Galliano no se acuerda de que un día adoró a Hitler
miércoles 22 de junio de 2011, 21:10h
El de John Galliano es uno de los últimos casos conocidos de tristes muñecos rotos que, atragantados con la fama y su propio genio, dejan de protagonizar noticias por sus creaciones y pasan a engrosar la lista de los escándalos más morbosos. Adorado por sus barrocas propuestas inspiradas muchas veces en la Historia, este "chico" nacido en Gibraltar de padre llanito y madre española, fulminó los pasos de la carrera soñada por cualquier diseñador ambicioso y llevaba desde 1997 dictando a las adictas de Dior las consignas para ser las más in y elegantes, al tiempo que rescataba a la firma más representativa del chic francés de la decadencia almidonada en la que el inevitable paso del tiempo la había sumido. Su musa, Charlize Theron, fue una de las afortunadas que lucieron los exclusivos diseños alumbrados por la tijera del extravagante creador, quien, al igual que sus modelitos, aunque por otras razones, nunca pasaba desapercibido.
Porque lo que cosía en elegancia para las clientas de Dior, lo descosía para su personal indumentaria, especialmente pensada para no para marcar tendencia sino para dar el cante. Inmediatamente se le consideró un genio y como a los genios se les consiente casi todo, su nombre siguió creciendo mientras que su interior se oscurecía, sobre todo, desde 2007, año en el que falleció su compañero Steve Robinson. Pero su interior se oscurecía también por culpa de las drogas y del alcohol, esos animados compañeros de viaje que al final siempre te hacen pagar demasiado cara la travesía. La culpa es del alcohol y de las drogas, alegan ahora sus representantes legales, contratados para librar a Galliano de la pena de seis meses de cárcel y multa de 25.000 euros a la que se enfrenta por sus declaraciones algo más que simplemente desafortunadas en el Café de La Perle, a dos pasos de su propio domicilio.
"Adoro a Hitler...Personas como vosotros estaríais muertos. Vuestros padres y vuestras madres estarían gaseados", exclamó teatralmente el angelito dirigiéndose a una pareja en el café más cool del barrio parisino de Le Marais, precisamente el lugar donde reside la población judía más importante de Europa y considerado uno de los más cosmopolitas del viejo continente. Y no le bastó una vez, poco después repitió el numerito con una mujer y apareció el inevitable video en internet, mostrando a un Galliano completamente pasado de rosca y de roscón, sin dejar ni una mínima y remota excusa para que mujeres de todo el mundo, famosas o no, pudieran seguir colgando en sus cuerpos o en sus armarios los modelitos sagrados de la casa Dior. Por lo menos, hasta que la firma no pusiera a su creador de patitas en la calle.
Y como es lógico, no hubo que esperar mucho para que el moldeador de curvas de satén recibiera el finiquito y se esfumara, dicen que escondido en una clínica de Arizona, dedicada precisamente a intentar recomponer los pedazos que van dejando tras de sí algunos de los que han alcanzado la cima y no han sabido mantener el equilibrio en ella. Ahora es el momento de comprobar el resultado de las carísimas terapias. Galliano afirmó ayer ante un tribunal de París, al que ha accedido por la puerta lateral para evitar a los más de cien periodistas que le esperaban, que no recuerda muy bien lo que pasó ese día y achaca lo sucedido al consumo de drogas y al vertiginoso mundo de la alta costura. Lo cierto es que él ha caído tan bajo que nadie se preocupa ya por los pespuntes, los tejidos o los tonos de su próxima colección. Como si nunca hubiera cosido.
|
Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
|
|