Política: Hastío, cansancio, rutina...
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 10 de junio de 2011, 13:15h
Entre las peculiaridades de la historia contemporánea figura una harto curiosa. El aburrimiento contó en los dos últimos siglos como una de las causas destacadas y, a las veces, desencadenante de revoluciones y crisis de gran magnitud. El término del próspero reinado de Luis Felipe de Orleáns (1830-1848) se debió, conforme el diagnóstico generalizado de sus estudiosos al cansancio moral surgido en la opinión pública por los objetivos casi por completo aurívoros del clima social propiciado por el régimen y a la tabidez de la atmósfera que, por consiguiente, lo envolviera. Los ideales también se hacen oír en la vida de los pueblos. Poco más de cien años después, en la misma Francia, el espectacular y absorbente desarrollo de la recién instaurada V República condujo al mayo del 68 y, a la postre, al abandono de la presidencia del general De Gaulle, contestado por la juventud por su largo mandato… En nuestro país, algunos analistas de la Transición cifran su rápido consolidamiento en el cansancio producido por un franquismo interminable, que, al margen de torpezas y represiones, llevó el ánimo de las gentes a un estado de desaliento irremontable, que no veía otra solución más que en la salida a toda costa del sistema.
Estos y otros ejemplos de idéntico tenor ponen así de manifiesto que, frente a las revueltas y amotinamientos nacidos en las centurias anteriores del hambre y la carestía, la abundancia y atonía estarán en la raíz de las mudanzas y alteraciones ideológicas y políticas del mundo actual. El hastío, pues, como origen de todas las rupturas y, entre ellas también, el de las políticas. El fenómeno, empero, no cabe circunscribirlo o limitarlo al ámbito de las relaciones de poder, de gobernantes y gobernados. En campo bien distinto, al decir de los expertos, gran número de los divorcios y separaciones acontecen en las sociedades postmodernas en virtud de una convivencia que agota un buen día las razones de la mutua entrega por la instalación de la inercia donde reinaba el dinamismo y de la costumbre en el lugar en que regía la ilusión, para dar paso al enfrentamiento o la lejanía.
El planteamiento acabado de bosquejar tal vez ilumine alguna que otra clave o secreto de los sucesos que en estas horas de la actualidad nacional inquietan o causan la extrañeza de todos. En los coletazos de la primavera española del 2011, con el arrollador movimiento del 15-M y las subsiguientes elecciones locales y autonómicas, el fastidio y la reluctancia ante un modelo de sociedad –de vigencia semi-universal, conviene no olvidarlo- y unas determinadas formas de gobernar se alzan al primer plano de la consideración y análisis de comentaristas e investigadores. La validez de su descripción entrañaría en algunos casos la idoneidad del instrumento –el de la abrupta ruptura- cara a rutinas e inmovilismos siempre perniciosos. Pero aun así, quizás el fin no justifica aquí tampoco los medios. La calidad de la democracia se resiente gravemente si se la hace depender de la grisacedad de sus hábitos y fundamentos, ínsitos en la moralidad, pero muy distantes de la atonía o tedio de sus formas de existencia.
El cambio e, incluso, la utopía constituyen un fermento indispensable para la evolución y progreso de las sociedades. Pero, al propio tiempo, el estado de derecho exige el cumplimiento estricto de su normativa esencial. Igualmente, la imaginación y la creatividad así como el impulso ético y la exigencia moral han en todo momento de operar sobre el cuerpo social y político, mas nunca a riesgo de poner en serio peligro los principios del orden democrático. La ruptura desemboca ineluctablemente en la fractura. El ejemplo más asombroso en los anales contemporáneos de la transformación espectacular de un gran pueblo –el chino- se verificó ante la mirada del espectador de hodierno sin ningún salto en el vacío. En mucha menor escala territorial y demográfica, pero no menos sorprendente en cuanto a dimensión política e ideológica, el advenimiento de la democracia española se vehículo a través del consenso…