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Entendimiento de Cataluña

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 20 de junio de 2011, 16:36h
Al hilo del aplastante triunfo balompédico de un club futbolístico catalán “que es mucho más que un club” - ¿hay que nombrarlo?-, éxito alborozadamente compartido por la inmensa mayoría de la opinión pública nacional –lo testan cámaras y crónicas innumerables-, releía el cronista las memorias de un leonés enraizado en dicha tierra, a cuyo esplendoroso presente de la segunda mitad de la centuria precedente contribuyó con la mejor voluntad y el esfuerzo más ahincado.

Escritor y periodista de muy ancha sensibilidad y registro, fue Ramón Carnicer pieza clave en la modernización de la vieja Universidad barcelonesa a través del espectacular desarrollo que su inteligencia y trabajo imprimieran a su Escuela de Idiomas. Casado con Doireann MacDermott, catedrática de lengua y literatura inglesas de la misma Alma Mater, se asentó en la Ciudad Condal apenas pasada la posguerra más dura, siendo, con el transcurrir del tiempo, elemento de referencia de su siempre pujante vida cultural. De espíritu independiente y observador invariablemente crítico de la realidad –no en vano oficiaba gustoso en la religión barojiana-, sus muy olvidados recuerdos atesoran retratos y semblanzas de la mayor enjundia y originalidad de personajes como, ad exemplum, Vicens Vives, Ridruejo o García Valdeavellano pintados y descritos en la rica literatura memorialística existente sobre ellos de modo indeficiente y absolutamente apologético. Lejos, por supuesto, de ser un aristarco o un enfant terrible, no adscribió su mirada y su pluma a ninguna militancia más que a la de su comprensión del a la vez placentero y angustioso oficio de escritor.

Desde igual óptica, claro, analizó el papel representado por los “charnegos” en la construcción de la Cataluña contemporánea y la misma naturaleza de su anatomía social y política. Tras abandonar en 1980 la presidencia de la Generalitat J. Tarradellas, quizás el único gran gobernante español de los últimos siglos que aprendió las lecciones de la historia para su actividad pública, y comenzar a enrarecerse la ilusionante esperanza con la que fuera recibido el Estatuto, Carnicer, auscultador buido del pulso del Principado, daría rienda suelta a sus aprehensiones: “Las cosas de Cataluña en torno a su estatuto, aprobado con un 39,5% de abstenciones y con un 7,8% de votos contrarios en el conjunto de los votos emitidos, no van como debiera ir. Y ello acontece en un clima político muy diferente del de 1931. En 1931, la hostilidad hacia los proyectos autonómicos de Cataluña era general en el resto de España. En el planteamiento de la misma cuestión a partir de 1975, aquella hostilidad no se dio. Había ciertas reservas y temores, pero frente a la antigua hostilidad, se abría una sosegada expectativa. Con todo, los sectarios y los opacos no tardarían en manifestarse tratando de ignorar un hecho que no se daba en 1931 y que requería prudencia y realismo: la mitad de la población de Cataluña es de lengua castellana, la mayoría de sus hablantes actúa con moderación y ha participado con eficacia en el quehacer colectivo”. (Friso menor. Memorias, Barcelona, 1983, p. 306).
¿Cuál sería su diagnóstico treinta años después? En homenaje a él y a tantos que como el autor del descollante libro Vida y obra de Pablo Piferrer se afanaron ayer y se afanan hoy por el enaltecimiento de una Cataluña fiel a sus admirables tradiciones y tajamar de futuros insospechados, sería alentador imaginar un porvenir de positiva convergencia de ideales diversos y unión de enriquecedores pluralismos.
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