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Las columnas de ducha y los indignados

sábado 25 de junio de 2011, 16:55h
En verano el verdadero ser de Madrid asoma por los pliegues de la ciudad. Desde el avión, Madrid es un inmeso juego de cartones, un “origami” gigante, envuelto en una nube de polvo. Entre los círculos amantes de las conspiraciones, el cielo está lleno de aviones fantasmas que arrojan sustancias experimentales sobre las cosechas y las ciudades; entre los círculos literarios, hay un avión fantasma, lleno de escritores de todas nacionalidades que tienen, cada uno, un cubículo con una ventana y escriben sobre lo que ven desde esa pequeña ventana: las nubes, los rayos, los mares y las ciudades. Van en busca del sol. Son una “jet set” escribidora, unos solitarios seres melvillianos, errantes aéreos, que arrojan mensajes que luego encontramos en objetos y lugares inusuales --lavadoras, microondas, bolsillos de chaquetas o trajes que usamos de cuando en cuando--. El proyecto de un invisible millonario japonés que habría entusiasmado al Papini de Gog.

Los pliegues de Madrid asoman en esquinas insignificantes, en callejones anónimos, en las sombras de los solares de los años de desarrollismo. Son vasos comunicantes con el poblachón manchego que fue y es, cincelados por un sol de justicia empeñado en producir la sensación estética madrileña por antonomasia: el sol y sombra. Las almas paseantes madrileñas se refugian en bares y tabernas, dispuestas a tener esa otra sensación estética que Pla clasificó como el epítome de la melancolía: pisar en un bar la cabeza de una gamba. En verano, los madrileños somos bailarines melancólicos que ensayamos nuestros pasos sobre cabezas de gambas, a falta de desayunos con magdalenas. Como el espíritu de don Ernesto entre dos guerras civiles, pasamos del sol a la sombra, pedimos una manzanilla de Jerez, y la bebemos en pequeños sorbos, mirando las cabezas de las gambas del suelo de reojo, sopesando el pisotón. ¿Será leve? ¿Sonará? ¿Qué nos proporcionará?

Luego salimos, melancólicos, con las antenas de una gamba adheridas a la suela del zapato, pensando en aquel piropo que escuchamos de refilón una vez en Sevilla dedicado a una paseante trigueña (“Por ti atravesaba yo el Atlántico agarrado a los bigotes de una gamba”), dispuestos a perdernos por los pliegues veraniegos de la ciudad. Y descubrimos otros pliegues, otros agujeros negros, esos contenedores que pueblan las calles, contenedores de obra privada, recolectores de nuestro pasado y nuestras ansias de cambio. Los contenedores de la basura de nuestros muros. Y entre esos contenedores, descubrimos que casi siempre asoma el espinazo de una columna de ducha.

La CIA, la agencia estadounidense, acaba de recibir la autorización de husmear impunemente en la basura de sus ciudadanos. La CIA y muchos paparazzi saben bien que nuestra basura nos define, que lo que fuimos y queremos ser, nuestras ilusiones en definitiva, andan por allí, recogidas en bolsas azules y grises. Los contenedores de obra las exponen. Y de entre esas ilusiones, la columna de ducha es la estrella.

En pocos años, los baños de los españoles se llenaron de columnas de ducha. No todos, claro, pero sí un número considerable. Los de los hoteles también. Las columnas de ducha eran, sobre todo, una promesa. Nos iban a liberar de los dolores lumbares y cervicales, nos iban a traer, de golpe y porrazo, el mundo del Spa y del balneario a nuestra intimidad. Iban a hacernos más felices. La realidad, sin embargo, fue que rara vez funcionaban bien. O la presión de agua no era suficiente, o estaban mal diseñados. Para colmo, los dolores de espalda no se iban más allá de unos minutos tras la exposición a los chorros. Volvían después, recalcitrantes, exigiendo su presencia en nuestra vida. Pensamos que las columnas de ducha, con sus chorritos berlanguianos iban a cambiarnos la vida, a convertirnos en un poblado andaluz de reminiscencias árabes y paradisíacas, pero nos encontramos con que a las fuentes y a los chorros, o se les escribe un poema semejante al que Cernuda escribió sobre la fuente de los Medici del Luxemburgo o mejor es no nombrarlas.

Hoy las columnas de ducha muestran, en los vertederos portátiles, escoradas sobre los cascotes, su verdad: su fibra de vidrio que quería ser porcelana, sus apliques de plástico cromado que querían ser acero, sus innumerables agujeritos que querían ser eyaculaciones extraterrenales y que no pasaron de ser chorros de humilde caño. Un reflejo del espíritu de la transición, de la retahila de gobiernos con espíritu de columna de ducha, de las ilusiones que cada español puso en ellos.

Desde el avión, los pliegues de Madrid están llenos de columnas de ducha abandonadas. Los indignados de Sol se quejan de muchas cosas, pero no saben que en realidad se quejan de las columnas de ducha, de las promesas incumplidas de una espalda mejor, de las esperanzas rotas de una intimidad más edénica, de tener que volver a lo de antes, a lo que somos, a la alcachofa en el techo o la medio descuajeringada ducha de teléfono. A los bailes veraniegos sobre la cabeza de una gamba.

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