Friedrich A. Hayek: El ideal político del Estado de Derecho. Traducción de Lucy Martínez-Mont. Universidad Francisco Marroquin. Guatemala, 2011. 109 páginas. $12 (=8,25 €)
La Universidad Francisco Marroquín, de Guatemala, publicó hace muy poco, en excelente traducción de Lucy Martínez-Mont, el libro
El ideal político del Estado de Derecho, de Friedrich Hayek, que reúne cuatro conferencias originalmente impresas en febrero de 1955.
La importancia de esta versión española del texto radica principalmente en el hecho de que estas conferencias, como el propio Hayek indica en el prefacio, constituyen “el bosquejo prematuro” de una obra más extensa, quizá la más ambiciosa y abarcadora de su autoría, que será
The Constitution of Liberty (1960). Es que varios de los temas ahí analizados con profundidad y asombrosa versación aparecen anticipados en un lenguaje accesible (en clave de divulgación, podría decirse) en este libro que con buen criterio y sentido de la oportunidad la Universidad guatemalteca ha resuelto llevar al público.
¿Cuáles son esos temas? La libertad, el gobierno de la ley, la separación de poderes, la preservación de la esfera privada, el avance del despotismo administrativo, la relación entre política y legislación, entre otros. En todos los casos, se trata de cuestiones tan candentes hoy como entonces, lo que demuestra que, pese al empeño puesto por muchos intelectuales e instituciones en difundir “los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables” (según reza el lema de la Marroquín), poco hemos avanzado en limitar la acción arbitraria de los gobiernos alentando, por consiguiente, la espontaneidad de la sociedad.
Sin ánimo de extenderme pero a los fines de incentivar su lectura, permítaseme aludir tan solo a dos pasajes de
El ideal del Estado de Derecho que considero particularmente pertinentes para los días que corren, máxime en aquellos países donde las libertades son diariamente vulneradas y cuyas constituciones resultan ser en los hechos (James Madison
dixit) meras “barreras de pergamino”. El primero de esos párrafos dice: “… el Estado de Derecho constituye una regla sobre cómo debe ser el Derecho, una doctrina metalegal o un ideal político. Para ser efectivo, el legislador debe considerarse sometido a él. En una democracia, esto implica que el Estado de Derecho será respetado si es aceptado por la opinión pública, es decir, si forma parte del sentido de justicia que prevalece en la comunidad”. En el segundo, Hayek señala: “… estoy firmemente convencido de que la mayoría de los males que hemos experimentado durante este período (se refiere a la primera mitad del siglo XX) se debieron, en gran medida, a que hemos esperado que el Estado hiciera maravillas. Si queremos preservar las fuerzas creativas de una civilización, el primer paso es reducir a proporciones razonables nuestras aspiraciones en ese campo. La acción del Estado nunca creará una utopía”.
Necesidad, por un lado, de que el Estado de Derecho sea parte de las “convicciones subyacentes” de la comunidad para exigir a los gobernantes su aplicación. Necesidad también de que evitemos esperarlo todo del Estado. Recordar a
Friedrich Hayek, esta vez gracias a la Universidad Francisco Marroquín, es quizá una buen camino para lograrlo.
Por Enrique Aguilar