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Picnic

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 24 de junio de 2011, 21:48h
Un Instituto de Segunda Enseñanza de Castilla-La Mancha termina el Curso 2010/2011 con un bello acto académico consistente en la representación por un grupo de muchachos y muchachas de 1º y 2º de ESO de la obra de Fernando Arrabal “Picnic”, inteligentemente versionada y dirigida por los profesores Miquel Rodríguez Fernández de Quincoces y Sandra Rodríguez Casas, profesor de filosofía y profesora de francés respectivamente. La inocencia del texto arrabaliano encaja a la perfección con la primera adolescencia de estos virginales y purísimos pequeños actores. Uno había leído Picnic hace ya treinta años en la Universidad de Salamanca, y no supe apreciar entonces la estremecedora sencillez verbal que tiene esta obrita de significados pavorosos, aún magistralmente fresca a pesar de los años transcurridos. En Francia pensaban que era una pieza más, ingenua y de una extraordinaria pureza, del teatro del absurdo o del surrealismo.

No sabían los franceses que en nuestra Guerra Civil hubo papás y mamás que visitaban a sus hijos o hijas, milicianos y milicianas, algunos fines de semana en el frente del Guadarrama, cuando Madrid estaba copado por el ejército de Franco. Allí compartían la tortilla de patata que traían de Madrid e incluso algunas botellas de vino de Valdepeñas ( Ciudad Real se mantuvo tan leal a la República que Azaña quiso haberle cambiado su topónimo, transformándolo en Ciudad Leal ). Es que quizás España misma era y es absurda o surrealista. Se llevaban la comida dominguera al frente como los aficionados a los toros llevan la merienda, y se ponen a meterle el diente después del tercer toro. Además, entre bocado y bocado, podían pegar algún tiro o ser alcanzados ellos mismos en la cabeza y terminar muertos la merienda. Al fin y al cabo son espectáculos de muerte, y no es la primera vez que el toro salta la barrera y cornea al que andaba con los brazos levantados apretando el culo de la bota de vino. La obra está llena de transparentes sentencias contra eso que San Agustín llamaba “el sangriento látigo de Belona hostigando a las miserables gentes a la guerra”, exardescentes zelo belli. Quizás Fernando Arrabal se distancia de esa su españolidad tan racial escribiendo su obra en francés, para luego ser traducida por su propia mujer al español. Sentía el objeto literario “España” tan encima de él, que necesitaba distanciarse con el idioma para literaturizarlo mejor, pues que el arte no es una foto de la realidad. Recordemos algunas perlas arrabalescas:

“En este campo de batalla no hay que sacar tickets”.
“A mí este tufillo de pólvora me abre el apetito”.
“Qué, hija mía, ¿has matado mucho?”
“Papá, hazme una foto con la prisionera en el suelo y yo con un pie sobre su tripa”.
“- Y usted, ¿por qué es enemigo?
- No sé de estas cosas. Yo tengo poca cultura”.

Si el teatro en Roma nació como una terapia de tipo apotropaico para conjurar la letífera peste que diezmaba a los romanos a la sazón, el teatro de Fernando Arrabal sigue esa línea terapéutica o curativa de la tradición dramática romana, pero con el nuevo modelo de Jenner y Pasteur de la vacunación, eso que se llama surrealismo. Asistir a la representación de este Picnic en un Acto de Clausura del Curso viene bien en estos tiempos de crisis en que España gasta en la loca guerra contra Gadafi, un nuevo Masinisa con las mismas vidas y astucia que aquel genial rey númida, quince millones de euros mensuales ( y otros tantos en la lejana aridez de Afganistán ). Es seguro que esta guerra la perderá de nuevo la nueva Cartago, y Zapatero, que ya sólo goza de una exangüe existencia de fantasma, hará las veces del manirroto y depauperado Sífax, o mejor, su lugarteniente Búcar, siempre toreado por la penetrante inteligencia de Masinisa.

Es curioso que el otrora irreverente Arrabal, con su miembro enhiesto como un sátiro persiguiendo a las náyades, dríades, napeas, limónides oréades y antríades en el entrañable “Viejo Topo”, sea seleccionado ahora por una obra inocentemente escolar que hoy entendemos que sólo transmite sentido común y valores morales de corte tradicional ( todo valor moral es tradición, so pena de caer en el oxímoron zapateresco ).

Todo picnic supone una contradicción con la guerra, al menos desde el punto de vista etimológico, en cuanto picnic deriva de la expresión francesa pique-nique, que apareció en el Siglo de Luis XIV, con la que se describía una comida que se puso de moda, compuesta por elementos de comida que cada comensal llevaba a la mesa con el fin de repartirse todo entre todos. ( De hecho, la obra de Arrabal se titula “Pique-nique en campagne” ). Es decir, el picnic es el convivium romano, y está relacionado con la palabra “convivere”, cuyo primer significado es “comer juntos”. De este convivium latino nace nuestra palabra “convivencia”, cuyo supremo significado es el de comer todos juntos lo de todos en paz y armonía. Por ello, todo picnic es un atentado a la guerra, palabra de origen germánico, claro, en donde el egoísmo, y el comer solo y sólo cada uno lo suyo triunfa sobre el picnic de la paz.

Todas las obras de Arrabal reflejan la crueldad y la inmaculada inocencia, la violencia y el mal en un intento por mostrar los varios tipos de moral que existen simultáneamente en la sociedad. En París varias veces le han puesto la alfombra roja en su honor. En España le dieron el Premio Nadal, que es de los más económicos.


Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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