Democracia simulada
sábado 04 de junio de 2011, 20:03h
La petición a gritos de una democracia real en muchas ciudades españolas, antes y después de unas elecciones significadas, las del 22 de mayo de 2011, encubre dos denominaciones subyacentes. El nombre sustantivo del sintagma democracia real forma paradigma semántico en muchas mentes atentas a este fenómeno humano con el de socialismo. A su vez, el adjetivo real funciona en otras mentalidades correlacionado con simulada. Pronto se vio que la alternancia sustantiva subyacente era otra. La dictadura aún fagocita el modo que se eligió para clausurarla, al menos su sombra. Se pedía y pide un cambio político efectivo. Una transición auténtica, como si la así denominada, con letra mayúscula, hubiera sido un disimulo. Se llegó a reclamar en estos días una segunda Transición. Y hace falta. La europea.
El paradigma de sustituciones posibles se centra más bien en el adjetivo real. Correlaciona otros como formal, virtual, simulada, ficticia, etcétera. Los tres primeros se subsumen, sin embargo, en función del instrumento por excelencia de la protesta juvenil ya conocida como 15-M, por haberse iniciado en tal día del mes de mayo. Internet, la red de comunicación más veloz y revolucionaria de la historia. Cada internauta se transforma en nudo mediático de informaciones, noticias, comentarios, eslóganes, convocatorias. El tiempo de emisión y recepción se igualan prácticamente alcanzando un efecto real de transmisión. Esta nueva situación reduce el espacio intercomunicativo plegándolo como otra instancia de presente líquido y aéreo, pues fluye, revierte, incentiva. Es riego magnético de un nuevo circuito social.
Las retículas de la red se aproximan y configuran entre arco y arco de conexión neurocelular -sinapsis-, atómica -positrones-, topológica -estratos-, social -agrupaciones-, textual -hipertexto-, etcétera, un “mundo pequeño” que atrae lo lejano, distancia lo próximo, penetra lo invisible, difracta lo obvio, salta de una a otra configuración con el simple clic de la punta de un dedo. Los factores de agrupamiento son decisivos. Con pocos saltos obtenemos mucha información.
La metáfora icónica y léxica, fono y fotoicónica, nunca tuvo tanta vigencia. Los rayos de luz y las vibraciones de onda se fusionan, conviven. Los poros absorben su flujo y las dendritas irradian campos magnéticos por haces nerviosos que afectan directamente al cerebro. La percepción sensible resulta algoritmo de un conocimiento metalógico. La sensación y el entendimiento espontáneo quedan envueltos en un halo de metacognición latente. A la conciencia del hombre la traslapa un código secreto sólo accesible a quien conoce y domina esa metáfora del conocimiento. El científico lo sabe.
El comerciante y banquero lo comprueban. El político lo experimenta en el medio social con su imagen y palabra.
El ordenador converge en megametáfora del pequeño gran mundo de la mente humana. La pantalla es el ojo de un nuevo rostro gigantemente oculto, actualizable en cualquier momento y con presencia virtual continua en la conducta espontánea. Un Polifemo increíble. El Gran Ordenador del Mundo. Quien no se registre, no existe. No tiene faz, rostro, figura. No consta en el nuevo rostrolibro o facebook, ni en el dietario de relatos o twuit mínimo de existencia.
Recordemos el concepto orteguiano de estimativa. El hombre vive socialmente envuelto en una circunstancia de evaluación constante. Ortega y Gasset pedía una nueva lingüística en mitad del siglo XX, adelantándose a unos y corrigiendo a otros de cuantos así se nombran, lingüistas. La circunstancia del hombre es dicente. Vive inmerso en un continuo decir que lo nombra y relata sin que él se dé cuenta. La pedagogía inútil quiere elevar ahora a norma y práctica educativa, con un siglo de retraso, lo que es base fenomenológica de la vivencia humana, la evaluación continua. El acto final, lo efectuado, el examen, la comprensión de lo dicho, es el valor verdadero, pues presenta los sucesivos instantes de su historia, sintéticamente acumulados. Sin este efecto, no hay evaluación posible.
El Gran Ordenador mundial, la globalización algorítmica del universo y de la conducta, incrementa el efecto libro del rostro hipertextual: ojos, boca, labios, cejas, párpados, comisura, nariz -gran diferencia de formas-, frente, oídos, mentón, muy importante su prominencia en fotogénesis, cine, política, medios empresariales, comunicativos, publicidad y márquetin. Internet crea un aura de afecto virtual simulado, autista. Siempre responde alguien al envío por el espacio neuroelectrónico de la red informática. La botella lanzada al océano de las ondas magnéticas llega más rápida que la de Pierre Jean Jouve, Osip Mandelstam o Paul Celan a manos del lector náufrago de mensajes. Hay un cierto candor poético en el tecleo del ordenador. Genera un clima cálido de respuesta. Inventa un Ersatz continuo de empatía autógena. El internauta vive un se reflejo permanente, pues cada unidad de comunicación comporta un tic evaluativo de su existencia.
La red formalmente virtual genera un espaciotiempo de simulación cuyo horizonte otorga identidad específica a los miembros que la integran. No hay nudo sin lazos. El yo interflejo es continuamente otro de sí mismo y ve en él a los demás, o viceversa, de tal modo que se introyecta en el agente del relato, en la trama efectiva, en el contexto social ambiente. Es lo relatado por cualquier informe y a expensas de su contenido. Y quiere respuesta inmediata, como cuando pulsa el clic de la máquina apenas iluminada, redentora. Vive conectado. Se droga de imagen. La conexión múltiple, instantánea.
La simulación crea además un ámbito solidario. El tejido de la red iguala en la mente y sensación a las moléculas del tejido social. Por eso los jóvenes extrovierten sus mensajes en las plazas públicas de las ciudades. El foro recupera la función municipal que tenía en los orígenes de la polis. Es el ágora ateniense. El lugar de reunión en asamblea. Los jóvenes del 15-M revitalizan el origen democrático del Logos o razón, aunque no sepan griego. Acuden al centro de las ciudades convirtiéndolas en pequeños estados o asambleas públicas que permitan decir y escuchar lo que en los parlamentos legalmente democráticos no suena bien alto o se interrumpe entre dientes.
Para ello, recurren al texto e hipertexto inmediato, explícito, palabra escueta o frase breve, en fusión fonoicónica, como corte, cuña, punzón, flash. La brevedad de un texto incrementa su cohesión evaluativa y potencia la densidad semántica. Llega antes al interlocutor. Lo reclama con más apremio urgiendo una respuesta y suscita un binomio mediático importante. Asocia sensaciones de poder y solidaridad. Solicita una eficacia real de la audiencia convocada.
Ceci n’est pas une pipe, reza el título a modo de leyenda que René Magritte estampa dentro del cuadro, ya famoso, de una pipa de fumar. Y Michel Foucault le dedicó un ensayo también célebre. Insiste en el lazo débil que une a palabras y cosas simulando una realidad ilusoria. Un parlamento formalmente virtual no es la asamblea de diputados legales elegidos realmente por el pueblo en conjunción libre. No obstante, la palabra del decir público, que siempre estima, según dice Ortega y Gasset a la zaga de Karl Bühler, ilusiona la cosa y objetiva la voz haciendo real el sentimiento que mueve, en el fondo, al hombre, especialmente en asuntos de urgencia humana.
Uno de esos problemas urgentes del ciudadano español en este momento y a esta hora es precisamente la pérdida de ilusión y vínculo que originó la plaza pública conocida como palabra. Su voz no es el transpiro de las cosas en el alma de quien las vive. Su articulación -los artículos de las leyes- no es el aliento que se transforma al tocar y sentir el mundo real urgido por el cuerpo de la vida. La ruptura del lazo entre cosas y palabras, pantalla y rostro, voz y parlamento, es traición democrática del vínculo originario dado en el mundo por el hecho de nacer en él y alimentarse con sus frutos.
El entrelazo poético. La voz nervuda. “Lengua sin manos, quommo osas fablar”, dice Pero Mudo, bracero de Ruiz Díaz de Vivar, a Fernando González, parlamentario de época, en el Poema de Mío Cid. Los comienzos siempre fueron de leyenda. Poéticos.
Y España parece ser el único país del mundo que se replantea continuamente los fundamentos de su existencia. ¿Pueblo incómodo y descontento? Más pendiente unas veces de las cosas que de las palabras que las nombran; de los nombres, otras, que sustituyen pícaramente, de soslayo, a las cosas. Fuera siempre del vínculo que enraíza, enrama, requiere, emplaza y obliga. Como la lectura, cuya raíz la ensambla con ley. Y hoy se lee poco. Vemos las letras como imágenes. Apenas las oímos.
Todo sistema deja tras de sí un resto y termina removiéndose desde arriba, oligárquicamente. El hombre aún no ha inventado una forma política que lo represente como individuo concreto. Es condición suya vivir relacionado y en tensión continua de singularidad nunca plena. Proyecta delante y detrás de sí -futuro del pasado, utopía e historia- un horizonte de comprensión cuyo reflejo más próximo es la ley objetiva y objetivada. Y a esto contribuye evidentemente la simulación democrática. La ciencia simula con ingenio el campo de acción del objeto cuya constante se revela ley de su existencia. Y la política no tiene otra realidad que este ingenio. Recordarlo es otra función del ejercicio democrático. Pretender otra cosa, la realidad exclusiva, total, nos sitúa fuera de su alcance. Llevamos dentro, no obstante, su impulso. Y ahí aún dice mucho el poema.
Un sistema político es realmente democrático si acierta a integrar el resto que desplaza en función de su límite. Para eso están las elecciones. El grito del ágora pública es reclamo de voz en las urnas.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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