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Entre la indignación y el desánimo

Rafael Núñez Florencio
sábado 11 de junio de 2011, 16:07h
Voilà! ¡Helo aquí! ¡Lo conseguimos! Ya estamos instalados en un escenario que oscila entre la irritación y la abulia, con mucho de encono sordo y ciego, una generosa dosis de individualismo, algo también de fatalismo y hasta una pizca de cinismo posmoderno. Obviamente, cada cual vivirá su vida desde la perspectiva estrictamente personal como buenamente pueda, con aprensión o ilusiones, con satisfacciones o desencanto, pero lo que es la vida pública, el ámbito político, el marco colectivo en suma, viene singularizado por esta atmósfera enrarecida, ese aire viciado, una especie de contaminación física y moral que parece que nos desazona tanto como nos paraliza. Algunos comentaristas políticos utilizan la expresión de “fin de ciclo”, aplicándola a una etapa que ha estado marcada por el liderazgo del hoy declinante presidente del gobierno y del partido socialista. Otros señalan más concretamente que la legislatura está agotada de facto. No es mi propósito descender a esos terrenos específicos, en los que analistas más sagaces y mejor informados que yo tienen una primacía que no me atrevo a disputarles. Mi reflexión pretende situarse a un nivel más general -o más distanciado- y al mismo tiempo a ras de suelo, como combinando la visión panorámica con la atención al pulso cotidiano.

Como he escrito en algunas ocasiones, toda concepción del entorno, aun la que pretenda ser más cabal y rigurosa, comienza inevitablemente con la experiencia personal. Creo no exagerar lo más mínimo si sostengo que la mirada a nuestro alrededor nos proporciona la imagen de una sociedad en horas bajas. No sé, no hace falta ser un lince ni un detective sagaz para calibrar algunos indicadores elementales: observen las tiendas en los grandes centros comerciales cualquier día de la semana, incluso los sábados, y verán a los dependientes mano sobre mano o mirando al exterior como esperando ansiosamente que alguien entre; bares y restaurantes que hasta hace relativamente poco estaban siempre llenos, hoy dejan ver grandes huecos, de manera que aquellas reservas que en algunos casos era preciso hacer con más de una semana de antelación, hoy son ya cosa del pasado; peor aún, si hace algunos meses que no se dejan caer por un establecimiento cualquiera que goza de su predilección, cerciórense antes de que aún sigue abierto, pues ya son varios los casos en que no hacer una llamada telefónica previa ha significado toparme de bruces con un “se traspasa” o “se vende”. El mismo Madrid, en su centro histórico, antes siempre bullicioso incluso a altas horas de la noche, está inusualmente tranquilo, en algunos puntos casi solitario, hasta el punto de que parece que hemos llegado por este camino tortuoso a equipararnos a otras ciudades europeas que se recogen con las primeras sombras nocturnas. El tráfico de entrada y salida de las grandes urbes es ahora más fluido que hace tres o cuatro años, cuando nos desesperábamos con atascos interminables en las horas punta o los regresos de los fines de semana. Todo ello, como ven, sin echar mano de los indicadores habituales, como el descenso en la venta de automóviles, el cierre de fábricas o la caída de la actividad constructora, por citar tres referencias insoslayables.

Si salen de Madrid y recorren la España interior, el panorama no hace más que ensombrecerse hasta límites ciertamente inquietantes. La famosa expresión de “pueblos muertos” que estuvo tan en boga en el intervalo entre los siglos XIX y XX, o la no menos conocida recreación de la Meseta áspera, mustia o desolada en las plumas de un Azorín o un Baroja, parece que cobran una nueva e inesperada actualidad. Los inmigrantes asiáticos o latinoamericanos que habían llegado hasta el rincón más perdido de la península han ido desapareciendo: ahora son nuevamente paisanos los que sirven las mesas o atienden tras los mostradores, gente joven por lo general que en un aparte se confiesan con voz queda, “yo, estaba en tal empresa pero cerró y me he tenido que meter en esto, no sé, pero me cogen sólo los fines de semana, y en cuanto se vaya el buen tiempo me echan otra vez”. Los que tienen un pequeño negocio no hacen previsiones más allá de dos o tres meses, “luego ya veremos, con la que está cayendo...”

Lo peor, con todo, es que no se ve salida, no se atisba “la luz al final del túnel” que nos prometía, en expresión desafortunada, uno de los principales responsables políticos. Ni luz en el túnel ni “brotes verdes”, por seguir con otra malhadada acuñación que se nos fue repitiendo, contra toda evidencia, casi como tomándonos por tontos, durante largos meses en que no hacíamos más que sumirnos en una caída libre de la actividad económica y del empleo. ¿Será por eso que hemos perdido, no ya la confianza, sino hasta la más pequeña estima por una clase política que ha sido incapaz de gestionar adecuadamente la crisis? ¡Qué digo! ¡Si hasta la ineficacia se la hubiéramos perdonado o por lo menos consentido a regañadientes a esos dirigentes que no saben dirigir si al menos hubieran dado unas mínimas muestras de empatía con la sociedad que sufría en carne propia una situación cada vez más dura y difícil. Lejos de ello, con un solipsismo anonadante, han establecido una barrera entre ellos y los demás -y los demás somos todos-. No me refiero ya a los múltiples casos de corrupción, sino tan sólo al uso y disfrute de unos privilegios que, hoy por hoy, resultan obscenos: esos coches oficiales, esas dietas -no cuento los sueldos-, esas prebendas de la más variada especie, esos asesores, esas pensiones, esos viajes en primera clase...

Hace unos meses me referí en este mismo periódico a la mezcla explosiva entre la crisis, la desmoralización colectiva y un proceso de degradación generalizada en las instituciones y el sistema representativo en general. Advertía acerca de un peligro que catalogué como proceso de argentinización del sistema político español y de la sociedad española en su conjunto, caracterizado por la inoperancia, el particularismo, la demagogia populista y la falta de perspectivas. No es que quiera presumir a estas alturas de adivino, porque los indicadores eran tan evidentes que había que estar ciego para ignorarlos. Lo cierto es que, como decía al principio, ya está aquí, estamos en ello. Con ser grave, gravísima, no es sólo la crisis económica la que nos amenaza, sino una crisis global, que radica en el propio sistema político, sume en el descrédito a las instituciones, fomenta las tendencias centrífugas y contamina a la clase política -a nuestros representantes- en su conjunto. Los “indignados” que han salido a las plazas españolas no han sabido ante esa situación más que dejar constancia de su indignación. Como también escribí, su movimiento tiene el valor de testimonio de un estado de cosas y un estado de opinión, sin que quepa esperar nada más de unas propuestas caracterizadas por el doctrinarismo y la utopía. En una sociedad moderna se necesitan además unas canalizaciones adecuadas para que los propósitos sean leyes y no meras ideas. Pero no es menos cierto que una de sus consignas más repetidas, dirigida a los políticos, las suscribiría hoy por hoy la mayor parte de la sociedad española: “Que no, que no, que no nos representan, que no”. El gran problema es que la negación por sí sola, por muy justificada que esté, nos conduce a un callejón sin salida. En ésas estamos.

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