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crítica

El consentimiento del mal

sábado 25 de junio de 2011, 13:54h
Aurelio Arteta: Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente. Alianza. Madrid, 2010. 320 páginas. 20 €
El mal está de moda. Por supuesto, siempre lo ha estado de alguna u otra forma. Muy atrás quedó ya el tiempo en que la palabra mal (o “Mal”, con mayúsculas) ocupaba únicamente disquisiciones teológicas. Contra lo que le achacaban sus detractores, cuando el primer gobierno de George W. Bush puso en circulación la expresión “eje del mal”, esta no portaba ningún sentido religioso. Tampoco lo tendría la definición que su antecesor Ronald Reagan dio a la vieja URSS: “Imperio del mal”. En los últimos tiempos se ha vuelto corriente el uso del término “mal” (ahora en minúsculas) para designar un campo específico de reflexión y estudio. Existe un floreciente ensayismo del mal que al menos desde los trabajos de Hannah Arendt ha sido cultivado por filósofos, politólogos, historiadores, sociólogos, psicólogos, etc. Se trata de pensar el mal como una multiplicidad de males en plural. En ese sentido, mal es lo que hace sufrir, aunque con algún matiz. Podría decirse que hay males naturales, como los padecimientos que pueden provocar una enfermedad, un terremoto o cualquier otra catástrofe. Sin embargo, la categoría “mal” suele aplicarse con mayor frecuencia a aquellas formas de sufrimiento, daño e injusticia que cabe localizar en las relaciones humanas, esto es, los que surgen de la interacción entre las personas.

Al revés de lo que sucede con los anteriores, no procede interpretar esos males como “desgracias”, sino más bien como hechos y efectos ligados a la voluntad humana. Además, el mal en este sentido vendría acompañado de algunas otras notas o rasgos complementarios. Serían males que involucran daños innecesarios e inmerecidos, razonablemente previsibles o apreciables, que privan a quienes los padecen de alguna o varias de las cosas básicas que los afectados necesitan para realizar una vida posible y decente, y todo ello como consecuencia de la acción humana intencional. Son, por tanto un mal social al que a menudo se le añade una condición pública, pues públicos son los daños que produce, públicos sus inductores y beneficiarios (detentadores de algún poder político) y públicos los argumentos con los que tratan de justificarse dichos males. Por último, algunos de estos males tienen una dimensión extraordinaria al afectar a multitudes e implicar actos de una potencia y crueldad sobresalientes. Su paradigma lo representan los casos y programas de genocidio, en particular el Holocausto. En cambio, otros males sociales y públicos se dirían ordinarios, tanto por su tamaño como por su relación con la vida cotidiana y también por el carácter ni inmediatamente indeterminable y difuso de sus efectos.

El libro que hoy reseñamos, Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente, escrito por el filósofo Aurelio Arteta, es una nueva contribución al estudio de los males sociales y públicos de la que hay que subrayar dos aspectos definitorios. El primero, consiste en haber recibido inspiración de un ejemplo real y presente que le resulta particularmente cercano, como es la cotidianeidad del País Vasco, donde el propio autor ejerce como catedrático de Filosofía moral y política. No estamos, empero, ante otro libro sobre ETA. Ni tampoco ante un estudio sobre la sociología moral y política de Euskadi. Se trata, en realidad, de una profunda reflexión cuyos frutos son aplicables al análisis de distintas situaciones perversas o pervertidas por la práctica sistemática de la violencia y la intimidación con fines políticos. La otra faceta a destacar remite a la premisa central que da originalidad al trabajo y sobre la que se sustenta a toda su indagación. El propio Arteta confiesa en la Introducción la conexión entre esta premisa que anunciamos y su experiencia como habitante del País Vasco: “La innegable degradación política y moral de aquella sociedad –la vasca– (…) me invitó durante años a pensar en la parte de responsabilidad que en ella han tenido y aún tienen tantos silencios, ambigüedades, ignorancias, concesiones y demás cobardías. O sea, en la prolongada y extensa complicidad que allí ha nutrido y adensado el horror”. De ahí la tesis principal del libro, a saber: que la existencia y pervivencia de la opresión etarra, como para otros muchos males sociales y públicos no solo trae causa de sus malevolentes perpetradores directos sino también, y en no poca medida, de quienes de un modo u otro consienten pasivamente el mal que nos les afecta en primera persona. Hay que estudiar, por tanto, la relación entre el mal y la omisión de la que es responsable quien actúa como espectador de su desarrollo sin ponerle obstáculos, ya sea por indiferencia, interés o miedo.

El asunto es crucial porque, parafraseando de nuevo al autor, la presunción de que un mal social y público va a ser consentido o aceptado constituye un requisito indispensable para que ese mal sea efectivamente infligido. Lo cual induce la necesidad de comprender ese consentimiento y, más aún, de oponerle un profundo reproche moral. Y ese es precisamente el esfuerzo que Arteta despliega en este libro: por momentos un texto denso y algo reiterativo, es cierto, pero de contenido impagable y verdaderamente esclarecedor sobre un tema de máxima trascendencia moral y política.

Por Luis de la Corte Ibáñez
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