inmortales”.

Las crisis de la democracia sobrevienen cuando la sociedad como un todo, o una parte substancial de ella, ya no disienten sólo con en el partido en el poder sino con ambos partidos a la vez, tanto el de gobierno como el de la oposición. Los argentinos tenemos fresca en nuestra memoria, por ejemplo, la crisis de 2001, en ese duro momento en el cual una multitud de ciudadanos empezó a vocear por las calles una consigna potencialmente fatal para la democracia: “Que se vayan todos”. Con marchas y contramarchas sin cuento, esta emergencia al fin se superó. Por eso cuando los “indignados” ocuparon la Puerta del Sol madrileña, a los argentinos nos asaltó nuestro negro recuerdo.

Lo que en su momento alarmó a los demócratas argentinos fue que la protesta popular de 2001 contra el sistema no ocurrió “cerca” sino “lejos” de las elecciones. En España acaba de ocurrir lo contrario, ya que el movimiento de los “indignados”, que parecía proyectarse también contra la democracia en cuanto tal, estalló casi al mismo tiempo en que les elecciones municipales pronunciaron, de una manera categórica, la victoria de la oposición del Partido Popular al PSOE gobernante de Zapatero. Esta feliz coincidencia reinstaló en una sola jornada a España dentro de los carriles habituales de los ciclos democráticos. Sólo si el Partido Popular de Rajoy fallare gravemente a su vez de aquí a unos años, y si al terminar este ciclo el PSOE no consiguiera reponerse a tiempo, el “infierno argentino” podría amenazar de nuevo a España, pero el horizonte de esta crisis imaginaria queda, en todo caso, demasiado lejos. Sólo nos queda recordar entonces que la democracia no es forzosamente invulnerable, y que a quienes la preferimos simpre nos vale releer, con humildad, la definición que ofreció Winston Churchill de ella cuando dijo que, siendo humana y por lo tanto imperfecta, “es el peor de los regímenes políticos conocidos, con excepción de todos los demás”.
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