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Doble juego de Lukashenka

viernes 17 de junio de 2011, 15:37h
Andrie Sannikau, uno de los candidatos principales de la oposición en las elecciones presidenciales que tuvieron lugar en Bielorrusia en diciembre de 2010, ha sido condenado a cinco años de prisión en un duro campo de trabajo. Según el fiscal, Sannikau, ex-Vice Ministro de Asuntos Exteriores, es culpable de organizar la manifestación de unos veinte mil bielorrusos en el centro de Minsk contra un fraudulento resultado de las elecciones ganadas por Aleksander Lukashenka, con una sospechosa mayoría del 79,67% de los votos.

Las duras sanciones para los opositores son una manifestación de poder del régimen de Lukashenka, quien ganó las elecciones por cuarta vez. Por un lado, Lukashenka quiere vengarse de la gente que le lanzó un reto y se atrevió a criticarlo. En segundo lugar, los opositores encarcelados o privados de sus pasaportes se convierten en rehenes cuya liberalización Lukashenka va a negociar con Occidente, a cambio del levantamiento de las sanciones económicas. Los rehenes serán su moneda de cambio.

La economía de Bielorrusia, que Lukashenka ha construido durante los años de su reinado, se basa en dos arreglos. Por un lado, en el suministro de materias primas baratas desde Rusia, conseguidas bajo la promesa de la unificación de los dos países. Por otro lado, en los préstamos otorgados por Occidente contra la promesa, igualmente falsa, de la liberalización del régimen.

Es de esperar, que después de las elecciones fraudulentas y las severas penas de castigo para los opositores, este arreglo se derrumbará. Occidente no dará créditos al dictador, que se venga de sus rivales. Rusia, que también ha perdido su confianza en él, esperará para apropiarse de las fábricas bielorrusas que no pueden funcionar sin sus suministros.

Sin embargo, el dictador puede tener éxito otra vez. Como en los últimos 16 años, Lukashenka volverá probablemente a jugar con la rivalidad entre Occidente y Rusia. Seguirá asustando a todos con que una Bielorrusia arruinada caerá en manos de Rusia, y seguirá prometiendo tanto los cambios democráticos del sistema político como la liberalización de los opositores.

No hay ninguna garantía de que la diplomacia occidental no se deje llevar por la tentadora perspectiva de no permitir a Rusia que se queda con Bielorrusia. Desgraciadamente, parece que el tema de la posible democratización del país y, sobre todo, la desastrosa situación económica de la población, tienen un peso menor en las decisiones políticas de Occidente. Una vez más se equivocarán.
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